buen fin. Todos mis miedos, todos los desvelos y saltos sin red habian servido para algo al fin: no solo para captar informacion util para el sucio arte de la guerra, sino tambien, y sobre todo, para demostrarme a mi misma y a quienes me rodeaban hasta donde era capaz de llegar.
Y entonces, al alcanzar consciencia de mi envergadura, supe que habia llegado el momento de dejar de andar a ciegas por las coordenadas que unos y otros habian establecido para mi. A Hillgarth se le ocurrio mandarme a Lisboa, Manuel da Silva decidio acabar conmigo, Marcus Logan opto por acudir en mi rescate. Habia pasado por ellos de mano en mano como una simple marioneta: para bien o para mal, para subirme a la gloria o empujarme a los infiernos, todos ellos habian decidido por mi y me habian manejado como quien mueve un peon sobre un tablero. Nadie habia sido claro conmigo ni me habia mostrado abiertamente sus intenciones: ya iba siendo hora de demandar ver la luz. De que yo misma agarrara las riendas de mi existencia, eligiera mi propio camino, y decidiera como y con quien queria transitarlo. Por delante iba a encontrar tropiezos y equivocaciones, cristales rotos, errores y charcos de barro negro. No me enfrentaba a un futuro sosegado, de ello estaba segura. Pero habia llegado la hora de no seguir adelante sin tener previa consciencia del terreno que pisaba y de los riesgos que habria de afrontar al levantarme cada manana. Sin ser propietaria, al fin y al cabo, del rumbo de mi vida.
Aquellos tres hombres, Marcus Logan, Manuel da Silva y Alan Hillgarth, cada uno a su manera y probablemente sin ninguno de ellos saberlo, me habian hecho crecer en apenas unos dias. O tal vez llevaba tiempo creciendo despacio y hasta entonces no habia sido consciente de mi nueva estatura. Es probable que a Da Silva no volviera a verle nunca: a Hillgarth y a Marcus, sin embargo, estaba segura de que iba a mantenerlos proximos mucho tiempo. A uno de ellos, en concreto, ansiaba conservarlo con una cercania identica a la de las primeras horas de aquella manana: una cercania de afectos y cuerpos cuyo recuerdo aun me estremecia. Pero antes tendria que marcar los limites del terreno. Claramente. Visiblemente. Como quien tira una linde o pinta con tiza una raya en el suelo.
Al llegar a casa encontre un sobre que alguien habia deslizado por debajo de la puerta. Tenia el membrete del hotel Palace y una tarjeta manuscrita dentro.
«Vuelvo a Lisboa. Regreso pasado manana. Esperame.»
Claro que iba a esperarle. Organizar como y donde me llevo tan solo un par de horas.
Aquella noche volvi a saltarme las indicaciones de la cadena de mando sin el menor atisbo de remordimiento. Cuando, al cabo de mas de tres horas ininterrumpidas, termine de desmenuzar por la tarde ante Hillgarth todos los pormenores de la reunion en la quinta, le pregunte por la situacion de las listas sobre las que me habia hablado en nuestro encuentro del dia posterior al evento del hipodromo.
–Todo sigue igual; de momento, que sepamos, no hay ninguna novedad.
Eso significaba que mi padre se mantenia en el lado de los amigos de los ingleses y yo en el de los alemanes. Una verdadera lastima, porque habia llegado el momento de que nuestros senderos volvieran a cruzarse.
Apareci sin avisarle. Los fantasmas de otros tiempos se agitaron furiosos al verme entrar en el portal, trayendome memorias del dia en que mi madre y yo subimos aquella misma escalera cargadas de inquietud. Se fueron pronto, afortunadamente, y con ellos se llevaron unos recuerdos desvencijados y amargos que preferia no encarar.
Me abrio la puerta una sirvienta que en nada se parecia a la vieja Servanda.
–Tengo que ver al senor Alvarado inmediatamente. Es urgente. ?Esta en casa?
Asintio confusa ante mi impetu.
–?En la biblioteca?
–Si, pero…
Antes de que terminara la frase, ya estaba dentro.
–No hace falta que le avise, gracias.
Le alegro verme, mucho mas de lo que habria imaginado. Antes de marchar a Portugal le envie una breve nota avisandole de mi viaje, pero algo no acabo de resultarle coherente. Demasiado precipitado todo, debio de pensar; demasiado cercano a la intrigante escena del desmayo en el hipodromo. Le tranquilizo saber que estaba de vuelta.
La biblioteca permanecia tal como yo la recordaba. Con mas libros y papeles acumulados quiza: diarios, cartas, pilas de revistas. Todo lo demas se mantenia como cuando nos reunimos alli mi padre, mi madre y yo anos atras: la primera vez que estuvimos juntos los tres, tambien la ultima. Aquella tarde lejana de otono llegue cargada de nervios e inocencia, cohibida y abrumada ante lo desconocido. Casi seis anos despues, mi seguridad era otra. La habia ganado a fuerza de golpes, a base de trabajo, tropiezos y anhelos, pero habia quedado adherida a mi piel como una cicatriz y nada podria ya librarme de ella. Por fuertes que soplaran los vientos, por duros que fueran los tiempos venideros, sabia que tendria fortaleza para afrontarlos de cara y resistir.
–Necesito pedirte un favor, Gonzalo.
–Lo que tu quieras.
–Un encuentro para cinco personas. Una pequena fiesta privada. Aqui, en tu casa, el martes por la noche. Tu y yo con tres invitados mas. Tendras que encargarte de convocar a dos de ellos directamente, sin hacerles saber que yo estoy por medio. No habra problema alguno porque ya os conoceis.
–?Y el tercero?
–Del tercero me encargo yo.
Acepto sin preguntas ni reticencias. A pesar de mi desconcertante comportamiento, de mis desapariciones imprevistas y de mi falsa identidad, parecia tener una confianza ciega en mi.
–?Hora? – pregunto simplemente.
–Yo vendre a media tarde. Y el invitado al que aun no conoces llegara a las seis; tengo que hablar con el antes de que aparezcan los demas. ?Podria reunirme con el aqui, en la biblioteca?
–Toda tuya.
