una iglesia, es el aniversario de la muerte de mi padre.
El
Avance por el pasillo del lateral izquierdo con las manos juntas, la cabeza baja y el paso lento, simulando recogimiento mientras de reojo contaba las filas. Al llegar a la decima, a traves del velo que me tapaba los ojos distingui una silueta enlutada sentada en la cabecera. Con falda y echarpe negros y toscas medias de lana: el atuendo de tantas mujeres humildes en Lisboa. No llevaba velo, sino un panolon atado bajo el cuello, tan caido sobre, la frente que era imposible verle el rostro. A su lado habia sitio libre, pero durante unos segundos no supe que hacer. Hasta que note una mano clara y cuidada emerger de entre las faldas. Una mano que se poso en el sitio vacio al lado de su duena. Sientese aqui, me parecio que decia. La obedeci inmediatamente.
Permanecimos en silencio mientras los feligreses iban ocupando los sitios libres, los monaguillos trasegaban por el altar y de fondo se oia el ronroneo de un mar de murmullos quedos. Aunque la mire varias veces de reojo, el panuelo me impidio ver las facciones de la mujer de negro. En cualquier caso, no lo necesite: no tenia la menor duda de que era ella. Decidi romper el hielo con un susurro.
–Gracias por hacerme venir, Beatriz. Por favor, no tema nada: nadie en Lisboa sabra nunca de esta conversacion.
Aun tardo unos segundos en hablar. Cuando lo hizo fue con la mirada concentrada en su regazo y la voz apenas audible.
–Trabaja para los ingleses, ?verdad?
Incline ligeramente la cabeza a modo de afirmacion.
–No estoy muy segura de que esto les vaya a servir de algo, es muy poco. Solo se que Da Silva esta en tratos con los alemanes por algo relacionado con unas minas en la Beira, una zona del interior del pais. Nunca antes habia tenido negocios en esa zona. Todo es reciente, desde hace tan solo unos meses. Ahora viaja alli casi todas las semanas.
–?De que se trata?
–Algo que llaman «baba de lobo». Los alemanes le exigen exclusividad: que se desvincule radicalmente de los britanicos. Y, ademas, debe conseguir que los propietarios de las minas colindantes se asocien con el y dejen tambien de vender a los ingleses.
El sacerdote entro en el altar por una puerta lateral, un punto lejano en la distancia. La iglesia entera se puso en pie, nosotras tambien.
–?Quienes son esos alemanes? – susurre desde debajo del velo.
–A las oficinas solo ha ido Weiss tres veces. Nunca habla por telefono con ellos, cree que puede tenerlo pinchado. Se que fuera de su despacho se ha visto tambien con otro, Wolters. Esta semana esperan que venga alguien mas desde Espana. Cenaran todos en su quinta manana jueves: don Manuel, los alemanes y los portugueses de la Beira propietarios de las minas vecinas. Tienen previsto cerrar alli la negociacion: lleva semanas discutiendo con estos ultimos para que atiendan solo las demandas de los alemanes. Todos asistiran con sus esposas y el tiene interes en tratarlas bien: lo se porque me ha hecho encargar flores y chocolates para recibirlas.
El sacerdote termino su intervencion y la iglesia entera volvio a sentarse entre ruidos de ropas, suspiros y crujidos de madera vieja.
–Nos tiene advertido -continuo con la cabeza otra vez gacha- que no le pasemos las llamadas de varios ingleses con los que antes mantenia buenas relaciones. Y esta manana se ha reunido en el almacen del sotano con dos hombres, dos ex presidiarios a los que a veces usa para que le protejan; alguna vez ha estado metido en algun asunto turbio. Solo he podido escuchar el final de la conversacion. Les ha ordenado que controlen a esos ingleses y que, en caso necesario, los neutralicen.
–?Que ha querido decir con «neutralizar»?
–Quitar de en medio, supongo.
–?Como?
–Imagineselo.
Volvieron a ponerse en pie los feligreses, volvimos a imitarles. Comenzaron a entonar una cancion con voces fervorosas y yo senti la sangre bombeandome en las sienes.
–?Conoce los nombres de esos ingleses?
–Los traigo escritos.
Me entrego sigilosa un papel doblado que aprete con fuerza en la mano.
–No se nada mas, se lo prometo.
–Mande otra vez a alguien si se entera de algo nuevo -dije recordando el balcon abierto.
–Lo hare. Y usted, por favor, no me nombre. Y no vuelva por la oficina.
No pude prometerle que asi seria porque, como un cuervo negro, levanto el vuelo y se fue. Yo aun me quede un rato largo, cobijada entre las columnas de piedra, los canticos desentonados y el runrun de las letanias. Cuando por fin pude superar la impresion de lo oido, desdoble el papel y confirme que mis temores no carecian de fundamento. Beatriz Oliveira me habia pasado una lista con cinco nombres. El cuarto era el de Marcus Logan.
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