siempre habia tenido buen gusto para esas cosas. Solo yo parecia desentonar con los demas complementos que llevaba. Estaba cohibida e incomoda.
– Gracias por lo que has hecho -dijo.
– No lo he hecho por ti.
– No. Me parece que se por que, pero, de todos modos, gracias. Te aseguro que es el mayor gesto de valentia que he conocido desde que estoy en Cuba.
– No me digas esas cosas, que ya me encuentro bastante mal.
Sacudio la cabeza.
– ?Por que? No te entiendo en absoluto.
– Porque parece que sea lo que no soy. Al contrario de lo que pensabas en otra epoca, encanto, nunca tuve madera de heroe. Si fuese siquiera un poco como me imaginas, no habria durado ni la mitad. Estaria muerto en cualquier campina ucraniana u olvidado para siempre en un cochambroso campo de concentracion ruso. Por no hablar de lo que paso antes de todo eso, en la epoca relativamente mas inocente en que la gente creia que los nazis eran el no va mas de la maldad autentica. Solo por no complicarnos las cosas y conservar la vida, nos decimos que podemos dejar los principios de lado y hacer un pacto con el diablo, pero, si lo repetimos varias veces, al final se nos olvidan los principios que teniamos. Antes creia que podia mantenerme incolume, que podia vivir en un mundo horrible y podrido sin contagiarme. Sin embargo, he descubierto que no es posible, al menos, si quiero vivir un ano mas. Bien, aqui sigo. En honor a la verdad hay que decir que no he muerto porque soy tan malo como todos los demas. Estoy vivo porque han muerto otros, a algunos los mate yo. Eso no es valentia. No es mas que eso. -Senale la cabeza de antilope de la pared-. El sabe a lo que me refiero, aunque tu no lo entiendas: es la ley de la selva. Matar o morir.
Noreen sacudio la cabeza.
– Tonterias -dijo-. No dices mas que tonterias. Eso fue en la guerra, habia que matar o morir. En eso consiste la guerra. Y fue hace diez anos. Muchos hombres piensan lo mismo que tu de lo que hicieron en la guerra. Te tratas con demasiada dureza. -Me agarro y apoyo la cabeza en mi pecho-. No te permito que hables asi de ti mismo, Bernie. Eres un hombre bueno. Lo se.
Me miro. Queria que la besara. Me quede donde estaba, mientras ella me abrazaba con fuerza. No me aparte ni la aparte, pero tampoco la bese, aunque no deseaba otra cosa. Lo que hice fue sonreir burlonamente.
– ?Y Fredo?
– No hablemos de el ahora, por favor. He sido una estupida, Bernie. Acabo de darme cuenta. Tenia que haber sido sincera contigo desde el primer momento. En realidad, no eres un homicida. -Vacilo. Tenia los ojos llenos de lagrimas-. ?Verdad que no?
– Te amo, Noreen, a pesar de los anos que han pasado. No lo supe hasta hace poco. Te amo, pero no puedo mentirte. Si de verdad te deseara, podria hacerlo, creo yo, podria mentirte, decirte cualquier cosa con tal de recuperarte, estoy seguro. Pero no es asi. En este mundo, siempre tiene que haber alguien a quien se le pueda decir la verdad.
La agarre por los hombros y la mire directamente a los ojos.
– He leido tus libros, encanto. Se la clase de persona que eres. Esta clarisimo, entre las portadas, oculto bajo la superficie como un iceberg. Eres una persona honesta, Noreen. En cambio, yo no. Soy un homicida. Y no me refiero solo a la guerra. Sin ir mas lejos, la semana pasada mate a una persona y te aseguro que no fue cuestion de matar o morir. Lo mate porque se lo merecia y porque temia lo que pudiese hacer, pero sobre todo, lo mate porque lo deseaba.
»A Max Reles no lo mato Dinah, encanto, ni siquiera sus amigos mafiosos del casino. Fui yo. Yo lo mate. Me cargue a Max Reles a tiros.
24
– Como sabes, Reles me ofrecio un empleo en el Saratoga y lo acepte, pero solo con la intencion de encontrar el momento de cargarmelo. Lo dificil era como hacerlo. Max estaba muy protegido. Vivia en el Saratoga, en un atico en el que solo se podia entrar mediante un ascensor que funcionaba con una llave. Waxey, su guardaespaldas, vigilaba las puertas de ese ascensor dia y noche y cacheaba a todo el que debia entrar en el atico.
