visita de Marcus.
Un estremecimiento doble. De afecto y gratitud hacia el por preocuparse por mi de esa manera; de temor una vez mas por el recuerdo del incidente del sombrero ante los ojos del ayudante. Gamboa seguia sin dejarse ver; quiza, con un poco de suerte, estaria cenando un guiso casero con su familia, oyendo a su mujer quejarse por los precios de la carne y olvidandose de que habia detectado la presencia de otro hombre en la habitacion de la extranjera a la que su patron cortejaba.
Aunque no consiguio separarnos en distintas estancias, al menos Manuel logro que nos sentaramos en zonas diferentes. Los hombres lo hicieron en un extremo de la amplia sala, en sillones de cuero frente a la chimenea apagada. Las mujeres, junto a un gran ventanal volcado sobre el jardin.
Comenzaron a hablar mientras nosotras halagabamos la calidad de los chocolates. Los alemanes abrieron la conversacion planteando sus cuestiones con tono sobrio a la vez que yo me esforzaba por agudizar el oido y anotaba mentalmente todo lo que desde la distancia iba oyendo. Pozos, concesiones, permisos, toneladas. Los portugueses ponian pegas y objeciones, subiendo el volumen, hablando deprisa. Posiblemente los primeros quisieran sacarles hasta las asaduras y los hombres de la Beira, montaneses rudos acostumbrados a no fiarse ni de su padre, no estaban por la labor de dejarse comprar a cualquier precio. El ambiente, por suerte para mi, se fue caldeando. Las voces eran ahora plenamente audibles, a veces hasta explosivas. Y mi cabeza, como una maquina, no paro de registrar lo que decian. Aunque no acababa de tener una idea completa de todo lo que alli se estaba negociando, si pude absorber una gran cantidad de datos sueltos. Galerias, espuertas y camiones, perforaciones y vagonetas. Wolframio libre y wolframio controlado. Wolframio de calidad, sin cuarzo ni piritas. Impuesto sobre exportaciones. Seiscientos mil escudos por tonelada, tres mil toneladas por ano. Pagares, lingotes de oro y cuentas en Zurich. Y ademas logre algunas tajadas suculentas, porciones completas de informacion. Como que Da Silva llevaba semanas moviendo habilmente los hilos para aunar a los principales propietarios de yacimientos con el fin de que se volcaran a negociar con los alemanes en exclusiva. Como que, si todo marchaba segun lo previsto, en menos de dos semanas bloquearian de golpe y en conjunto todas las ventas a los ingleses.
Las cantidades de dinero de las que hablaban me permitieron entender el aspecto de nuevos ricos de los wolframistas y sus mujeres. Aquello estaba convirtiendo a humildes campesinos en prosperos propietarios sin tener siquiera que trabajar: las plumas estilograficas, los dientes de oro y las estolas de piel no eran mas que una pequena muestra de los millones de escudos que iban a obtener si permitian a los alemanes perforar sus tierras sin impedimentos.
La noche avanzaba y, a medida que en mi mente se iba perfilando la verdadera envergadura de aquel negocio, mis temores aumentaron tambien. Lo que estaba oyendo era tan privado, tan atroz y tan comprometido que preferi no imaginar las consecuencias a las que habria de enfrentarme si Manuel da Silva llegara a enterarse de quien era yo y para quien trabajaba. La conversacion entre los hombres se mantuvo a lo largo de casi dos horas, pero, a medida que esta se agitaba, la reunion de mujeres iba decayendo. Cada vez que percibia que la negociacion se enroscaba en algun punto sin aportar nada nuevo, volvia a concentrarme en sus esposas, pero las mujeres portuguesas hacia rato que se habian desentendido de mi y de mis esfuerzos por mantenerlas entretenidas, y daban ya cabezadas incapaces de contener el sueno. En su crudo dia a dia rural, probablemente se acostaran al caer el sol y se levantaran al alba para dar de comer a los animales y atender las faenas del campo y la cocina; aquel trasnoche cargado de vino, bombones y opulencia superaba con mucho lo que podian soportar. Me centre entonces en las alemanas, pero tampoco ellas parecian excesivamente comunicativas: una vez revisados los lugares comunes, nos faltaban afinidad y capacidades linguisticas para seguir manteniendo avivada la charla.
