telefonos. Solo para reducir los perjuicios que pueda causar a la empresa cualquier posible negligencia. Luego informa de la infraccion a su superior. De el depende la suerte de esa persona. Se trata de un analisis muy preciso. Muestra todo lo que se ha consumido durante las ultimas setenta y dos horas. Los fabricantes insisten en que es tan fiable como la prueba con analina, y quiza mas aun.

Curtis seguia abriendo y cerrando la boca como un pez sorprendido. Lo que le extranaba era que ninguno de los polis que trabajaban en el sotano hubiera dado positivo. Sabia que Coleman fumaba hierba de vez en cuando. Y muy probablemente algunos de los otros tambien. Ya se imaginaba la cara del comisario cuando algun periodico revelase que los agentes que investigaban un asesinato habian sido denunciados por consumo de drogas por el edificio inteligente donde se habia cometido el crimen.

Mitch bebio un sorbo de cafe, disfrutando del asombro del policia.

– Asi que ya ve -dijo al fin-. Es imposible que Sam tomara drogas.

Curtis seguia sin convencerse.

– A lo mejor salia a mear a la plaza o a cualquier otra parte.

– Lo dudo -repuso Mitch-. La plaza esta vigilada por camaras de seguridad y el ordenador esta programado para dar la alerta sobre ese tipo de cosas. Si el circuito cerrado capta algo, el ordenador tiene instrucciones de llamar a la policia. Sam lo sabia. No puedo imaginarme que corriera ese riesgo.

– No, supongo que no -sonrio Curtis-. Vaya, seguro que en la central les encantaria contar con usted.

– Creame. Sam estaba limpio.

Curtis se levanto y se dirigio a la ventana.

– Quizas tenga razon -concedio-. Pero alguien lo mato. Aqui. En el edificio de su cliente.

– Me gustaria ayudarle -dijo Mitch-. Si puedo hacer algo, no tiene mas que decirmelo. Mi empresa tiene tantos deseos de aclarar este asunto como usted, creame. Da mala impresion. Como si el edificio no fuese tan inteligente, despues de todo.

– Eso mismo he pensado yo.

– ?Puedo preguntarle que va a decir a los medios de comunicacion?

– Todavia no lo he pensado -repuso Curtis-. Eso depende mas bien de mi superior y del departamento de prensa.

– ?Podria pedirle un pequeno favor? Cuando decida informarles, le ruego que tenga cuidado con las palabras que emplee. Seria verdaderamente lamentable que concibieran la idea de que lo sucedido es culpa del edificio, ?comprende? Porque, segun lo que me ha dicho, parece que Sam Gleig hizo entrar en el edificio a su propio asesino, por el motivo que fuese. Le agradeceria que lo tuviese presente.

Curtis asintio de mala gana.

– Hare lo que pueda. A cambio, hay algo que podria hacer por mi.

– Lo que sea.

– Quisiera el expediente personal de Sam Gleig.

Junto a los ascensores de la planta veinticinco habia una vitrina que contenia la estatua de bronce dorado de un monje chino. Curtis se detuvo un momento a admirarla antes de reunirse con Mitch en el ascensor.

– El senor Yu es un gran coleccionista. Habra una obra como esa en cada piso.

– ?Que es lo que tiene en la mano? -pregunto Curtis-. ?Una regla de calculo?

– Creo que es un abanico plegado.

– El aire acondicionado de los antiguos, ?eh?

– Algo asi. Al centro de datos, Abraham, por favor -ordeno Mitch.

Las puertas se cerraron con un callado silbido.

– Oiga -dijo Mitch-, no quiero decirle como tiene que hacer su trabajo, pero ?no hay otra explicacion posible de lo que ha sucedido? Es decir, aparte del pasado de Sam Gleig.

– Soy todo oidos -dijo Curtis.

– Pues es que tanto Ray Richardson como la Yu Corporation tienen sus enemigos. Con Ray se trata de ciertos rencores personales. Gente que aborrece los edificios que construye. Por ejemplo, bajo los cimientos hay una piedra angular con un compartimiento lleno de recuerdos de nuestra epoca, y una de las cosas que contiene son cartas insultantes que ha recibido. Y tiene empleados que le odian.