»Sin embargo, supe como hacerlo tan pronto como vi el revolver que tu amigo Hemingway te habia regalado. El Nagant. Habia visto esa arma muchas veces durante la guerra. Era la auxiliar reglamentaria de los oficiales del ejercito y la policia rusos y, ademas, tenia una modificacion importante: un silenciador Bramit. Tambien la preferian los servicios especiales rusos. Entre enero de 1942 y febrero de 1944 trabaje en el centro de investigacion de crimenes de guerra de las Wehrmacht, tanto en casos de atrocidades cometidas por los aliados como por los alemanes. Uno de los crimenes que investigamos fue el de la masacre del bosque de Katyn. Eso fue en abril de 1943, cuando un oficial de inteligencia del ejercito encontro una fosa comun con cuatro mil cadaveres de polacos a unos veinte kilometros al oeste de Smolensk. Eran todos oficiales del ejercito polaco. Los habian ejecutado uno a uno los escuadrones de la muerte de la NKVD, de un solo tiro en la nuca. Los mataron con la misma clase de revolver: el Nagant.
»Los rusos actuaban metodica y tortuosamente. Son asi en todo. Lo siento, pero es la verdad. Habria sido imposible ejecutar a cuatro mil hombres a menos que, previamente, se tomaran ciertas precauciones para que no lo oyeran los que todavia habian de morir. De otro modo, se habrian amotinado y habrian acabado con sus carceleros. Los mataban por la noche, en celdas sin ventanas e insonorizadas con colchones, con revolveres Nagant provistos de silenciador. Durante la investigacion, llego a mis manos uno de esos silenciadores y tuve la oportunidad de ver como era y de probarlo con un arma. Por eso, en cuanto vi tu revolver, supe que podia fabricar uno en el taller metalico que tengo en casa.
»El siguiente problema fue: ?como iba a entrar en el atico con el revolver? Dio la casualidad de que Max me habia regalado una cosa: un juego de backgammon hecho de encargo, con forma de maletin, en el que estaban las fichas, los dados y los cubiletes. Sin embargo, quedaba sitio para un revolver y su silenciador nuevo. Me parecio que, seguramente, Waxey no lo abriria, sobre todo porque tenia dos cerraduras con combinacion.
»Max me habia dicho que solia jugar a las cartas una vez a la semana con algunos hampones de la ciudad. Tambien me dijo que la partida siempre acababa a las once y media, exactamente quince minutos antes de retirase el a su despacho a llamar al presidente, que es dueno de una parte del Saratoga. Me invito a ir y, cuando fui, lleve conmigo el maletin, cargado con el revolver y su silenciador, y lo deje en la azotea de la piscina. Cuando sali del atico a las once y media, al mismo tiempo que los demas, baje de nuevo al casino y espere unos minutos. Era el Ano Nuevo Chino, la noche de los fuegos artificiales en el Barrio Chino. Hacen un ruido ensordecedor, desde luego, sobre todo en el tejado del Saratoga.
»El caso es que, con lo de los fuegos, me imagine que Reles no hablaria mucho rato con el presidente y, en cuanto consegui que el director del casino me viese abajo, despues de haber estado en el atico la primera vez, volvi al octavo piso, que era lo maximo que podia acercarme sin la llave del ascensor, naturalmente.
»Da la casualidad de que, en la esquina del edificio, estan arreglando el anuncio de neon del Saratoga, es decir, que habia unos andamios por los que se podia trepar del octavo a la azotea del atico. Al menos, alguien que no tuviese vertigo o que estuviera dispuesto a matar a Max Reles casi a cualquier precio. Fue una escalada de consideracion, te lo aseguro. Necesite las dos manos. De haber llevado el revolver en la mano o en el cinturon, no lo habria conseguido. Por eso necesitaba dejarlo en la azotea de Max.
»Cuando llegue alli otra vez, Max todavia estaba al telefono. Lo oia hablar con Batista, repasando los numeros con el. Al parecer, el presidente se toma muy en serio su treinta por ciento de interes en el Saratoga. Abri el maletin, saque el revolver, monte el silenciador y, con sigilo, me acerque a la ventana, que estaba abierta. Es posible que en aquel momento me arrepintiese, pero de pronto me acorde de 1934, cuando lo vi matar a dos personas a sangre fria delante de mi cuando me tenia a bordo de un barco en el lago Tegel. Cuando eso sucedio, tu ya navegabas hacia los Estados Unidos, pero me amenazo con mandar a Abe, su hermano, a matarte en cuanto llegaras a Nueva York, si no cooperaba con el. Yo me habia cubierto las espaldas, mas o menos. Tenia pruebas de actos de corrupcion que habrian acabado con el, pero me faltaban medios para impedir que su hermano te matase. A partir de ese momento, nos tuvimos en jaque el uno al otro, al menos hasta el final de las Olimpiadas,
