relacionados con la misma. Teclee ahora el tema que haya elegido, por favor.
Gleig penso un momento y luego, timidamente, escribio:
HEPILESIA
– El tema que ha elegido no existe. Quiza lo haya escrito mal. Pruebe de nuevo.
EPILESIA
– No, tampoco esta bien. Bueno, le sugiero lo siguiente. Si busca informacion sobre una enfermedad del sistema nervioso caracterizada por paroxismos durante los cuales el paciente cae inconsciente al suelo, con espasmos musculares generalizados y a veces soltando espuma por la boca como un perro rabioso, vulgarmente denominada «alferecia», la palabra que necesita aparecera en pantalla correctamente escrita. Si es este el tema que busca, confirme su eleccion tecleando si.
?EPILEPSIA?
Si
Casi al momento, Gleig se encontro viendo una pelicula que mostraba a un hombre tendido en el suelo, agitado por incontrolables sacudidas y soltando espumarajos por la boca.
– ?Santo cielo! -jadeo-. ?Valgame Dios! ?Mira a ese pobre hijo de puta!
– Se calcula que entre el seis y el siete por ciento de la poblacion sufre al menos un ataque epileptico en la vida, y que el cuatro por ciento pasa por una fase en que es proclive a ataques recurrentes.
– ?En serio?
Cambio la imagen y en la pantalla aparecio el busto de marmol de un hombre calvo y con barba.
– El descubrimiento de la enfermedad suele atribuirse a Hipocrates.
– ?Ese es el que se suicido?
El ordenador no hizo caso de la interrupcion.
– La epilepsia no es una enfermedad especifica, sino mas bien un conjunto de sintomas resultantes de una serie de condiciones que excitan sobremanera las celulas nerviosas del cerebro.
– ?Como la senorita Hussey, quieres decir? -Solto una risita lasciva-. Vaya, esa si que excita mi viejo cerebro, como un demonio.
El busto de Hipocrates dio paso a otras imagenes: el cerebro, un electroencefalograma, Hans Berger, el psiquiatra aleman, y Hughlings Jackson, el padre de la neurologia britanica. Pero lo que verdaderamente intereso a Sam Gleig fue la explicacion que dio el ordenador sobre los diversos tipos de ataques, y en particular los focalizados y sus causas.
– A veces, una luz estroboscopica puede provocar una crisis sensorial focalizada; por esa razon, a las personas que padecen epilepsia fotosensible se les aconseja evitar los clubes nocturnos y los ordenadores.
– ?Maldita sea! -jadeo Gleig al recordar la quemadura que se habia hecho en el dorso de la mano con la extrana lampara de la consola de Hideki Yojo- ?Pues claro. No fue la pantalla del ordenador, maldita sea, sino la lampara! ?Estaba al rojo vivo!
Se miro instintivamente la mano. La quemadura, mas o menos del tamano de una moneda de veinticinco centavos, seguia alli. Recordando los locales nocturnos que habia frecuentado de joven y el nauseabundo efecto que a veces le producian las luces destellantes, Gleig tuvo de pronto la seguridad de que podia ofrecer una explicacion algo diferente de la muerte de Hideki Yojo.
– ?Que otra cosa puede haber sido?
Alargo la mano hacia el telefono, pensando que debia comunicar a alguien sus sospechas. Pero ?a quien? ?A la poli? El ex presidiario que habia en el evitaba cualquier contacto con la policia. ?A Helen Hussey? ?Como le sentaria que la llamara a su casa? ?A Warren Aikman? A lo mejor seguia trabajando arriba. Salvo que a Sam le apetecia hablar con el maestro de obras tanto como con la policia. Delante de Aikman siempre tenia la impresion de ser una persona insignificante. El asunto podia esperar a la manana siguiente, y entonces se lo plantearia personalmente a Helen Hussey. Ademas, asi tendria ocasion de hablar con ella. De modo que se quedo donde estaba, curioseando
EPISCOPADO, EPISTEMOLOGIA, ERASMO, ERNST, EROS y ESAU.
