– No te hagas de rogar, Janet.

– Espera un momento.

Cogio una cucharilla y, maniobrando en el interior de la cabeza de Yojo, extrajo el contenido del craneo y lo dejo caer en su mano.

– ?Que has encontrado?

Nathan Coleman se levanto y se puso al lado de Curtis, frente a la mesa de diseccion.

– Si no lo viese con mis propios ojos, no lo creeria.

Coloco un objeto del tamano de una pelota de tenis sobre una bandeja quirurgica y se irguio, sacudiendo la cabeza. Era una cosa oscura, pardusca y de aspecto crujiente, como si la hubieran metido en aceite hirviendo.

– ?Que cono es eso? -jadeo Curtis-. ?Un tumor?

– No es un tumor. Lo que estan viendo, caballeros, es lo que queda del cerebro de este hombre.

– ?Me estas tomando el pelo!

– Echa una mirada al craneo, Frank. No hay nada dentro.

– ?Joder, Janet! -exclamo Coleman-. ?Si parece una jodida hamburguesa!

– Demasiado hecha para mi gusto -comento Curtis.

Bragg puso el cerebro en la balanza. Pesaba menos de ciento cincuenta gramos.

– Pero ?que le ha pasado? -pregunto Curtis.

– Hasta ahora solo lo habia visto en los libros -reconocio Bragg-, pero diria que ha sufrido un ataque epileptico agudo. Hay un sindrome sumamente raro que se llama status epilepticus. La mayoria de los ataques epilepticos duran unos minutos, pero en algunos casos se prolongan mas de, digamos, treinta minutos, o si se suceden varios con tal rapidez que no hay recuperacion entre los intervalos. El cerebro trabaja a tal ritmo que se frie dentro del craneo.

– ?Un ataque epileptico puede haber hecho eso? Pero ?y lo de la eyaculacion?

– Una fuerte excitacion electrica del cerebro puede causar toda una asombrosa serie de sensaciones y emociones, Frank. La ereccion y el orgasmo pueden ser un corolario de la excitacion del hipotalamo y de las zonas septales cercanas. -Asintio con la cabeza-. Eso es lo que debio de pasar. Solo que nunca lo habia visto, hasta ahora.

Curtis saco el boligrafo y toco con el el cerebro frito, como si fuese un escarabajo muerto.

– Status epilepticus -repitio con aire pensativo-. ?Que te parece? Pero ?que puede haberle causado un ataque de esa magnitud? ?No sientes curiosidad? Tu misma has dicho que es un hecho bastante insolito.

Ella se encogio de hombros.

– Puede haber sido cualquier cosa. Un tumor intercraneal, un neoplasma, un absceso, una trombosis de las venas superficiales. Trabajaba con ordenadores, ?no? Pues a lo mejor ha sido por estar siempre con la vista fija en la pantalla. Esa podria ser la causa. Investigad su historial medico. Quiza tuviese alguna dolencia que mantenia oculta. En las condiciones en que esta el cerebro, yo ya he hecho todo lo posible. Lo mismo daria seccionar una suela de zapato, porque esa mierda no va a decirnos nada mas.

– Muerte natural -informo Mitch-. La oficina del forense acaba de comunicarlo. Un ataque epileptico. Muy agudo, segun parece. Hideki tenia cierta predisposicion a la epilepsia. Era sensible a la luz y el ataque fue provocado por el monitor de su ordenador. Al parecer, sabia que no debia acercarse a una pantalla de television. -Se encogio de hombros-. Pero, por otro lado, ?que podia hacer, si la informatica era su vida?

Se habia encontrado con Ray Richardson en las escaleras del estudio. Richardson se dirigia al aeropuerto y llevaba una abultada cartera y un ordenador portatil. Su Gulfstream le esperaba para conducirlo a Tulane, donde iba a presentar a los decanos de la universidad sus planos para una nueva Facultad de Derecho inteligente.

– Lo comprendo -repuso Richardson-. Supongo que si los medicos me dijeran que ni mirase un edificio nuevo, tampoco les haria caso.

Mitch asintio pensativo, no muy seguro de que el hubiera hecho lo mismo.

– ?Me acompanas al coche, Mitch?

– Claro.

Mitch suponia que la turbada expresion de Richardson tenia que ver con la muerte de Yojo, pero solo acertaba en parte.

