– Lo siento, senor, pero nunca mezclo el trabajo con el placer.

Curtis solto una sonora carcajada.

– ?Sera posible? Su conversacion es casi tan idiota como la tuya.

Coleman le sonrio.

– Tienes razon. Esta simpatica senorita es sacarina pura. Igual que en la vida real, ?eh?

– Gracias por su paciencia, caballeros. Crucen la puerta de cristales que hay detras de mi y cojan un ascensor hasta el sotano. Alli les esperara alguien.

– Una cosa mas, carino. Mi amigo y yo nos preguntamos si eres de las que follan en la primera cita. En realidad, hemos hecho una pequena apuesta. Yo digo que no. ?Quien tiene razon?

– ?Nat!

Curtis ya habia cruzado la puerta de cristales.

– Que usted lo pase bien -dijo Kelly, sin dejar de sonreir como una azafata al mostrar la utilizacion del chaleco salvavidas.

– Gracias, y tu tambien, carino. Tu tambien. Tenmelo calentito, ?vale?

– ?Joder, Nat! ?No es un poco temprano para eso? -dijo Curtis mientras entraban en el ascensor-. Eres un degenerado.

– Desde luego.

Curtis buscaba los botones de los pisos por las paredes del ascensor.

– Este es un edificio inteligente, ?recuerdas? -dijo Coleman-. Aqui no se estilan esas chorradas de apretar un boton. Por eso han registrado informaticamente nuestras voces. Para que podamos utilizar el ascensor. -Se acerco a un panel perforado junto al cual se veia el dibujo de un hombre haciendo bocina con las manos-. Eso es lo que significa ese icono. Al sotano, por favor.

Curtis inspecciono el dibujo.

– Crei que era para vomitar o algo asi.

– ?No jorobes!

– ?Por que lo llamas icono? Es una imagen sagrada.

– Porque asi llaman los informaticos a esos dibujitos.

Curtis dio un bufido de asco.

– No me extrana. ?Que sabran esos cabrones de imagenes sagradas!

Las puertas se cerraron silenciosamente. Curtis echo una mirada a la pantalla electroluminiscente que indicaba el piso al que se dirigian, el sentido de la marcha y la hora. Parecia impaciente por empezar a trabajar, aunque ello se debia en parte a la leve sensacion de claustrofobia que le daban los ascensores.

A diferencia del atrio, el sotano estaba lleno de policias y expertos forenses. El agente al mando, un individuo de ciento veinte kilos llamado Wallace, salio pesadamente al encuentro de Curtis con un cuaderno abierto en la mano, tan grande como una silla de montar. En New Parker Center le llamaban Foghorn, porque su marcado acento sureno y su vacilante forma de hablar eran exactamente como los del gallo del mismo nombre de los dibujos animados.

Curtis dio unos golpecitos en el cuaderno de notas con evidente desaprobacion.

– Eh, Foghorn, guarda eso, ?quieres? En este edificio no se utiliza papel. Nos meteras en un lio con la senora de arriba.

– ?Que me dices de esa? Yo, que soy catolico, apostolico y romano, te juro que no sabia si rezar para pedirle el perdon de mis pecados o follarmela directamente.

– A Nat le dio su numero. ?Verdad, Nat?

– Si -dijo Coleman-. Hace buenas mamadas por telefono.

Foghorn se peino con los dedos, intento leer su propia caligrafia y sacudio la cabeza.

– A tomar por el culo. De todos modos no hay gran cosa. -Se guardo el cuaderno y se subio los pantalones-. Encontrado individuo…, digo, encontrado individuo muerto con heridas en la cabeza producidas con un objeto contundente. El hallazgo…, digo, y esto te va a encantar, Frank…, lo denuncio el ordenador de los cojones. ?Te lo puedes creer? Es decir, que una cosa es hacer la ronda del barrio y otra Blade Runner, ?no? La llamada se registro en nuestro ordenador central a la 1,57 de la madrugada.