– ?Y usted se cuenta entre ellos?

– No, yo le admiro mucho.

– Creo que eso contesta a mi pregunta -sonrio Curtis.

Mitch se encogio de hombros con aire de disculpa.

– Es una persona dificil.

– La mayoria de los ricos lo son.

Mitch no contesto. Se detuvo el ascensor y salieron a un pasillo donde, exactamente en el mismo sitio, habia una vitrina recien instalada que contenia una cabeza de caballo de jade.

– ?Y la Yu Corp? -inquirio Curtis de pronto-. Ha dicho que tambien tenia enemigos. ?Se referia a esos chicos de la entrada?

– Creo que eso es solo la punta del iceberg -contesto Mitch, mientras le hacia pasar a la galeria que daba al atrio-. En ciertas partes de la costa asiatica del Pacifico, los negocios pueden ser bastante duros. Por eso todos los cristales de este edificio son a prueba de balas. Y por eso tenemos unos sistemas de seguridad tan estrictos. -Se detuvo y senalo hacia abajo-. Fijese en el atrio. En realidad es un enganabobos. Da la impresion de una empresa abierta al publico, pero al mismo tiempo sirve de barrera de seguridad. Hay un holograma en el mostrador de recepcion para impedir una posible toma de rehenes.

– ?Y Sam Gleig ha sufrido un tremendo dolor de cabeza porque alguien guarda rencor a su jefe o a su cliente? -Curtis sacudio la cabeza-. Lo siento, pero no me lo trago.

– Bueno, pero ?y si fue un accidente? Suponga que entrara alguien con intencion de armar algun lio y que Sam lo sorprendiera.

– Es posible. Pero poco probable. Gleig tenia la pistola en la funda. No parece que esperase jaleo. Por otro lado, si Sam conocia a su atacante, no tenia motivo para desconfiar. Cuando hablaba de los enemigos de su jefe, ?pensaba en alguien en particular?

Mitch penso en Allen Grabel.

– No.

– ?Que me dice del tal Warren Aikman?

– Si quisiera perjudicar a Richardson, tendria mejor manera de hacerlo con su trabajo.

– Bueno, ya me dira si piensa en alguien.

– Desde luego.

Curtis sacudio la cabeza.

– Claro que no me extrana que tenga enemigos el arquitecto de un edificio como este.

– ?No le gusta?

– Cada vez que vengo me gusta menos. A lo mejor son las explicaciones que me dan usted y sus colegas. No se. -Meneo la cabeza, tratando de pensar en las palabras adecuadas-. Me parece que le falta alma.

– Es el futuro -arguyo Mitch-. De verdad. Algun dia todas las oficinas seran asi.

Curtis rio y mostro la muneca a Mitch.

– ?Ve este reloj? Es un Seiko. Nunca ha acabado de ir bien. Todavia me acuerdo del lema publicitario que utilizaban cuando lo compre. «Algun dia, todos los relojes seran asi.» ?Espero que no, joder!

Mitch paseo la mirada por el edificio.

– Yo lo veo como una especie de catedral, ?sabe?

– ?De que? ?Del miedo del hombre a sus semejantes?

– De la virtud de hacer cosas. De la capacidad creadora de la tecnica. Del ingenio del hombre.

– Como soy poli, me temo que no tengo mucha fe en el ingenio humano. Pero si esto es una catedral, yo soy ateo.

Bob Beech estaba a punto de enviar por satelite el ultimo bloque de datos robados cuando vio que Mitch y Curtis entraban por la puerta de cristal de la sala de informatica. Toco el ancho monitor plano y volvio a la pantalla normal: telefono, agenda, calculadora, calendario, bandejas de entrada y salida, reloj, television, radio, contestador automatico, todo ello en forma de iconos. Habia incluso un cajon de escritorio, un sello de goma, un archivador y, en una ventana, una fotografia con una bonita vista de Griffith Park tomada desde la terraza de la

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