–?Te acuerdas de Bernhardt, Marcus?

Me parecio que los musculos de los brazos se le tensaban y que sus dedos se aferraban con mas fuerza al volante.

–Si, claro que me acuerdo.

El interior oscuro del coche se lleno de repente de imagenes y olores de aquel dia compartido a partir del cual ya nada fue igual entre nosotros. Una tarde de verano marroqui, mi casa de Sidi Mandri, un supuesto periodista esperandome junto al balcon. Las calles abarrotadas de Tetuan, los jardines de la Alta Comisaria, la banda jalifiana entonando himnos con brio, jazmines y naranjos, galones y uniformes. Rosalinda ausente y un Beigbeder entusiasta ejerciendo de gran anfitrion, inconsciente aun de que, con el paso del tiempo, aquel a quien entonces homenajeaba acabaria cortandole de un tajo la cabeza y echandola a rodar. Un grupo de espaldas alemanas formaba un corro alrededor del invitado de ojos de gato y mi acompanante me pidio ayuda para captar informacion clandestina. Otro tiempo, otro pais y todo, en el fondo, casi igual. Casi.

–Ayer estuve cenando con el en la quinta de Da Silva. Despues mantuvieron una conversacion hasta la madrugada.

Supe que se contenia, que queria saber mas cosas: que necesitaba datos y detalles, pero no se atrevia a preguntarmelos porque tampoco acababa de fiarse de mi. La dulce Sira, efectivamente, tampoco era ya quien fue.

Al final no pudo resistirse.

–?Oiste algo de lo que hablaban?

–Nada en absoluto. ?Tienes tu alguna idea de que pueden tener en comun?

–Ni la mas minima.

Yo mentia y el lo sabia. El mentia y yo lo sabia. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a poner aun las cartas boca arriba, pero aquel pequeno punto de encuentro en el ayer sirvio para destensar la tirantez entre los dos. Quiza porque trajo memorias de un pasado en el que todavia no habiamos perdido toda la inocencia. Quiza porque aquel recuerdo nos hizo recobrar un retazo de complicidad y nos forzo a recordar que habia algo que aun nos unia por encima de las mentiras y el resquemor.

Intente mantenerme atenta a la carretera y en plena consciencia, pero la tension de los ultimos dias, la falta de sueno acumulada y el desgaste nervioso por todo lo vivido aquella noche habian acabado debilitandome hasta tal punto que una flojera inmensa comenzo a apoderarse de mi. Demasiado tiempo andando en la cuerda floja.

–?Tienes sueno? – pregunto-. Ven, apoyate en mi hombro.

Rodee su brazo derecho con los mios y me acurruque cerca para que me llegara su calor.

–Duermete. Ya falta menos -susurro.

Empece a caer en un pozo oscuro y agitado en el que revivi escenas recientes pasadas por el filtro de la deformacion. Hombres que me perseguian blandiendo una navaja, el beso largo y humedo de una serpiente, las mujeres de los wolframistas bailando encima de una mesa, Da Silva contando con los dedos, Gamboa llorando, Marcus y yo corriendo a oscuras por las callejas de la medina de Tetuan.

No supe cuanto tiempo transcurrio hasta que desperte.

–Despierta, Sira. Estamos entrando en Madrid. Tienes que decirme donde vives.

Su voz cercana me saco del sueno y comence lentamente a salir de mi sopor. Me di cuenta entonces de que seguia pegada a el, aferrada a su brazo. Enderezar mi cuerpo entumecido y separarme de su lado me iba a costar un esfuerzo infinito. Lo hice despacio: tenia el cuello agarrotado y todas las articulaciones entumecidas. Su hombro debia de estar dolorido tambien, pero no lo demostro. Sin hablar aun, mire a traves de la ventanilla mientras intentaba peinarme con los dedos. Amanecia sobre Madrid. Aun quedaban luces encendidas. Pocas, separadas, tristes. Recorde Lisboa y su potente despliegue de luminosidad nocturna. En la Espana de las restricciones y las miserias, aun se vivia practicamente a oscuras.

–?Que hora es? – pregunte por fin.

–Casi las siete. Has dormido un buen rato.

–Y tu debes de estar molido -dije aun adormecida.

Le di la direccion y le pedi que aparcara en la acerca de enfrente, a unos metros de distancia. Era ya practicamente de dia y por la calle comenzaban a transitar las primeras almas. Los repartidores, un par de muchachas de servicio, algun dependiente, algun camarero.

–?Que tienes previsto hacer? – pregunte mientras estudiaba el movimiento tras el cristal.

–Conseguir una habitacion en el Palace, de momento. Y cuando me levante, lo primero, mandar este traje a limpiar y comprarme una camisa. La carbonilla de la via me ha puesto perdido.

–Pero conseguiste mi cuaderno…

–No se si ha valido la pena; aun no me has dicho que hay en el.

Hice caso omiso a sus palabras.

–Y despues de vestirte con ropa limpia, ?que haras?

Hablaba sin mirarle, aun concentrada en el exterior del auto, a la espera del momento idoneo para emprender el siguiente paso.

–Ir a la sede de mi empresa -contesto-. Tenemos oficinas aqui en Madrid.

–?Y piensas escaparte otra vez tan rapido como te fuiste de Marruecos? – pregunte mientras volvia a recorrer con la vista el trasiego matutino de la calle.

Respondio con una media sonrisa.

Вы читаете El tiempo entre costuras
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату