Para un arquitecto solo habia un sitio donde vivir en Los Angeles, y era Pacific Palisades. No tanto por el caracter selecto del barrio como por el hecho de que alli se encontraban muchos de los mas famosos ejemplos de la arquitectura moderna de la ciudad. En su mayor parte eran construcciones cuadradas de acero, con colores a lo Mondrian y mucho vidrio, semejantes a casas de te japonesas o a chales para obreros alemanes. A Mitch no le gustaba ninguna, aunque, como arquitecto, comprendia por que eran importantes: habian influido en la forma de construir casas a lo largo y lo ancho de Estados Unidos. Era agradable verlas en los libros, pero vivir realmente en ellas era otra historia. Y, desde luego, no era casualidad que la Ennis House de Frank Lloyd Wright, en Griffith Park, se encontrase practicamente en ruinas. La unica casa de la zona en que hubiese podido vivir era la de Pierre Koenig en Hollywood Hills, aunque esa preferencia se debia mas a la espectacular vista que a los meritos arquitectonicos de la construccion. En conjunto preferia las casas casi rurales que caracterizaban la parte de Palisades conocida como Rustic Canyon, con sus cabanas de troncos, picaderos y bellos jardines.
No es que Rustic Canyon careciese de ejemplos de arquitectura moderna. En una de las pendientes mas elevadas del Canyon se erguia la que Mitch consideraba como una de las mas bellas residencias privadas construidas por Ray Richardson: la suya.
Mitch torcio por una curva bordeada por una valla de cemento color miel y cortada por una pasarela que, saltando un arroyo, conducia a la puerta principal, frente al lejano oceano.
Un hombre y una mujer, que Mitch reconocio vagamente como estrellas de la musica pop inglesa, bajaron a caballo por el sendero y le dieron los buenos dias. Esa era otra de las razones por las que a Mitch le gustaba el Canyon. Alla arriba, la riqueza era mas afable, sin duda indiferente a la obsesion por la arquitectura estilo bunker que caracterizaba al resto de Los Angeles. No se veia ni una camara de seguridad ni un alambre de espino. Alla arriba, para protegerse de la presunta amenaza de los desclasados, la gente contaba con la altura de los cerros, la lejania del centro y las discretas patrullas armadas.
Mitch cruzo la pasarela. No le entusiasmaba renunciar a su descanso dominical y pasarse la manana hablando de trabajo, aunque significara una rara invitacion a almorzar en casa de Richardson. Ray le habia dicho que solo era para distraerse y pasar un rato tranquilos, pero Mitch no se lo tragaba. Ray Richardson unicamente estaba tranquilo cuando dormia, cosa que parecia necesitar muy poco.
La invitacion tambien incluia a Alison, pero la antipatia que ella sentia por Richardson era tan aguda que ni siquiera soportaba estar en la misma habitacion que el. Al menos, pensaba Mitch, no tendria que pasarse la tarde del domingo mintiendole sobre donde habia estado por la manana.
Llamo y corrio el panel de vidrio sin marco.
Encontro a Ray Richardson en su estudio, arrodillado en el suelo de pizarra azul, examinando los dibujos de otro proyecto -un helipuerto en pleno centro de Londres- que aun estaban saliendo de la impresora laser de gran tamano, y dictando notas a Shannon, su secretaria de ojos verdes.
– ?Mitch! -le saludo animadamente-. ?Por que no subes al salon? Yo ire enseguida. La oficina de Londres me ha enviado por correo electronico estos dibujos y debo echarles una mirada antes de su reunion de manana por la manana. ?Quieres una copa, colega? Rosa te la traera.
Rosa era la criada salvadorena de Richardson. Mitch se la encontro camino del salon, una mujer menuda y delgada con uniforme de color rosa. Penso en un zumo de naranja, pero luego recordo la tarde que le esperaba en casa.
– Rosa, ?podria traerme una jarra de margarita bien fria?
– Si, senor, ahora mismo.
