editado a fin de promocionar sus edificios y los proyectos que tenia en marcha. ?Que era lo que decia? En general, la mayor parte de lo que escribia era ridiculamente ampuloso. Y prodigaba de manera irritante la palabra genio en relacion con su marido. Pero en esa ocasion una frase en concreto le habia llamado la atencion.
«?Feliz el mundo en que se levantan esos edificios!»
Quiza la alusion literaria no fuese tan exagerada, penso. Era un edificio que verdaderamente representaba un nuevo futuro.
Siempre que Sam Gleig tenia turno de noche se presentaba en la oficina de obras de la septima planta, a fin de enterarse de si habia instrucciones especiales para el y comprobar quien se quedaba trabajando. Habria obtenido el mismo resultado telefoneando desde la oficina de seguridad de la planta baja, pero con doce horas de soledad por delante Gleig preferia un poco de contacto humano. Mantener una pequena conversacion con quien estuviese por alli. Charlar un poco. Luego se alegraba de haberlo hecho. De noche, la Parrilla era un sitio abandonado. Ademas, aquella noche tenia curiosidad por enterarse del dictamen oficial sobre la muerte de Yojo.
En un esfuerzo por mantenerse en forma, Gleig solia evitar el ascensor y subia por la escalera. Los escalones eran de vidrio, para dar la maxima luminosidad a la caja de la escalera, y de noche la luz electrica le daba el color de una piscina. La escalera del cielo. Asi la llamaba Gleig. Hombre de convicciones religiosas, nunca subia la escalera sin pensar en el sueno de Jacob ni repetirse el texto del Genesis: «Y desperto Jacob de su sueno y dijo: Ciertamente Jehova habita en este lugar, y yo no lo sabia. Y tuvo miedo y dijo: ?Cuan terrible es este lugar! Verdaderamente esta es la casa de Dios, y la puerta del cielo.»
En la oficina encontro a Helen Hussey, la aparejadora, y a Warren Aikman, el maestro de obras, que estaban guardando sus cosas en las carteras y preparandose para marcharse.
– Buenas noches, Sam -le saludo cordialmente Helen.
Era una pelirroja alta y esbelta, de ojos azules y muy pecosa. A Gleig le caia muy bien, porque siempre tenia una palabra cortes para todo el mundo.
– Buenas noches, senorita Hussey -contesto el-. Buenas noches, senor Aikman.
– Sam -gruno el maestro de obras, demasiado cansado hasta para hablar-. Ah, vaya dia. Menos mal que ya se ha terminado.
Instintivamente se ajusto la corbata con el emblema de su universidad, se paso la mano por el pelo gris y vio que seguia teniendolo lleno de polvo: consecuencia de inspeccionar el techo de la planta decimosexta mientras los obreros estaban instalando el aislante en el suelo del piso de arriba. Como representante personal de la Yu Corporation en la obra, Aikman debia inspeccionar periodicamente las obras y presentar un informe completo y detallado de todas las incidencias, refiriendo a Mitchell Bryan o a Tony Levine cualquier discrepancia entre los planos y el acabado del edificio. Pero la frustracion de Aikman tenia mas que ver con Helen Hussey que con la interpretacion de los detalles arquitectonicos. Pese a haberle dicho, mas o menos, que estaba enamorado de ella, Helen seguia negandose a tomarle en serio.
– Bueno -dijo Sam-, ?quien se queda trabajando esta noche?
– ?Que te he dicho, Sam? -le reprendio ella-. Preguntaselo al ordenador. Abraham esta programado para saber quien se queda trabajando y donde. Tiene camaras y sensores termicos para ayudarte.
– Si, lo se, pero es que no me gusta hablar con una maquina. Resulta un poco frio. Es importante un poco de contacto humano, ?entiende lo que quiero decir?
– Yo preferiria hablar con una maquina antes que con Ray Richardson -declaro Aikman-. Al menos hay una remota posibilidad de que la maquina tenga corazon.
– No quisiera molestarlos.
– No nos molestas para nada, Sam.
