–El senor Da Silva esta de viaje. Trabajo -dijo sin aclarar nada mas.

Al igual que en mi visita anterior, demostro no tener ningun interes en ser amable conmigo; pense, no obstante, que tal vez aquella seria la unica ocasion de estar con ella a solas y no quise desaprovecharla. A juzgar por la actitud sombria y su parquedad de palabras, parecia tremendamente dificil que consiguiera sonsacarle ni siquiera una migaja de algo que valiera la pena, pero no tenia nada mejor que hacer, asi que decidi intentarlo.

–Vaya, que contrariedad. Queria consultarle algo sobre las telas que me enseno el otro dia. ?Aun las tiene en su despacho? – pregunte. El corazon comenzo a latirme con fuerza ante la posibilidad de poder colarme en el sin tener a Manuel cerca, pero ella acabo con mi falsa ilusion antes de que esta llegara siquiera a tomar forma.

–No. Se las han llevado ya de vuelta al almacen.

Pense con rapidez. Primera tentativa fallida; bien, habria que seguir intentandolo.

–?Le importa que me siente un minuto? Llevo toda la manana de pie viendo casquetes, turbantes y pamelas; creo que necesito un pequeno descanso.

No le di tiempo a responder: antes de que pudiera abrir la boca, me deje caer en uno de los sillones de cuero simulando una fatiga exagerada. Mantuvimos un silencio prolongado a lo largo del cual ella continuo repasando con un lapiz un documento de varias paginas en el que, de cuando en cuando, hacia una pequena marca o un apunte.

–?Un cigarrillo? – pregunte al cabo de dos o tres minutos. Aunque no era una gran fumadora, solia llevar una pitillera en el bolso. Para aprovecharla en momentos como aquel, por ejemplo.

–No, gracias -dijo sin mirarme. Continuo trabajando mientras yo encendia el mio. La deje seguir un par de minutos mas.

–Usted fue quien se encargo de localizar a los proveedores, de concertar las citas y prepararme la carpeta con todos los datos, ?verdad?

Alzo por fin la mirada un segundo.

–Si, fui yo.

–Un trabajo excelente; no puede imaginarse lo util que me esta siendo.

Musito unas breves gracias y volvio a concentrarse en su tarea.

–Al senor Da Silva, desde luego, no le faltan contactos -continue-. Debe de ser estupendo tener relaciones comerciales con tantas empresas distintas. Y, sobre todo, con tantos extranjeros. En Espana todo es mucho mas aburrido.

–No me extrana -murmuro.

–?Perdon?

–Digo que no me extrana que todo sea aburrido teniendo a quien tienen al mando -mascullo entre dientes con la atencion supuestamente fija en su quehacer.

Una rapida sensacion de regocijo me recorrio la espalda: a la aplicada secretaria le interesa la politica. Bien, habria que intentar abordarla por ahi.

–Si, desde luego -replique mientras apagaba el cigarrillo lentamente-. Que se puede esperar de alguien que pretende que las mujeres nos quedemos en casa preparando la comida y echando hijos al mundo.

–Y que tiene las carceles llenas y niega la menor compasion a los vencidos -anadio tajante.

–Asi son las cosas al parecer, si. – Aquello avanzaba con un rumbo inesperado, tendria que actuar con un cuidado extremo para poder ganarme su confianza y llevarla a mi terreno-. ?Conoce usted Espana, Beatriz?

Note que le sorprendia que supiera su nombre. Por fin se digno a bajar el lapiz y me miro.

–Nunca he estado alli, pero se lo que esta pasando. Tengo amigos que me lo cuentan. Aunque probablemente usted no sepa de que le hablo; usted pertenece a otro mundo.

Me levante, me acerque a su mesa y me sente con descaro en el borde. La mire de cerca para comprobar lo que habia debajo de aquel traje de tela barata que seguramente le cosio anos atras alguna vecina por unos cuantos escudos. Tras sus gafas encontre unos ojos inteligentes y, oculto entre la rabiosa entrega con la que abordaba su trabajo, intui un espiritu luchador que me resulto vagamente familiar. Beatriz Oliveira y yo no eramos tan distintas. Dos muchachas trabajadoras de origen parecido: humilde y esforzado. Dos trayectorias que partieron de puntos cercanos y en algun momento se bifurcaron. El tiempo habia hecho de ella una empleada meticulosa; de mi, una falsa realidad. Sin embargo, probablemente lo comun fuera mucho mas real que las diferencias. Yo me alojaba en un hotel de lujo y ella viviria en una casa con goteras en un barrio humilde, pero las dos sabiamos lo que era pelear para evitar que la negra suerte se pasara la vida mordiendonos los tobillos.

–Yo conozco a mucha gente, Beatriz; a gente muy distinta -dije en voz baja-. Ahora me relaciono con los poderosos porque asi me lo exige mi trabajo y porque algunas circunstancias inesperadas me han puesto al lado de ellos, pero yo se lo que es pasar frio en invierno, comer habichuelas un dia tras otro y echarse a la calle antes de que salga el sol para ganar un jornal miserable. Y, por si le interesa, a mi tampoco me gusta la Espana que nos estan construyendo. ?Me acepta ahora un cigarrillo?

Tendio la mano sin responder y cogio uno. Le acerque el encendedor, despues prendi otro yo.

–?Como van las cosas en Portugal? – pregunte entonces.

–Mal -dijo tras expulsar el humo-. Puede que el Estado Novo de Salazar no sea tan represivo como la Espana de Franco, pero el autoritarismo y la falta de libertades no son demasiado distintos.

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