unica diferencia, note con un poso de inquietud, era que los alemanes ya no eran mayoria: alli tambien se oia hablar ingles por todas partes. Intente abstraerme de esas preocupaciones y concentrarme en mi papel. La cabeza despejada, y los ojos y los oidos bien abiertos: eso era lo unico de lo que me tenia que ocupar. Y de desplegar todo mi encanto, por supuesto.
El maitre nos condujo a una pequena mesa reservada en el mejor angulo de la sala: un sitio estrategico para ver y ser vistos. La orquesta tocaba
–Bueno, Arish, cuenteme, ?que tal la han tratado mis amigos?
Le detalle mis gestiones aderezadas con sal y pimienta. Exagere las situaciones, comente detalles con humor, imite voces en portugues, le hice reir a carcajadas y volvi a marcar un tanto a mi favor.
–Y usted, ?como ha terminado la semana? – pregunte entonces. Por fin me habia llegado el turno de escuchar y absorber. Y, si la suerte se me ponia de cara, quiza tambien de tirarle de la lengua.
–Solo lo sabras si me tuteas.
–De acuerdo, Manuel. Dime, ?como te ha ido todo desde que nos vimos ayer por la manana?
No me lo pudo contar de seguido: alguien nos interrumpio. Mas saludos, mas cordialidad. Si esta no era autentica, desde luego, lo parecia.
–El baron Von Kempel, un hombre extraordinario -apunto cuando el anoso noble de melena leonina se separo de la mesa con paso titubeante-. Bien, nos habiamos quedado en como me han ido estos ultimos dias y, para definirlos, solo tengo dos palabras: tremendamente aburridos.
Sabia que mentia, por supuesto, pero adopte un tono compasivo.
–Al menos tienes unas oficinas agradables en las que soportar el tedio y unas secretarias competentes para ayudarte.
–No puedo quejarme, tienes razon. Mas duro seria trabajar como estibador en el puerto o no tener a nadie que me echara una mano.
–?Llevan mucho tiempo contigo?
–?Las secretarias, dices? Elisa Somoza, la mayor de las dos, mas de tres decadas: entro en la empresa en tiempos de mi padre, antes incluso de que yo me incorporara. A Beatriz Oliveira, la mas joven, la contrate hace solo tres anos, cuando vi que el negocio crecia y Elisa era incapaz de absorberlo todo. La simpatia no es su fuerte, pero es organizada, responsable y se desenvuelve bien con los idiomas. Supongo que a la nueva clase trabajadora no le gusta ser carinosa con el patron -dijo alzando la copa a modo de brindis.
No me hizo gracia la broma, pero le acompane disimulandolo en un sorbo de vino blanco. Una pareja se acerco entonces a la mesa: una senora madura y deslumbrante en shantung morado hasta los pies, con un acompanante que apenas le llegaba a la altura del hombro. Interrumpimos una vez mas la conversacion, saltaron al frances; me presento y les salude con un gracioso gesto y un breve
–Los Mannheim, hungaros -aclaro cuando se retiraron.
–?Son todos judios? – pregunte.
–Judios ricos a la espera de que la guerra termine o de que les concedan un visado para viajar a America. ?Bailamos?
Da Silva resulto ser un fantastico bailarin. Rumbas, habaneras, jazz y pasodobles: nada se le resistia. Me deje llevar: habia sido un dia largo y las dos copas de vino del Douro con las que acompane la langosta debian de haberseme subido a la cabeza. Las parejas sobre la pista se reflejaban multiplicadas mil veces en los espejos de las columnas y las paredes, hacia calor. Cerre los ojos unos instantes, dos segundos, tres, cuatro tal vez. Para cuando los abri, mis peores temores habian tomado forma humana.
Enfundado en un esmoquin impecable y peinado hacia atras, con las piernas ligeramente separadas, las manos otra vez en los bolsillos y un cigarrillo recien encendido en la boca: alli estaba Marcus Logan, observandonos bailar.
Alejarme, tenia que alejarme de el: eso fue lo primero que me vino a la mente.
–?Nos sentamos? Estoy un poco cansada.
Aunque intente que abandonaramos la pista por el lado opuesto a Marcus, de nada me sirvio porque, con miradas furtivas, fui comprobando que el se movia en la misma direccion. Nosotros sorteabamos parejas bailando y el, mesas de gente cenando, pero avanzabamos en paralelo hacia el mismo sitio. Note que las piernas me temblaban, el calor de la noche de mayo se me hizo de pronto insoportable. Cuando lo teniamos apenas a unos metros, se detuvo a saludar a alguien y pense que tal vez ese era su destino, pero se despidio y siguio aproximandose, resuelto y decidido. Alcanzamos nuestra mesa los tres a la vez, Manuel y yo por la derecha, el por la izquierda. Y entonces crei que habia llegado el fin.
–Logan, viejo zorro, ?donde te metes? ?Hace un siglo que no nos vemos! – exclamo Da Silva nada mas percibir su presencia. Ante mi estupor, se palmearon mutuamente la espalda con gesto afectuoso.
–Te he llamado mil veces, pero nunca doy contigo -dijo Marcus.
–Dejame que te presente a Arish Agoriuq, una amiga marroqui que ha llegado hace unos dias de Madrid.
Extendi la mano intentando que no me temblara, sin atreverme a mirarle a los ojos. Me la apreto con fuerza, como diciendo soy yo, aqui estoy, reacciona.
–Encantada. – Mi voz sono ronca y seca, rota casi.
–Sientate, tomate una copa con nosotros -ofrecio Manuel.