Allen Grabel se encontraba en el cuarto piso de la Parrilla, cerca de la sala de ordenadores. Su plan no era muy elaborado, pero sin duda seria eficaz. Para joder a Richardson, joderia el edificio. Y el mejor modo de hacerlo era joder el ordenador. Entrar ahi con un objeto contundente y causar desperfectos por un valor de cuarenta millones de dolares. A menos de matar a Richardson, no se le ocurria forma mas eficaz de vengarse de el. Habia querido hacerlo antes, solo que algo se lo habia impedido. Pero lo iba a hacer ahora mismo. Llevaba en la mano una chapa de acero, del tamano de una teja, que los obreros se habian dejado en el sotano. No resultaba comoda de manejar, pero era lo unico que habia encontrado y estaba resuelto a causar un estropicio. Los angulos parecian lo bastante rigidos para romper algunas pantallas y hasta para abollar las cajas de los ordenadores. Se estaba aproximando a la pasarela cuando oyo que el piano Disklavier empezaba a tocar. Reconocio la musica; era de Oliver Messiaen. Y anunciaba que alguien estaba cruzando el atrio.
Sam Gleig salio del programa multimedia poco despues de la una y, puntual como un reloj, cogio su linterna Maglite para hacer la ronda de la Parrilla.
Helen Hussey tenia razon, por supuesto. No habia ninguna necesidad. Lo mismo podia estar pendiente de todo desde la comodidad de su oficina. Mejor incluso. Gracias a las camaras de circuito cerrado, por el ordenador veia y oia todo. En todos los sitios a la vez. Como Dios. Solo que Dios no necesitaba hacer ejercicio. No tenia que preocuparse por el corazon, ni por la barriga. Dios habria tomado el ascensor. Sam Gleig subio por las escaleras.
Tampoco necesitaba la Maglite. Por dondequiera que iba, las luces se encendian cuando los sensores detectaban su calor corporal y la vibracion de sus pasos. Pero llevaba la linterna de todas formas. No se era un buen vigilante nocturno sin llevar una Maglite. Era el simbolo del trabajo. Como la pistola que llevaba en la cadera.
Al aproximarse al piano, el instrumento empezo a tocar. Se detuvo a escuchar un momento. Era una musica extrana y misteriosa, que acentuaba la quietud y la soledad de la noche en la Parrilla. Le puso carne de gallina. Sintio un escalofrio y sacudio la cabeza.
– ?Que musica tan rara! -dijo en voz alta-. Prefiero a Bill Evans, sin vacilar.
Subio a pie hasta el cuarto piso y se acerco a la sala de ordenadores para ver si aun habia alguien trabajando. Pero al otro lado de la pasarela luminosa la estancia estaba vacia. Docenas de lucecitas blancas y rojas destellaban en la oscuridad como una ciudad pequena vista desde la ventanilla de un avion.
– Todo en orden, entonces -dijo-. Solo te faltaba que hubiese otro muerto durante tu turno. Para que los cabrones de los polis te hiciesen un monton de preguntas tontas.
Se detuvo y dio media vuelta, creyendo haber oido algo. Como si alguien bajase por las escaleras que el acababa de subir. Volvio sobre sus pasos. Eso era lo malo de ser vigilante nocturno, penso. Se oian cosas y, por un momento, se pensaba lo peor. Pero no habia nada malo en ser receloso. Le pagaban por eso. El recelo evitaba que se cometiera la mayoria de los delitos.
Se dirigio al hueco de la escalera y se detuvo, escuchando. Nada. Para asegurarse, volvio al atrio y recorrio toda la planta baja. El eco de un ruido sordo lo sobresalto. ?Hay alguien ahi? -grito.
Espero un momento y luego volvio a la oficina de seguridad.
Una vez alli, se sento frente a la pantalla y pidio al ordenador una lista de los actuales ocupantes del edificio. Sintio alivio al ver que solo aparecia su nombre. Sacudio la cabeza y sonrio. Seria raro no oir algun ruido en un edificio de las dimensiones y la complejidad de la Parrilla.
– Probablemente el aire acondicionado, que se ha encendido -se dijo-. ?Que calor hace aqui dentro! Me parece que este edificio no esta hecho para gente que quiere mantenerse en forma.
Se levanto y volvio al atrio, resuelto a terminar la ronda. Tenia la camisa azul pegada al cuerpo. Se aflojo la corbata y se desabrocho el cuello. Esta vez cogio el ascensor.