En el salon busco un sitio donde sentarse. Habia seis sillas blancas de respaldo recto agrupadas en torno a una mesa de comedor. Una poltrona de cuero y acero inoxidable y, en dos lados de una mesa de cristal cuadrada, dos pares de sillas Barcelona, como doble homenaje al gran Mies van der Rohe. Mitch probo una de ellas e inmediatamente recordo por que se habia deshecho de la suya.
De la mesa de cristal cogio un ejemplar de
Con los delicados piececitos, las piernas ensanchadas en sus caderas de percherona, el breve circulo de su cintura que se agrandaba en el espectacular delta de los pechos y unos hombros gigantescos, Joan Richardson se parecia mucho a la estatua de bronce de Fernando Botero instalada frente a la Parrilla. La revista
Rosa volvio con la jarra de margarita y la dejo en la mesa junto con un vaso. Mitch bebio despacio, a pequenos sorbos, pero al cabo de una hora, cuando Richardson termino con lo que estaba haciendo, la jarra estaba vacia. Mitch observo que Richardson se habia cambiado de ropa y ahora llevaba pantalones y botas de montar. Se parecia a un director tiranico de la epoca del cine mudo: D. W. Griffith, o Eric von Stroheim. Lo unico que le faltaba era el megafono.
– Vale, Mitch -dijo, frotandose las manos-. Vamos a almorzar. ?Rosa! -Le rodeo familiarmente los hombros con el brazo-. Bueno, ?como estas, colega?
– Muy bien -contesto Mitch con una tenue sonrisa, aunque estaba enfadado por haber esperado tanto-. ?Has estado montando a caballo?
– Ah, ?te refieres a este atuendo? No, es que juego al polo a las doce.
Mitch miro su reloj.
– Son las once y cuarto, Ray -dijo en un tono que no disimulaba la reprobacion.
– ?Joder! Esos dibujos me han entretenido mas de lo que pensaba. Bueno, aun podemos pasar media hora juntos, ?verdad? Es que ya no hablamos, ?sabes? Deberiamos reunirnos mas a menudo. Y ahora que el edificio Yu esta casi terminado, lo haremos. Seguro. Tenemos por delante nuestras mas grandes realizaciones, estoy convencido.
– Me gustaria dedicarme a proyectar -repuso Mitch-. Quiza esa fabrica que la Yu quiere construir en Austin.
– Pues claro, Mitch, no faltaba mas. -Richardson se sento en una de las sillas Barcelona-. Pero, mira, todo el mundo es capaz de proyectar. Y para un buen coordinador tecnico se necesita un arquitecto especial. Que plasme esos abstrusos conceptos arquitectonicos en instrucciones practicas para los pobres gilipollas que van a construirlos. ?Te acuerdas del tejado que proyecto el idiota de Grabel? Menuda mierda. Y tu lo arreglaste, Mitch. A Grabel le parecio el mismo tejado que antes. No entendia que el proyecto original era imposible de realizar. Fuiste tu, Mitch, quien se ocupo de ello, quien examino las diversas variantes y encontro la mejor solucion para llevarlo a cabo. La mayoria de los proyectistas no hacen mas que masturbarse. Se de lo que hablo. Proyectan algo porque les parece bonito, pero tu, Mitch, coges algo bonito y le das un aspecto real. Estas aburrido. Se que te aburres desde hace algun tiempo. Siempre pasa lo mismo al final de un trabajo. Pero sera distinto cuando empieces algo nuevo. Y no olvides que en este trabajo recibiras una parte sustancial de los beneficios. No te olvides de eso, Mitch. Despues de declarar a Hacienda te quedara un buen cheque.
Llego Rosa con una bandeja. Mitch se sirvio zumo de naranja y
– ?Cuando es la inspeccion para la entrega de llaves? -pregunto Richardson, sirviendose el tambien un vaso de zumo de naranja.
– Del martes en ocho dias.
– Hmm. Lo que yo pensaba. -Richardson levanto el vaso y anadio-: Salud.
Mitch bebio el suyo de un trago.
– Dime una cosa, Mitch. ?Sigues viendo a Jenny Bao?
