Da Silva porque el se lo oculta incluso a su gente de confianza, pero su actitud me ha hecho temer por ti. En cuanto he hablado con Gamboa, he ido a tu hotel, pero ya te habias marchado. He llegado a la estacion en el momento en que el tren salia y al ver en la distancia a Da Silva solo en el anden, he creido que todo estaba en orden. Hasta que, en el ultimo segundo, me he fijado en que hacia un gesto a dos hombres asomados a una ventanilla.
–?Que gesto?
–Un ocho. Con los cinco dedos de una mano y tres de la otra.
–El numero de mi compartimento…
–Era el unico detalle que les faltaba. Todo lo demas ya estaba acordado.
Me invadio una sensacion extrana. De pavor mezclado con alivio, de debilidad e ira a la vez. El sabor de la traicion, quiza. Pero sabia que no tenia razones para sentirme traicionada. Yo habia enganado a Manuel encubierta tras una actitud banal y seductora, y el me lo habia intentado devolver sin ensuciarse las manos ni perder una pizca de su elegancia. Deslealtad por deslealtad, asi funcionaban las cosas.
Seguiamos avanzando por carreteras polvorientas, superando baches y socavones, atravesando pueblos dormidos, aldeas desoladas y terrenos baldios. La unica luz que vimos a lo largo de kilometros y kilometros de camino fue la de los faros de nuestro propio coche abriendose paso en la densa oscuridad, ni siquiera habia luna. Marcus intuia que los hombres de Da Silva no iban a quedarse en la estacion, que tal vez encontraran la manera de seguirnos. Por eso continuo conduciendo sin reducir la velocidad, como si aun llevaramos a aquellos dos indeseables pegados al guardabarros.
–Estoy casi seguro de que no van a atreverse a entrar en Espana, se meterian en un terreno desconocido en el que no controlan las normas del juego. De su particular juego. Pero no debemos bajar la guardia hasta cruzar la frontera.
Habria sido logico que Marcus me cuestionara sobre las razones de Da Silva para intentar eliminarme con aquella sordidez tras haberme tratado tan obsequiosamente dias atras. El mismo nos habia visto cenar y bailar en el casino, sabia que yo me desplazaba en su coche a diario y que recibia regalos suyos en mi hotel. Quiza aguardaba algun comentario sobre la naturaleza de mi supuesta relacion con Da Silva, quiza una explicacion acerca de lo que entre nosotros habia pasado, una aclaracion que arrojara alguna luz sobre el porque de su perverso encargo cuando estaba a punto de abandonar su pais y su vida. Pero de mi boca no salio ni una palabra.
Continuo el hablando sin perder la concentracion en el volante, aportando apuntes e interpretaciones a la espera de que en algun momento yo me decidiera a anadir algo.
–Da Silva -prosiguio- te abrio de par en par las puertas de su casa y te dejo ser testigo de todo lo que alli pasara anoche, algo que yo desconozco.
No replique.
–Y que tu no pareces tener intencion de contar.
Efectivamente, no la tenia.
–Ahora esta convencido de que te acercaste a el porque actuas por encargo de alguien y sospecha que no eres una simple modista extranjera que ha aparecido en su vida por casualidad. Cree que te aproximaste a el porque tenias como objetivo indagar en sus asuntos, pero esta equivocado al intuir para quien trabajas porque, tras el chivatazo de Gamboa, asume erroneamente que lo haces para mi. En cualquier caso, le interesa que mantengas la boca cerrada. A ser posible, para siempre.
Segui sin decir nada; preferi ocultar mis pensamientos tras una actitud de fingida inconsciencia. Hasta que mi quietud resulto insoportable para los dos.
–Gracias por protegerme, Marcus -musite entonces.
No le engane. Ni le engane, ni le enterneci, ni le conmovi con mi falso candor.
–?Con quien estas en esto, Sira? – pregunto lentamente sin despegar la vista de la carretera.
Me gire y contemple su perfil en la penumbra. La nariz afilada, la mandibula fuerte; la misma determinacion, la misma seguridad. Parecia el mismo hombre de los dias de Tetuan. Parecia.
–?Con quien estas tu, Marcus?
En el asiento trasero, invisible pero cercana, se instalo con nosotros una pasajera mas: la suspicacia.
Cruzamos la frontera pasada la medianoche. Marcus enseno su pasaporte britanico y yo el mio marroqui. Note que se fijaba en el, pero no hizo ninguna pregunta. No encontramos rastro aparente de los hombres de Da Silva, tan solo un par de policias somnolientos con pocas ganas de perder el tiempo con nosotros.
–Tal vez deberiamos encontrar un sitio donde dormir ahora que ya estamos en Espana y sabemos que no nos han seguido ni nos han adelantado. Manana puedo coger un tren y tu volver a Lisboa - propuse.
–Prefiero continuar hasta Madrid -respondio entre dientes.
Seguimos avanzando sin cruzarnos con un solo vehiculo, cada cual absorto en sus pensamientos. La suspicacia habia traido el recelo y el recelo nos llevo al silencio: un silencio denso e incomodo, prenado de desconfianza. Un silencio injusto. Marcus acababa de sacarme a rastras del peor trance de mi vida e iba a conducir la noche entera solo por dejarme a salvo en mi destino, y yo se lo pagaba escondiendo la cabeza y negandome a darle cualquier pista que le ayudara a salir de su desconcierto. Pero no podia hablar. No debia decirle nada aun, necesitaba antes confirmar lo que llevaba sospechando desde que Rosalinda me abrio los ojos en nuestra conversacion de madrugada. O tal vez si. Quiza pudiera comentarle algo. Un fragmento de la noche anterior, un retazo, una clave. Algo que nos sirviera a los dos: a el para saciar su curiosidad al menos parcialmente y a mi para dejar bien abonado el terreno a la espera de ratificar mis presentimientos.
Habiamos pasado Badajoz y Merida. Llevabamos callados desde el puesto fronterizo, arrastrando la mutua desconfianza por carreteras desfondadas y puentes romanos.
