–Sera mejor que te vayas, Manuel.
–Creo que si, que tengo que irme ya.
Habia llegado el momento de acabar con aquella pantomima de despedida, de entrar en el compartimento y recobrar mi intimidad. Solo necesitaba que el se evaporara, todo lo demas estaba ya en orden. Y entonces, inesperadamente, note su mano izquierda en mi nuca, su brazo derecho rodeandome los hombros, el sabor calido y extrano de su boca en la mia y un estremecimiento recorriendome el cuerpo de la cabeza a los pies. Fue un beso intenso; un beso poderoso y largo que me dejo confusa, desarmada y sin capacidad de reaccion.
–Buen viaje, Arish.
No pude contestar, no me dio tiempo. Antes de encontrar palabras, se habia ido.
Me deje caer en el asiento mientras a mi cabeza regresaban como en una pantalla de cine los acontecimientos de los ultimos dias. Rememore los argumentos y los escenarios, y me pregunte cuantos de los personajes de aquella extrana pelicula se volverian a cruzar en
Me incorpore en el asiento y mire tras el cristal mecida ya por el suave traqueteo del tren. Ante mis ojos pasaron veloces las ultimas luces de Lisboa, haciendose cada vez menos densas y mas dilatadas, esparciendose difusas hasta llenar el paisaje de oscuridad. Me levante, necesitaba airearme. Hora de cenar.
Encontre el vagon restaurante casi lleno ya. Lleno de presencias, de olor a comida, ruido de cubiertos y conversaciones. Tardaron tan solo unos minutos en acomodarme; elegi el menu y pedi vino para celebrar mi libertad. Mate el tiempo mientras me servian anticipando la llegada a Madrid y figurandome la reaccion de Hillgarth al enterarse de los resultados de mi mision. Probablemente jamas habria imaginado que esta acabaria siendo tan productiva.
El vino
Lo encontre con las cortinillas corridas y la cama preparada, dispuesto todo para la noche. El tren quedaria poco a poco apaciguado y silencioso; sin darnos cuenta casi, dejariamos Portugal y cruzariamos la frontera. Cai entonces en la cuenta de la falta de sueno que llevaba acumulada. La madrugada anterior la pase casi en blanco transcribiendo mensajes, la anterior a la anterior la dedique a visitar a Rosalinda. Mi pobre cuerpo necesitaba un respiro, asi que decidi acostarme inmediatamente.
Abri el equipaje de mano, pero no tuve tiempo de sacar nada de el porque una llamada a la puerta me obligo a parar.
–Billetes -oi. Abri cautelosa y comprobe que era el revisor. Pero, sin el saberlo probablemente, me di cuenta tambien de que no estaba solo en el pasillo. A espaldas del concienzudo ferroviario, apenas a unos metros de distancia, distingui dos sombras tambaleandose al ritmo del movimiento del tren. Dos sombras inconfundibles: las de los hombres que me habian importunado durante la cena.
Apestille la puerta tan pronto como el revisor remato su tramite con el firme proposito de no volver a abrirla hasta llegar a Madrid. Lo ultimo que deseaba tras la dura experiencia de Lisboa era un par de viajeros impertinentes sin mas entretenimiento que pasarse la noche molestandome. Me dispuse por fin a prepararme para dormir, estaba agotada fisica y mentalmente, necesitaba olvidarme de todo aunque fuera por unas horas.
Empece entonces a sacar del neceser lo que necesitaba: el cepillo de dientes, una jabonera, la crema de noche. A los pocos minutos note que el tren perdia velocidad; nos acercabamos a una estacion, la primera del viaje. Descorri la cortinilla de la ventana. «Entroncamento», lei.
Apenas unos segundos mas tarde, volvieron a tocar con los nudillos en mi puerta. Con fuerza, con insistencia. Aquel no era el modo de llamar del revisor. Me quede quieta, con la espalda pegada a la puerta, dispuesta a no responder. Intui que serian los hombres del vagon restaurante y bajo ningun concepto pensaba abrirles.
Pero volvieron a llamar. Mas fuerte aun. Y entonces oi mi nombre al otro lado. Y reconoci la voz.
Descorri el pestillo.
–Tienes que bajar del tren. Da Silva tiene dos hombres dentro. Vienen a por ti.
–?El sombrero?
–El sombrero.
64
El panico se enrosco con las ganas de reir a carcajadas. A carcajadas amargas y siniestras. Que extranas son las sensaciones, como nos enganan. Un simple beso de Manuel da Silva habia hecho tambalear mis convicciones sobre su negra moral y, apenas una hora mas tarde, descubria que habia dado orden de que acabaran conmigo y arrojaran mi cuerpo a la noche por la ventanilla de un tren. El beso de Judas.
–No hace falta que cojas nada, solo tu documentacion -advirtio Marcus-. Lo recuperaras todo en Madrid.
–Hay algo que no puedo dejar.
–No puedes llevar nada, Sira. No hay tiempo, el tren esta a punto de salir otra vez; si no nos apresuramos, vamos a tener que saltar en marcha.