– Un ordenador que habla con otro -observo Coleman-. Asi van a ser las cosas, ?sabeis? El futuro.

– Tu futuro…, digo, tu futuro, no el mio, muchacho.

– De todos modos, los dos han sido muy amables al meternos en esto -dijo Curtis-. ?Cuando has llegado, Fog?

– Sobre las tres -bostezo-. Disculpa.

– No faltaria mas.

Curtis miro el reloj. Solo eran las siete y media.

– Bien, ?y quien es la victima?

Foghorn alzo el brazo entre los inspectores y senalo algo.

Curtis y Coleman giraron la cabeza y vieron el cadaver de un hombre negro, de alta estatura, tendido en el suelo de un ascensor y con el uniforme azul salpicado de sangre.

– Sam Gleig. El vigilante nocturno. Quien lo diria, ?eh? -Al ver la incomprension en los ojos de Curtis, anadio-: Pues es que…, digo, joder, que lo han asesinado, ?no?

El fotografo ya estaba recogiendo el tripode de la camara. Curtis lo reconocio, y recordo vagamente que se llamaba Phil.

– Oye, Phil, ?has terminado? -pregunto Curtis, echando un vistazo al interior del ascensor.

– Estoy seguro que no se me ha escapado nada -contesto el fotografo, mostrandole una lista de las tomas que habia hecho.

– Te va a salir un buen album -observo Curtis, sonriendo amablemente.

– Voy a revelarlas y a mediodia tendre los positivos.

Curtis se tanteo el bolsillo de la chaqueta y saco un rollo de treinta y cinco milimetros.

– Hazme un favor -dijo-, mira a ver si hay algo ahi. Lo llevo en el bolsillo desde hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo de lo que es. Siempre estoy pensando en llevarlas, pero… bueno, ya sabes como son las cosas.

– Claro, ningun inconveniente.

– Gracias. Te lo agradezco mucho. Solo que no las mezcles.

Sam Gleig yacia con las manos sobre el vientre, las rodillas dobladas y los enormes pies aun apoyados en el suelo del ascensor. A no ser por la sangre, parecia un borracho en un portal. Curtis paso por encima de la sangre que le rodeaba la cabeza y los hombros como el halo de un Buda y se agacho para verlo mejor.

– ?Ya le ha visto alguien del departamento forense?

– Charlie Seidler -dijo Foghorn-. Esta en el…, digo, esta en los servicios, creo. Tienes que echar una mirada a los retretes de este jodido sitio, Frank. Hay…, digo, tienen unos retretes que te dicen la hora y hasta te limpian los dientes. Tarde diez minutos en entender como se echaba una meada en ese sitio de los cojones.

– Gracias, Foghorn. Lo tendre presente. -Curtis asintio con la cabeza-. Parece que a este tio le han sacudido de lo lindo.

– ?Y de que manera! -anadio Coleman-. Le han dejado la cabeza hecha papilla.

– Un tio grande, ademas -tercio Foghorn-. ?Uno noventa, uno noventa y cinco?

– Lo bastante grande para saber defenderse, en cualquier caso -concluyo Curtis.

Senalo la Sig de nueve milimetros que seguia en la funda, enganchada al cinturon de Gleig.

– Fijaos en. esto. -Desprendio la tira de velero que aseguraba la automatica a la funda-. Sigue abrochada. Se diria que su atacante no le asustaba.

– A lo mejor era alguien que conocia -sugirio Coleman-. Alguien de quien se fiaba.

– Si mides uno noventa y cinco y llevas una automatica Sig al cinto, confias en todo el mundo -dijo Curtis, y se irguio-. Solo te da miedo alguien que lleve una pistola en la mano.

Salio del ascensor y se inclino hacia su companero.

– ?Lo reconoces?

– ?A quien? ?A la victima?

– Es el tio que encontro al chino. Le interrogamos, ?recuerdas?

– Si tu lo dices, Frank. Es que resulta un poco dificil situarle, en vista de que tiene la cara cubierta de sangre y todo eso.

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