–Por Dios, Candelaria, no sea tan supersticiosa.
–Tu dejame a mi, que yo ya soy perra vieja y se de lo que estoy hablando.
Sin una palabra mas, se concentro de nuevo en la liturgia y no volvio a dirigirme ni la mirada hasta despues del ultimo
–Anda, vamonos tu y yo a darnos un homenaje en memoria del pobre don Anselmo, que a mi, hija mia, con las penas es que me entran unas hambres…
Callejeamos hasta llegar a El Buen Gusto, elegimos nuestros pasteles y nos sentamos a comerlos en un banco de la plaza de la iglesia, entre palmeras y parterres. Y finalmente le hice la pregunta que llevaba conteniendo en la punta de la lengua desde el principio de la manana.
–?Ha podido averiguar ya algo de lo que le dije?
Asintio con la boca llena de merengue.
–La cosa esta complicada. Y cuesta unos buenos dineros.
–Cuentemelo.
–Hay quien se encarga de las gestiones desde Tetuan. No he podido enterarme bien de todos los detalles, pero parece que en Espana la cosa se mueve a traves de la Cruz Roja Internacional. Localizan a la gente en zona roja y, de alguna manera, la consiguen trasladar hasta algun puerto de Levante, no me preguntes como porque no tengo ni pajolera idea. Camuflados, en camiones, andando, sabe Dios. El caso es que alli los embarcan. A los que quieren entrar en zona nacional, los llevan a Francia y los cruzan por la frontera en las Vascongadas. Y a los que quieren venir a Marruecos, los mandan hasta Gibraltar si pueden, aunque muchas veces la cosa esta dificil y tienen que llevarlos primero a otros puertos del Mediterraneo. El siguiente destino suele ser Tanger y despues, al final, llegan a Tetuan.
Note que el pulso se me aceleraba.
–?Y usted sabe con quien tendria yo que hablar?
Sonrio con un punto de tristeza y me dio en el muslo una palmadita carinosa que me dejo la falda manchada de azucar glase.
–Antes de hablar con nadie, lo primero que hay que hacer es tener disponible un buen monton de billetes. Y en libras esterlinas. ?Te dije o no te dije yo que el dinero de los ingleses era el mejor?
–Tengo sin tocar todo lo que he ahorrado en estos meses -aclare ignorando su pregunta.
–Y tambien tienes pendiente la deuda del Continental.
–A lo mejor me llega para las dos cosas.
–Lo dudo mucho, mi alma. Te costaria doscientas cincuenta libras.
La garganta se me seco de pronto y el hojaldre quedo atrapado en ella como una pasta de engrudo. Comence a toser, la matutera me palmeo la espalda. Cuando consegui finalmente tragar, me sone la nariz y pregunte.
–?Usted no me lo prestaria, Candelaria?
–Yo no tengo una perra, criatura.
–?Y lo del taller que le he ido dando?
–Ya esta gastado.
–?En que?
Suspiro con fuerza.
–En pagar este entierro, en las medicinas de los ultimos tiempos y en un punado de facturas pendientes que don Anselmo habia dejado por unos cuantos sitios. Y menos mal que el doctor Mate era amigo suyo y no me va a cobrar las visitas.
La mire con incredulidad.
–Pero el tendria que tener dinero guardado de su pension de jubilado -sugeri.
–No le quedaba un real.
–Eso es imposible: hacia meses que apenas salia a la calle, no tenia gastos…
Sonrio con una mezcla de compasion, tristeza y guasa.
–No se como se las arreglo el viejo del demonio, pero consiguio hacer llegar todos sus ahorros al Socorro Rojo.
A pesar de lo lejana que de mi alcance quedaba la cantidad de dinero necesaria conjuntamente para conseguir llevar a mi madre hasta Marruecos sin dejar de saldar mi deuda, la idea no paraba de bullirme en la cabeza. Aquella noche apenas dormi, ocupada como estuve en dar un millon de vueltas al asunto. Fantasee con las mas disparatadas opciones y conte y reconte mil veces los billetes ahorrados pero, a pesar de todo el empeno que puse, no consegui con ello que estos se multiplicaran. Y entonces, casi al amanecer, se me ocurrio otra solucion.
21
Las conversaciones, las risotadas y el tecleo ritmico de la maquina de escribir se acallaron al unisono tan pronto como los cuatro pares de ojos se posaron en mi. La estancia era gris, llena de humo, de olor a tabaco y a rancio hedor de humanidad reconcentrada. No se oyo entonces mas ruido que el zumbido de mil moscas y el ritmo cansino de las aspas de un ventilador de madera girando sobre nuestras cabezas. Y al cabo de unos