Me estaba quedando sin audiencia y sin recursos: mi papel de anfitriona ayudante se estaba desvaneciendo, tenia que pensar en alguna manera de que aquello no muriera del todo y, a la vez, debia esforzarme por mantenerme alerta y seguir absorbiendo informacion. Y entonces, al fondo, en el lado masculino del salon, estallo una gran carcajada colectiva. Despues vinieron choques de manos, abrazos y parabienes. El trato estaba cerrado.
62
–Vagon de Gran Clase, compartimento numero ocho.
–?Estas segura?
Le mostre el billete.
–Perfecto. Te acompano.
–No es necesario, de verdad.
No me hizo caso.
A las maletas con las que llegue a Lisboa se le habian unido varias sombrereras y dos grandes bolsones de viaje cargados de caprichos; todo habia salido aquella tarde anticipadamente desde el hotel. El resto de las compras para el taller irian llegando a lo largo de los dias siguientes enviadas directamente desde los proveedores. Como equipaje de mano, me quedo solo un maletin con lo necesario para pasar la noche. Y con algo mas: el cuaderno de dibujo cargado de informacion.
Manuel, nada mas bajar del coche, insistio en llevar el maletin.
–Apenas pesa, no hace falta -dije intentando no desprenderme de el.
Perdi la batalla antes de empezarla, sabia que no podia insistir. Entramos en el vestibulo como la pareja mas elegante de la noche: yo envuelta en todo mi glamour y el portando sin saberlo las pruebas de su traicion. La estacion de Santa Apolonia, con su aspecto de gran caseron, acogia el gota a gota de viajeros con destino nocturno a Madrid. Parejas, familias, amigos, hombres solos. Algunos parecian dispuestos a marchar con la frialdad o la indiferencia de quien se aleja de algo que no le ha dejado mella; otros, en cambio, derramaban lagrimas, abrazos, suspiros y promesas de futuro que tal vez nunca iban a cumplir. Yo no encajaba en ninguna de las dos categorias: ni en la de los desapegados, ni en la de los sentimentales. Mi naturaleza era de otro tipo. La de los que huian; la de aquellos que ansiaban poner tierra por medio, sacudirse el polvo de las suelas y olvidar para siempre lo que dejaban atras.
Habia pasado la mayor parte del dia en mi habitacion preparando el regreso. Supuestamente. Descolgue la ropa de las perchas, vacie los cajones y lo guarde todo en las maletas, si. Pero aquello no me ocupo demasiado; el resto del tiempo que pase encerrada lo dedique a algo mas trascendente: a trasladar a miles de pequenos pespuntes esbozados a lapiz toda la informacion que capte en la quinta de Da Silva. La tarea me llevo horas infinitas. Empece con ella nada mas regresar al hotel entrada ya la madrugada, cuando aun mantenia fresco en la mente todo lo escuchado; habia tantas decenas de detalles que una gran parte corria el peligro de diluirse en el olvido si no lo anotaba inmediatamente. Apenas dormi tres o cuatro horas; en cuanto me desperte, me dispuse a completar el trabajo. A lo largo de la manana y de las primeras horas de la tarde, dato a dato, apunte a apunte, vacie mi cabeza sobre el cuaderno hasta conformar un arsenal de mensajes breves y rigurosos. El resultado lo componian mas de cuarenta supuestos patrones plagados de nombres, cifras, fechas, lugares y operaciones, acumulados todos entre las paginas de mi inocente cuaderno de dibujo. Patrones de mangas, de punos y espaldas, de cinturillas, talles y delanteros; perfiles de partes y secciones de prendas que nunca iba a
