– ?Como le encontro usted?

– Bien. Normal.

Dukes asintio, corroborandolo.

– Sam estaba igual que siempre.

– ?No parecia preocupado por algo?

– No. En absoluto.

– ?Siempre hacia el turno de noche?

– No -contesto Dukes-. Nos habiamos organizado para que cada uno trabajase una semana de dia y otra de noche.

– Ya. ?Tenia familia?

– No le conocia tan bien -repuso Dukes, encogiendose de hombros.

– Quiza nos sirva de ayuda el ordenador -sugirio Helen. Movio el raton, seleccionando una serie de menus.

LOS ARCHIVOS DEL PERSONAL ESTAN ESTRICTAMENTE

RESERVADOS A LAS PERSONAS AUTORIZADAS

ACCESO DENEGADO

– No creo que el viejo Abraham sepa aun lo que es la muerte -comento, y tecleo unas instrucciones al final del directorio del personal.

LA NOTIFICACION DE LA MUERTE DE UN EMPLEADO

DEBE SER FORMULADA POR UNA PERSONA

AUTORIZADA

ACCESO DENEGADO

– Lo siento, inspector. Sera mejor que pregunte a Bob Beech o a Mitchell Bryan si pueden facilitarle algunos informes sobre Sam.

– Gracias, lo hare. Y tambien quisiera charlar un poco con Warren Aikman.

Helen miro el reloj.

– Vendra enseguida -afirmo-. Warren es de los que madrugan. Oiga, esto no tiene que interferir con las obras, ?verdad? No me gustaria que nos retrasaramos.

– Eso depende. ?Que hay en el sotano?

– Una pequena camara acorazada, un generador de emergencia, una red de area local, el sistema de proteccion del suelo, el rele de la alarma contra incendios y varios cuartos con taquillas.

Curtis recordo los modulos de las plantas cinco a diez.

– Estaba pensando en esas capsulas de arriba. ?Que demonios son?

– ?Se refiere a las cabinas personales? Es lo ultimo en diseno de oficinas. Uno llega a la oficina y le asignan una CP para el dia, como si se registrase en un hotel. Se entra, se conecta el portatil y el telefono, se enciende el aire acondicionado y se empieza a trabajar.

Curtis penso en su escritorio de New Parker Center. En los papeles y carpetas que tenia encima. En el desorden que habia en sus cajones. Y en el ordenador que rara vez encendia.

– Pero ?y las cosas de uno? -inquirio-. ?Donde pone sus cosas la gente?

– En el sotano hay taquillas. Pero en el ambiente del despacho integrado se desaprueban los objetos personales. La idea es que todo lo que se necesita esta en el ordenador portatil y en el telefono. -Helen hizo una pausa y anadio-: Asi que, ?todo en orden? ?Para que los obreros puedan ir y venir? La mayoria de ellos esta trabajando en la planta diecisiete. Decoracion y fontaneria, creo.

– Esta bien, esta bien -dijo Curtis-. No hay inconveniente. Solo que no se acerquen al sotano.

– Gracias, muy amable.

– Una cosa mas, senorita Hussey. Es un poco pronto para estar seguros, pero parece que Sam Gleig ha sido asesinado. Ahora bien, cuando el coche patrulla vino esta madrugada, los agentes se encontraron con la puerta abierta. Sin embargo, tengo la impresion de que su ordenador, Abraham, controla el cierre. ?Por que no lo echaria?

– Segun tengo entendido, fue Abraham quien llamo a la policia. La explicacion mas sencilla seria que dejo abierto para que entraran sus hombres.

Dukes carraspeo.

– Hay otra posibilidad.

Curtis asintio.

– Oigamosla.

– Sam pudo haber dicho a Abraham que abriera la puerta. Para que entrara alguien. ?Dice usted que le han aplastado la cabeza? Pues no veo como habria entrado el asesino si Sam no le hubiese abierto la puerta. Y Abraham no la habria vuelto a cerrar a menos que se lo hubieran ordenado explicitamente. Alguien reconocido por el codigo SITRESP.

– ?Por cuantos sitios se puede entrar y salir del edificio?

– ?Aparte de la puerta principal? Dos -dijo Dukes-. El garaje, debajo del sotano, controlado tambien por SITRESP. Y luego esta la salida de incendios de esta planta. Que la controla Abraham. No se abre a menos que el sistema de deteccion de incendios indique que hay fuego de verdad.

– ?Se les ocurre algun motivo por el cual Sam Gleig hubiese dejado entrar a alguien de noche?

Helen Hussey sacudio la cabeza.

Dukes fruncio los labios y, por un momento, parecio reacio a responder. Luego dijo:

– No pretendo hablar mal de un muerto ni nada, pero no seria la primera vez que un vigilante deja entrar de noche en un edificio a una persona sin autorizacion. No digo que Sam lo haya hecho alguna vez, que yo sepa, pero en mi ultimo trabajo, en un hotel, despidieron a un vigilante por recibir dinero de unas putas para que las dejara subir con los clientes. -Se encogio de hombros-. Esas cosas pasan, ?sabe? No es que Sam me diese esa impresion, pero…

– ?Si?

Dukes paso la mano con aire pensativo por la suave superficie del chaqueton de cuero.

– Pero… -Hizo un gesto de malestar con los hombros-. Este es un chaqueton muy bonito. Seguro que yo no me lo puedo permitir.

Era muy temprano cuando Allen Grabel volvio por fin a su casa de Pasadena. Con la pinta que tenia, no le habia sido facil convencer a un taxista de que le llevara, y por aquel privilegio tuvo que pagar la carrera por adelantado. Vivia en una urbanizacion de casas estilo espanol situadas en torno a un jardin cubierto de cesped y surcado de senderos.

Seguia sin llaves, de modo que se quito uno de sus mocasines Bass-Weejun del numero 44 y rompio una ventana, activando la alarma contra robos. Se encaramo por el hueco y entro, pero tardo unos momentos en acordarse del codigo y, entretanto, salio a la calle uno de sus vecinos, un dentista llamado Charlie.

– ?Allen? ?Eres tu?

– Todo esta bien, Charlie -repuso Grabel con voz debil, abriendo la puerta y pensando que las cosas iban todo lo contrario de bien-. Me he olvidado las llaves.

– ?Que te ha pasado? Tienes sangre en el brazo. ?Donde has estado?

– Habia mucho trabajo en la oficina. No he parado en varios dias.

– Eso parece -dijo Charlie, el dentista, moviendo la cabeza-. He visto mierdas con mejor aspecto que tu.

Grabel esbozo una tenue sonrisa.

– Si, muchas gracias, Charlie. Buenos dias.

Fue al dormitorio y se dejo caer en la cama. Miro la fecha en el reloj y solto un grunido. Una borrachera de seis dias. A eso se reducia todo. Se sentia como el Don Birnam de Dias sin huella. ?Como era la primera frase? «El barometro de su naturaleza emotiva senalaba un periodo desenfrenado.» O algo parecido. Bueno, pues eso era precisamente lo que acababa de pasar, un periodo desenfrenado. Antes habia tenido otros, desde luego, pero ninguno tan tremendo como aquel.

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