capsulas. Mala suerte para quien tuviese claustrofobia. O para quien le gustase trabajar al lado de companeros con los que reir y bromear. Pero en el programa de trabajo de la Yu Corporation seguramente no habia sitio para la risa ni las bromas.
Abrio la puerta y fue dos pisos mas abajo para ver mejor el atrio. Al asomarse a la galeria, vio que de los ascensores de la planta baja salia una mujer bastante atractiva. Su cabeza pelirroja destellaba como una gota de sangre sobre la deslumbrante blancura del marmol. Alzo la vista y le sonrio.
– ?Es usted el inspector Curtis, por casualidad?
Curtis se aferro a la barandilla con ambas manos y asintio.
– Si, soy yo. Desde aqui podria imitar a Mussolini, ?no cree?
– ?Como?
Curtis se encogio de hombros y se pregunto si no seria demasiado joven para haber oido hablar de Mussolini. Se le ocurrio decir algo sobre arquitectura fascista, pero lo penso mejor. Era demasiado guapa para incomodarla sin un motivo justificado.
– Bueno, es que esta clase de edificios son muy inspiradores, supongo. -Sonrio-. Quedese ahi. Ahora mismo bajo.
La oficina de seguridad de la Parrilla era un cuarto blanco y reluciente, con una pared de cristal que daba al pasillo y tapada por una persiana accionada electricamente. Contenia un gran escritorio de aluminio y cristal, dominado por una pantalla de setenta centimetros y un teclado. Junto al ordenador habia un videofono, un telefono, el termo de Sam Gleig y, en un tupperware abierto, los emparedados sin comer del vigilante asesinado. Detras del escritorio habia un armario alto con puertas de cristal que contenia algo parecido a otro ordenador todavia embalado en plastico.
Curtis inspecciono el contenido de uno de los emparedados.
– Queso y tomate -dijo, y empezo a comerselo-. ?Quiere uno?
– No. No, gracias -repuso Helen Hussey, que fruncio el ceno-. Pero ?esta seguro de que puede hacer eso? Quiero decir, ?no se esta comiendo las pruebas?
– A Gleig no le sacudieron en la cabeza con un bocadillo, senora.
Curtis examino el armario de cristal y la discreta caja blanca con su embalaje protector.
– ?Que es eso? -pregunto.
Helen Hussey respiro hondo y esbozo una sonrisa incomoda.
– Esperaba que no me lo preguntase.
Curtis le sonrio a su vez.
– ?Por que?
– Es un CD-ROM de registro multiple -explico ella.
– ?Un juego? ?Aqui?
Helen Hussey lo fulmino con la mirada.
– No exactamente, no. Esta conectado al ordenador mediante una interfaz de dispositivos perifericos con fecha y numero de archivo. Cada disco tiene unos setecientos megabytes. Servira para registrar todo lo que sucede en las camaras de seguridad, tanto dentro como fuera del edificio. Nuestras camaras funcionan por transmision celular. Y los datos entraran por la parte trasera de este aparato. -Se encogio de hombros-. O eso creo.
– Eso cree, ?eh? -sonrio Curtis.
Ella solto una risita avergonzada.
– No se lo va a creer -le dijo, encogiendose de hombros-, pero la unidad aun no esta instalada. Por lo que yo se, acaban de entregarla.
– Bueno, parece muy bonito. Bonito de verdad. Lastima que no funcione, porque asi sabriamos lo que paso anoche exactamente.
– Tuvimos un problema con el proveedor.
– ?Que clase de problema? -Curtis se sento al borde del escritorio y cogio otro emparedado-. Estan buenos.
– Que se equivocaron de aparato -suspiro Helen-. Nos enviaron uno distinto al que habiamos pedido. Este Yamaha registra a cuatro velocidades. El anterior no. Asi que lo devolvimos.
– El suyo debe ser un trabajo duro para una mujer.
Helen puso mala cara.
– ?Por que lo dice?
– Los albaniles no tienen exactamente fama de buenos modales ni de hablar bien.
– Tampoco la policia de Los Angeles.
– Muy aguda. -Curtis miro el emparedado y lo dejo sobre la mesa-. Perdoneme. Tiene razon. Usted conocia a la victima, probablemente. Y aqui estoy yo, comiendome su cena. No soy muy delicado, ?verdad?
Ella volvio a encogerse de hombros, como si la tuviera sin cuidado.
– Sabe usted, hay personas, y policias, que al ver un cadaver sienten nauseas y pierden el apetito. A mi, no se por que, me da hambre. Mucha hambre. Quiza sea porque me alegro de estar vivo y quiero celebrarlo comiendo algo.
Helen asintio.
– No tendre que identificarlo, ?verdad?
– No, senora, no sera necesario.
– Gracias, no creo que yo…
Volvio al tema anterior, considerando que debia contarle algo mas sobre su trabajo.
– Mis responsabilidades de gestion y planificacion no suponen gritar a la gente. Eso lo dejo para los capataces. Mi funcion consiste en iniciar cada operacion concreta, coordinarla con los diferentes proveedores y asegurarme de que suministren los materiales adecuados. Como esos grabadores de CD-ROM. Pero si es necesario puedo hablar peor que un carretero.
– Si usted lo dice, senora… ?Como se llevaba con Sam Gleig?
– Bastante bien. Era una persona muy amable.
– ?Tuvo que gritarle alguna vez?
– No, nunca. Era honrado y digno de confianza.
Curtis se levanto del escritorio y abrio una taquilla. Dentro habia una cazadora de piel y, suponiendo que pertenecia a Sam Gleig, empezo a registrar los bolsillos.
– ?A que hora entro anoche de servicio Sam Gleig?
– A las ocho, como siempre. Relevo al otro vigilante, Dukes.
– ?Me llamaba alguien?
Era el guarda jurado, Dukes.
– Ah, inspector-dijo Helen-. Este es…
– Ya nos conocemos -la interrumpio Curtis-. De la otra vez, cuando la muerte del senor Yojo.
Miro instintivamente el reloj. Eran las ocho en punto.
Dukes estaba perplejo.
– ?Que ocurre?
– Se trata de Sam, Irving -le informo Helen-. Esta muerto.
– ?Santo Dios! Pobre Sam. ?Como ha sucedido?
– Creemos que le aplastaron la cabeza.
– ?Que ha sido, un robo o algo asi?
Curtis no contesto.
– ?Le vio alguno de ustedes cuando entro de servicio?
– Muy brevemente -contesto Dukes, encogiendose de hombros-. Yo tenia prisa. No creo que cruzaramos mas que unas palabras. ?Que horror, Dios mio!
– Se presento en la oficina de obras, en la septima planta -dijo Helen-. Solo para saludar y ver si se quedaba alguien a trabajar. El ordenador se lo habria dicho mejor que nosotros, pero a el le gustaba hablar con la gente. En cualquier caso, yo ya me iba, asi que bajo conmigo en el ascensor.
– Ha dicho «nosotros».
– Si. Deje trabajando a Warren, Warren Aikman. Es el maestro de obras. Le llamaron por telefono, justo
