Salio canturreando y cerre tras el. Esta vez no fue su madre la que quedo indiscreta tras la mirilla, sino yo misma. Le observe mientras, con aquella cancioncilla aun en la boca, sacaba con un tintineo el llavero del bolsillo, localizaba el llavin de su puerta y lo introducia en la cerradura. Cuando desaparecio, me adentre de nuevo en el taller y retome mi labor, esforzandome aun por dar credito a lo que acababa de oir. Intente seguir trabajando un rato mas, pero note que me faltaban las ganas. O las fuerzas. O las dos cosas. Recorde entonces la turbulenta actividad del dia anterior y decidi darme el resto de la tarde libre. Pense en imitar a Felix y su madre e ir al cine, me merecia un poco de distraccion. Con aquel proposito en mente sali de casa pero mis pasos, de manera inexplicable, se dirigieron en un sentido distinto al debido y me llevaron hasta la plaza de Espana.
Me recibieron los macizos de flores y las palmeras, el suelo de guijarros de colores y los edificios blancos de alrededor. Los bancos de piedra estaban, como tantas otras tardes, llenos de parejas de novios y grupos de amigas. De los cafetines cercanos salia un agradable olor a pinchitos. Atravese la plaza y avance hacia la Alta Comisaria que tantas veces habia visto desde mi llegada y tan escasa curiosidad habia despertado en mi hasta entonces. Muy cerca del palacio del jalifa, una gran edificacion blanca de estilo colonial rodeada de jardines frondosos albergaba la principal dependencia de la administracion espanola. Entre la vegetacion se distinguian sus dos plantas principales y una tercera retranqueada, las torretas en las esquinas, las contraventanas verdes y los remates de ladrillo anaranjado. Soldados arabes, imponentes, estoicos bajo turbantes y largas capas, hacian guardia ante la gran verja de hierro. Mandos impecables del ejercito espanol en Africa con uniforme color garbanzo entraban y salian por una pequena puerta lateral, imperiosos en sus breeches y botas altas abrillantadas. Pululaban tambien, moviendose de un lado a otro, algunos soldados indigenas, con guerreras a la europea, pantalones anchos y una especie de vendas pardas en las pantorrillas. La bandera nacional bicolor ondeaba contra un cielo azul que ya parecia querer anunciar el principio del verano. Me mantuve observando aquel movimiento incesante de hombres uniformados hasta que fui consciente de las multiples miradas que mi inmovilidad estaba recibiendo. Azorada e incomoda, me gire y retorne a la plaza. ?Que buscaba frente a la Alta Comisaria, que pretendia encontrar en ella, para que habia ido hasta alli? Para nada, probablemente; al menos, para nada en concreto mas alla de observar de cerca el habitat en el que se movia el inesperado amante de mi ultima clienta.
20
La primavera fue transformandose en suave verano de noches luminosas y yo segui compartiendo con Candelaria las ganancias del taller. El fajo de libras esterlinas del fondo del cajon aumento hasta casi alcanzar el volumen necesario para el pago pendiente; faltaba ya poco para que se cumpliera el plazo de la deuda con el Continental y me reconfortaba saber que iba a ser capaz de conseguirlo, que por fin iba a poder pagar mi libertad. Por la radio y la prensa, como siempre, seguia las noticias de la guerra. Murio el general Mola, comenzo la batalla de Brunete. Felix mantenia sus incursiones nocturnas y Jamila continuaba a mi lado, progresando en su espanol dulce y raro, empezando a ayudarme en algunas pequenas tareas, un hilvan flojo, un boton, una presilla. Apenas nada interrumpia la monotonia de los dias en el taller, tan solo los ruidos de los quehaceres domesticos y los retazos de conversaciones ajenas en las viviendas vecinas que se adentraban por las ventanas abiertas del patio de luces. Eso, y el trote constante de los ninos de los pisos superiores ya con vacaciones en el colegio, saliendo a jugar a la calle, a veces en tropel, a veces de uno en uno. Ninguno de aquellos sonidos me molestaba, todo lo contrario: me hacian compania, conseguian que me sintiera menos sola.
Una tarde de mediados de julio, sin embargo, los ruidos y las voces fueron mas altos, las carreras mas precipitadas.
–?Ya han llegado, ya han llegado! – Despues vinieron mas voces, gritos y portazos, nombres repetidos entre sollozos sonoros-: ?Concha, Concha! ?Carmela, mi hermana! ?Por fin, Esperanza, por fin!
Oi como corrian muebles, como subian y bajaban con prisa decenas de veces la escalera. Oi risas, oi llantos y ordenes. Llena la banera, saca mas toallas, trae la ropa, los colchones; a la nina, a la nina, dadle de comer a la nina. Y mas llantos, y mas gritos emocionados, mas risas. Y olor a comida y ruido de cacharros a deshora en la cocina. Y otra vez -?Carmela, Dios mio, Concha, Concha!-. Hasta bien entrada la medianoche no se calmo el ajetreo. Solo entonces llego Felix a mi casa y por fin pude preguntarle.
–?Que pasa en casa de los Herrera, que andan hoy todos tan alterados?
–?No te has enterado? Han llegado las hermanas de Josefina. Han conseguido sacarlas de zona roja.
A la manana siguiente volvi a oir las voces y los trasiegos, aunque ya todo algo mas calmado. Aun asi, la actividad fue incesante a lo largo del dia: las entradas y salidas, el timbre, el telefono, las carreras de los ninos por el pasillo. Y, entremedias, mas sollozos, mas risas, mas llanto, mas risa otra vez. Por la tarde llamaron a mi puerta. Pense que tal vez era uno de ellos, quiza necesitaban algo, pedirme un favor, cualquier cosa prestada: media docena de huevos, una colcha, un jarrillo de aceite tal vez. Pero me equivoque. Quien llamaba era una presencia del todo inesperada.
–Que dice la senora Candelaria que vaya en cuanto pueda para La Luneta. Se ha muerto el maestro, don Anselmo.
Paquito, el hijo gordo de la madre gorda, me traia sudoroso el recado.
–Vete adelantando tu y dile que voy en seguida.
Anuncie a Jamila la noticia y lloro con pena. Yo no derrame una lagrima, pero lo senti en el alma. De todos los componentes de aquella tribu levantisca con la que convivi en los tiempos de la pension, el era el mas cercano, el que mantenia conmigo una relacion mas afectuosa. Me vesti con el traje de chaqueta mas oscuro que tenia en el armario: aun no habia hecho un hueco en mi guardarropa para el luto. Recorrimos Jamila
La puerta de la pension estaba abierta y antes de cruzar siquiera el umbral percibi el olor a cirio encendido y un sonoro murmullo de voces femeninas rezando al unisono. Candelaria nos salio al encuentro en cuanto entramos. Iba embutida en un traje negro que le quedaba a todas luces estrecho y sobre su busto majestuoso se columpiaba una medalla con el rostro de una virgen. En el centro del comedor, sobre la mesa, un feretro abierto contenia el cuerpo ceniciento de don Anselmo vestido de domingo. Un escalofrio me recorrio la espalda al contemplarlo, note como Jamila me clavaba las unas en el brazo. Di un par de besos a Candelaria y ella dejo junto a mi oreja el reguero de un chorro de lagrimas.
–Ahi lo tienes, caido en el mismito campo de batalla.
