–No, gracias. Estoy con unos amigos, solo me he acercado a saludarte y a recordarte que tenemos que vernos.

–Cualquier dia de estos, te lo prometo.

–No lo dejes, tenemos algunas cosas que hablar. – Y, entonces, se concentro en mi-. Encantado de conocerla, senorita… -dijo inclinandose. Esta vez no tuve mas remedio que mirarle de frente. Ya no quedaba en su rostro ni rastro de las heridas con las que le conoci, pero si mantenia el mismo gesto: los rasgos afilados y los ojos complices que me preguntaban sin palabras que demonios haces tu aqui con este hombre.

–Agoriuq -logre decir como si soltara una piedra por la boca.

–Senorita Agoriuq, eso es, perdone. Ha sido un placer conocerla. Espero que volvamos a vernos.

Le contemplamos mientras se alejaba.

–Un buen tipo este Marcus Logan.

Bebi un largo trago de agua. Necesitaba refrescarme la garganta, la notaba aspera como el papel de lijar.

–?Ingles? – pregunte.

–Ingles, si; hemos tenido algunos contactos comerciales.

Volvi a beber para digerir mi desconcierto. Asi que ya no se dedicaba al periodismo. Las palabras de Manuel me sacaron de mi ensimismamiento.

–Aqui hace demasiado calor. ?Probamos suerte en la ruleta?

Fingi de nuevo naturalidad ante la opulencia de la sala. Las magnificas lamparas de arana se suspendian con cadenas doradas sobre las mesas, alrededor de las cuales se arremolinaban centenares de jugadores hablando en tantas lenguas como naciones hubo una vez en el mapa de la vieja Europa. El suelo alfombrado amortiguaba el sonido de los movimientos humanos y reforzaba los propios de aquel paraiso del azar: los chasquidos de las fichas al chocar unas con otras, el zumbido de las ruletas, el traqueteo de las bolas de marfil en sus bailes alocados y los gritos de los crupiers cerrando las jugadas al grito de Rien ne va plus! Eran muchos los clientes dejandose el dinero sentados en las mesas de tapete verde, y muchos mas los instalados alrededor, de pie, observando atentos las jugadas. Aristocratas asiduos en otro tiempo a perder y ganar sin estridencias en los casinos de Baden Baden, Montecarlo y Deauville, me explico Da Silva. Burgueses empobrecidos, miserables enriquecidos, seres respetables convertidos en canallas y autenticos canallas disfrazados de senores. Los habia vestidos de gran fiesta, triunfadores y seguros de si mismos, ellos con cuello duro y la pechera almidonada y ellas luciendo altivas el brillo de sus joyeros. Habia tambien individuos de aspecto decadente, acobardados o furtivos a la caza de algun conocido a quien dar un sablazo, tal vez colgados de la ilusion de una noche de gloria mas que improbable; seres dispuestos a jugarse en una mesa de bacarra la ultima alhaja de la familia o el desayuno de la manana siguiente. A los primeros los movia la pura emocion del juego, las ganas de divertirse, el vertigo o la codicia; a los segundos, simplemente, la mas desnuda desesperacion.

Deambulamos unos minutos observando las distintas mesas; continuo el repartiendo saludos e intercambiando frases cordiales. Yo apenas hable: solo queria salir de alli, encerrarme en mi habitacion y olvidarme del mundo; solo deseaba que aquel maldito dia acabara de una vez.

–No pareces tener ganas de hacerte millonaria hoy.

Sonrei con debilidad.

–Estoy agotada -dije. Intente que mi voz sonara con un punto de dulzura; no queria que percibiera la preocupacion que llevaba dentro.

–?Quieres que te acompane al hotel?

–Te lo agradeceria.

–Dame solo un segundo. – Acto seguido, se separo unos pasos para extender el brazo hacia alguien conocido a quien acababa de ver.

Me quede inmovil, ausente, sin molestarme siquiera en distraerme con el fascinante ajetreo de la sala. Y entonces, casi como una sombra, note que se acercaba. Paso detras de mi, sigiloso, a punto de rozarme. Disimuladamente, sin pararse siquiera, me agarro la mano derecha, me abrio los dedos con habilidad y deposito algo entre ellos. Y yo le deje hacer. Despues, sin una palabra, se fue. Mientras mantenia la vista supuestamente concentrada en una de las mesas, palpe ansiosa lo que me habia dejado: un trozo de papel doblado en varios pliegues. Lo escondi bajo el ancho cinturon del vestido en el momento justo en que Manuel se separaba de sus conocidos y volvia a acercarse a mi.

–?Nos vamos?

–Antes necesito ir un segundo al tocador.

–De acuerdo, te espero aqui.

Intente encontrar su rastro mientras caminaba, pero ya no estaba por ningun sitio. En el tocador no habia nadie, tan solo una vieja mujer negra de aspecto adormecido a cargo de la puerta. Saque el papel de su escondite y lo desdoble con dedos prestos.

«?Que fue de la S. que deje en T.?»

S. era Sira y T. era Tetuan. Donde estaba mi viejo yo de los tiempos africanos, preguntaba Marcus. Abri el bolso para buscar un panuelo y una respuesta mientras los ojos se me llenaban de lagrimas. Halle lo primero; lo segundo, no.

56

El lunes reemprendi mis salidas en busca de mercancia para el taller. Me habian concertado una visita con un sombrerero en la rua da Prata, a un paso de las oficinas de Da Silva: la excusa perfecta para dejarme caer por alli sin otra intencion que saludarle. Y, de paso, echar una ojeada para ver quien se movia en su territorio.

Solo encontre a la secretaria joven y antipatica; Beatriz Oliveira, recorde que se llamaba.

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