Sono el telefono de Aikman. Contesto y, al cabo de unos momentos, se sento a su escritorio y escribio una nota. Tapando el telefono con una mano, miro a Helen Hussey y dijo:
– Es David Arnon. ?Puedes esperar un momento?
Aliviada por la oportunidad de bajar al coche sin tener que luchar para que Aikman le quitara las inquietas manos de encima en el ascensor, Helen sonrio y sacudio la cabeza.
– No puedo -musito-. Ya voy con retraso. Te vere manana.
Aikman hizo una mueca de irritacion y asintio con la cabeza.
– Si, David. ?Tienes los datos ahi?
Helen se despidio de el agitando los dedos y se encamino al ascensor en compania de Sam Gleig.
– ?Han dicho ya lo que le paso al senor Yojo?
– Al parecer sufrio un ataque epileptico agudo -contesto Helen.
– Lo que yo pensaba.
Subieron al ascensor y le dijeron a Abraham que los llevara al aparcamiento.
– ?Pobre hombre! -anadio Sam-. Una verdadera lastima. ?Cuantos anos tenia?
– No lo se exactamente. Treinta y tantos, supongo.
– ?Maldita sea!
– ?Que pasa, Sam?
– Acabo de acordarme de que me he dejado el libro en casa. -Se encogio de hombros con aire de disculpa-. En un trabajo como este hay que tener algo para leer. Y no soporto la tele. Contamina.
– Pero tienes un ordenador, Sam. ?Por que no usas la biblioteca electronica?
– La biblioteca electronica, ?eh? No sabia que existiese una cosa asi.
– Es muy facil de utilizar, de verdad. Muy sencillo. Funciona como una especie de tocadiscos automatico. No tienes mas que seleccionar en el ordenador el icono de la biblioteca multimedia y aparece una lista con los indices de todos los textos disponibles en el disco. Elige el indice y luego el titulo, y el ordenador te ejecutara el disco. Claro que la mayoria son libros de referencia, pero todos son interactivos, con fragmentos de audio y video. La «Guia cinematografica» de
– Pues gracias, senorita Hussey. -Sam sonrio cortesmente-. Se lo agradezco mucho.
Se preguntaba si realmente era posible leer algo en aquella biblioteca: por la forma en que se lo habia descrito, parecia otra manera de ver la television. Al salir de la carcel habia jurado no volver a ver la tele en su vida.
La siguio con los ojos hasta que subio al coche y luego se dirigio al atrio, donde el piano estaba tocando un
La muerte era un tema frecuente en los pensamientos de Gleig. Sabia que era debido a la soledad de su trabajo. A veces, haciendo la ronda por el edificio, tenia la impresion de estar encerrado en un enorme mausoleo. Con la inquietud de la muerte y la forma de morir, y con tanto tiempo disponible, se habia convertido en una especie de hipocondriaco. Pero mas que la idea de que el tambien pudiera sufrir un ataque epileptico, le preocupaba no saber nada en absoluto de la epilepsia ni de los sintomas que la anunciaban. En cuanto tuvo ocasion, accedio a la enciclopedia de la biblioteca electronica.
Selecciono con el raton el indice correspondiente. Hubo una breve pausa y, luego, una fanfarria de trompetas de Aaron Coplan hizo que le diera un vuelco el corazon.
– Bienvenido a la Enciclopedia -dijo el ordenador.
– ?Maldita sea, Maquina, no hagas eso! -exclamo nerviosamente-. ?Casi me cago del susto!
– La fuente de informacion que abarca todos los ambitos de la historia y el saber humanos de todos los tiempos y lugares. Sencillamente, tiene ante usted el mas completo archivo de informaciones que existe en el mundo. Los titulos de las entradas estan ordenados de la A a la Z segun el alfabeto de la lengua inglesa.
– ?Increible! -gruno Gleig.
– La lista alfabetica no tiene en cuenta los signos diacriticos ni las letras extranjeras que no tienen correspondencia en ingles.
Gleig se encogio de hombros, sin saber si su anterior comentario habia sido critico o no.
– Los titulos que empiezan con un numero, como
