mentirnos asi.

–Cuidate mucho.

Asenti sin palabras. Llevo entonces la mano a mi rostro y recorrio lentamente la mejilla con un dedo.

–Fue una lastima que no llegaramos a acercarnos mas en Tetuan, ?verdad?

Me alce de puntillas y pegue mi boca a su cara para darle un beso de despedida. Cuando le oli y me olio, cuando mi piel rozo su piel y mi aliento se volco en su oido, le susurre la respuesta.

–Fue una lastima total y absoluta.

Salio sin un ruido y atras quede yo, en compania de las orquideas mas hermosas que jamas volveria a ver; arrancandome a tirones las ganas de correr tras el para abrazarle mientras intentaba calibrar el resultado de aquel desatino.

61

Al aproximarnos comprobe que ya habia varios coches aparcados en linea en un lateral. Grandes, brillantes, oscuros. Imponentes.

La quinta de Da Silva se encontraba en el campo, no demasiado lejos de Estoril, pero si a la distancia suficiente como para que jamas lograra regresar por mi misma. Me fije en algunas indicaciones: Guincho, Malveira, Colares, Sintra. Aun asi, no tenia la menor idea de donde estabamos.

Joao freno con suavidad y los neumaticos rechinaron sobre la gravilla. Espere a que me abriera la puerta. Saque un pie primero, despacio; el otro despues. Entonces vi su mano extendida hacia mi.

–Bienvenida a la Quinta da Fonte, Arish.

Sali del coche lentamente. El lame dorado se me cenia al cuerpo moldeando mi silueta, en el pelo llevaba una de las tres orquideas que el mismo me habia enviado por intermediacion de Gamboa. Busque al asistente con ojos rapidos mientras descendia, pero no estaba alli.

La noche olia a naranjos y a frescor de cipreses, los faroles de la fachada desprendian una luz que parecia derretirse sobre las piedras de la gran casa. Al ascender por las escaleras del porche agarrada de su brazo, comprobe que sobre la puerta de entrada habia un monumental escudo de armas.

–El emblema de la familia Da Costa, supongo.

De sobra sabia que el abuelo tabernero dificilmente podria haber sonado con un escudo de abolengo, pero no crei que el notara la ironia.

Los invitados esperaban en un amplio salon cargado de muebles pesados con una gran chimenea apagada en un extremo. Los centros de flores repartidos por la estancia no lograban restar frialdad al ambiente. Tampoco contribuia a proporcionar una sensacion calida el incomodo silencio en el que se encontraban todos los presentes. Los conte con rapidez. Dos, cuatro, seis, ocho, diez. Diez personas, cinco parejas. Y Da Silva. Y yo. Doce en total. Como si me leyera el pensamiento, Manuel anuncio:

–Aun falta alguien mas, otro invitado aleman que no tardara en llegar. Ven, Arish, voy a presentarte.

La proporcion, de momento, estaba casi equilibrada: tres pares de portugueses y dos de alemanes, mas aquel a quien se esperaba. Hasta ahi llegaba la simetria; solo hasta ahi, porque todo lo demas era extranamente disonante. Los alemanes vestian de oscuro: sobrios, discretos, a tono con el lugar y el evento. Sus esposas, sin mostrar una elegancia deslumbrante, lucian sus vestidos con clase y rezumaban saber estar. Los portugueses, sin embargo, eran harina de otro costal. Ellos y ellas, todos. Aunque los hombres llevaban trajes de buenos panos, su calidad se veia enturbiada por la escasa gallardia de las perchas que los portaban: cuerpos de hombres de campo, de piernas cortas, cuellos gruesos y manos anchas llenas de unas rotas y callosidades. Los tres mostraban con ostentacion un par de flamantes plumas estilograficas en el bolsillo superior de la chaqueta y, a poco que sonrieran, en sus bocas se distinguia el brillo de varios dientes de oro. Sus mujeres, tambien de hechuras vulgares, se esforzaban por mantener el equilibrio sobre lustrosos zapatos de tacon en los que apenas les cabian los pies hinchados; una de ellas llevaba un casquete pesimamente colocado; del hombro de otra colgaba una enorme estola de piel que se escurria hacia el suelo a cada momento. La tercera se limpiaba la boca con el dorso de la mano cada vez que comia un canape.

Antes de llegar, pensaba erroneamente que Manuel me habia invitado a su fiesta para lucirme delante de sus invitados: un objeto decorativo exotico que reforzaba su papel de macho poderoso y que tal vez podria servirle para entretener a las senoras asistentes hablando de moda y contando anecdotas sobre los altos cargos alemanes en Espana y otras banalidades de la misma intensidad. Sin embargo, nada mas percibir el ambiente, supe que me habia equivocado. Aunque me habia recibido como a una invitada mas, Da Silva no me habia llevado alli de comparsa, sino para que le acompanara en el papel de maestra de ceremonias y le ayudara a pastorear con tino a aquella peculiar fauna. Mi papel seria hacer de bisagra entre las alemanas y las portuguesas; tender un puente sin el cual las senoras de ambos grupos habrian sido incapaces de cruzar nada mas que miradas a lo largo de toda la noche. Si el tenia cuestiones importantes que solventar, lo ultimo que en ese momento necesitaba a su alrededor eran unas cuantas mujeres aburridas y malhumoradas, ansiosas por que sus maridos las sacaran de alli. Para eso me queria, para que le echara una mano. Yo le lance el guante el dia anterior y el lo habia recogido: ambos ganabamos algo.

Bien, Manuel, voy a darte lo que quieres, pense. Espero que tu hagas lo mismo conmigo despues. Y para que todo funcionara como el habia previsto, hice con mis miedos una bola compacta, me la trague, y saque a pasear la cara mas fascinadora de mi falsa personalidad. Con ella por bandera, extendi mi supuesto encanto hasta el infinito y derroche simpatia distribuyendola de manera equilibrada entre las dos nacionalidades. Alabe el casquete y la estola de las mujeres de la Beira, hice un par de bromas que todos rieron, me deje rozar el trasero por un portugues y elogie las excelencias del pueblo aleman. Sin pudor.

Hasta que por la puerta aparecio una nube negra.

–Disculpen, amigos -anuncio Da Silva-. Quiero presentarles a Johannes Bernhardt.

Estaba mas envejecido, habia engordado y perdido pelo, pero era, sin ninguna duda, el mismo Bernhardt de Tetuan. El que paseaba a menudo por la calle Generalisimo del brazo de una senora que en ese momento no le acompanaba. El que negocio con Serrano Suner la instalacion de antenas alemanas en territorio marroqui y acordo con el dejar a Beigbeder al margen de esos asuntos. El que nunca supo que yo los habia oido tumbada en el suelo, oculta tras un sofa.

–Perdonen el retraso. El automovil se nos ha averiado y hemos tenido que hacer una larga parada en Elvas.

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