– Quiero que hables con nuestros abogados, Mitch. Diles lo que le ha sucedido a Yojo. Y sera mejor que tambien llames a la compania de seguros. Por si a algun hijo de puta se le ocurre presentar una querella. Mientras no hayamos terminado el edificio, se nos echaran encima a nosotros, no a la Yu Corporation.

– Ha sido muerte natural, Ray. No pueden hacernos responsables en modo alguno.

– No se pierde nada con explicar todas las circunstancias a un abogado -insistio Richardson-. Yojo se quedaba a trabajar hasta tarde, ?no? A lo mejor viene alguien diciendo que se lo deberian haber impedido. ?Entiendes lo que estoy haciendo, Mitch? Intento pensar como algun cabron de mierda de abogado. En la putada que trataria de hacernos. En el argumento que esgrimiria para achacarnos la responsabilidad. ?Joder, como odio a esos cabrones!

– Yo no se lo diria a los de la Facultad de Derecho de Tulane -le aconsejo Mitch.

– ?Valdria la pena, cono! -rio Richardson-. Bueno, haz esas llamadas, por favor.

Mitch se encogio de hombros. Sabia muy bien que discutir con su jefe era imposible. Pero Richardson noto su expresion y asintio con la cabeza.

– Mira, se que piensas que me pongo un poco paranoico con estas cosas, pero se lo que me digo. En este momento tengo dos juicios pendientes. Mi ex criada me ha demandado por la crisis nerviosa que dice que sufrio cuando la despedi por no cumplir su horario de trabajo. Un cabron que invite a cenar a mi casa me reclama danos y perjuicios porque una espina de pescado se le atasco en la garganta. Y antes de que te des cuenta, Allen Grabel intentara sacar tajada.

– ?Grabel? ?Has sabido algo de el?

– No, no, hablo en teoria. Pero ?quien me asegura que no se querellara conmigo por despido indirecto? Ese tipo me odia a muerte. Tenias que haberle oido cuando se largo. Dijo que queria verme muerto. Estuve a punto de denunciarle a la policia. Quiere perjudicarme, Mitch. Me sorprende que todavia no me haya llamado algun abogado.

Salieron por la parte trasera del edificio, donde aguardaba el Bentley. Richardson tendio a Declan la cartera y el ordenador y se quito la chaqueta antes de subirse al asiento de atras. No cerro la puerta. Eso era cosa del chofer.

– El viernes entierran a Yojo -le informo Mitch-. En Forest Lawn.

– Nunca voy a los entierros. Ya lo sabes. Sobre todo en esta ciudad. La vida ya es demasiado corta. Y tampoco quiero que vaya nadie de la oficina. El viernes es dia de trabajo. Al que vaya, que le descuenten de las vacaciones el tiempo que este ausente. Manda una corona, si lo crees necesario. Puedes poner mi nombre en la tarjeta, si quieres.

– Gracias, Ray. Estoy seguro de que a el le habria gustado.

Richardson ya estaba marcando un numero en el telefono movil.

Cuando Declan cerro la puerta del Bentley, Mitch esbozo una tenue sonrisa. Casi deseaba que el que hubiera muerto fuese Ray Richardson. Los que asistieran a su entierro se alegrarian de considerarlo como vacaciones. Lo raro era que aun no hubieran contratado a un asesino a sueldo para eliminarlo. Si un sobre circulara por la oficina para hacer una colecta destinada a esa causa tan meritoria, se recogerian varios miles de dolares. Y quiza incluso alguien se ofreciera a hacerlo gratis.

Vio como se alejaba el coche. Luego dio media vuelta y se dirigio al fondo de la terraza. Habia dias en que el humo y la niebla se extendian por la ciudad en una densa capa semejante a hielo seco que cubria hasta la lejana silueta de los edificios. Pero aquel dia la atmosfera estaba relativamente limpia y la vista de Mitch abarcaba unos doce kilometros de la parte occidental de Los Angeles. Distinguia facilmente los rascacielos: el Arco Towers, el First Interstate, el Microsoft Building, el Crocker Center, el Library Tower, el edificio de la SEGA. Pero no habia ninguno como la Parrilla. Parecia surgir del terreno como una criatura recien nacida, blanca y reluciente, para algun fin no revelado aun a los habitantes humanos de la ciudad. El edificio le daba la impresion de ser algo casi movil, hasta el punto de que parecia expresar la esencia misma de Los Angeles: su libertad.

Mitch sonrio al recordar el articulo que Joan habia escrito para el lujoso folleto plateado que la empresa habia

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