– Te debo la vida, Gunther -dijo-. Nunca podre agradecertelo bastante.

– Olvidalo. No me debes nada, pero te ruego que no me preguntes por que. Ya he dado bastantes explicaciones sobre mi, por hoy. Ese cabron de Quevedo tiene la irritante costumbre de hacer preguntas que uno no quiere contestar.

Lopez sonrio.

– ?A quien se lo vas a decir!

– Por supuesto. Disculpa. Lo mio no ha sido nada, en comparacion con lo que has debido de pasar.

– No me vendria mal un cigarrillo.

Tenia un paquete de Lucky en la guantera. En el cruce con la carretera norte a San Francisco de Paula, me detuve y le puse uno en la boca.

– Fuego -le dije, al tiempo que encendia una cerilla.

Tomo unas caladas y me dio las gracias con un movimiento de cabeza.

– Permiteme. -Le saque el cigarrillo de entre los labios-. Pero no te hagas ilusiones: no pienso acompanarte al cuarto de bano.

Volvi a colocarle el cigarrillo en la boca y seguimos viaje.

Llegamos a la casa. La noche anterior habia hecho mucho viento y en los escalones de la entrada habia ramas y hojas de ceiba caidas. Un negro alto estaba recogiendolas y cargandolas en una carretilla, pero lo mismo habria dado que las tirase al suelo como si le hubiesen mandado colocar una alfombra de palmas para recibir a Lopez con todos los honores: trabajaba muy despacio, como si acabase de sacar dos premios en la bolita.

– ?Quien es ese? -pregunto Lopez.

– El jardinero -dije-. Aparque al lado del Pontiac y apague el motor.

– Si, claro. Por un momento… -solto un grunido-. El anterior se suicido, ?sabes? Se tiro a un pozo y se ahogo.

– Claro, seguro que por eso se bebe tan poca agua en esta casa.

– Noreen cree que hay un fantasma.

– No, porque lo seria yo. -Mire a Lopez y frunci el ceno-. ?Puedes subir los escalones?

– Creo que necesito un poco de ayuda.

– Deberias ir al hospital.

– Se lo dije a Quevedo muchas veces, pero ya no me hizo caso. Fue despues de la manicura gratis.

Sali del coche y cerre de golpe: en esa casa equivalia a tirar de la campanilla. Fui hasta la otra portezuela y la abri. Lopez iba a necesitar esa clase de ayuda con mucha frecuencia, durante los proximos dias, y estaba pensando en largarme enseguida y dejarselo todo a ella. Ya habia puesto bastante de mi parte. Si Lopez queria rascarse la nuca, que se la rascase Noreen.

Salio a la puerta en el momento en que Lopez se apeaba del coche, mareado como un borracho que no hubiese bebido bastante. Estremeciendose, se apoyo un momento en la jamba de la ventana con la parte interior de las munecas y despues con la espalda; sonrio a Noreen, que bajaba los peldanos rapidamente. Lopez abrio la boca y el cigarrillo que no habia terminado de fumar se le cayo en la pechera de la camisa. Se lo quite, ?como si la camisa importara, en realidad! Seguro que no iba a volver a ponersela para ir al despacho. Esa temporada no se llevaba el algodon blanco manchado de sangre sobre sudor.

– Fredo -dijo ella con preocupacion-, ?te encuentras bien? ?Dios mio! ?Que te ha pasado en las manos?

– Los polis esperaban a Horowitz en su fiesta de recaudacion de fondos -dije.

Lopez sonrio, pero a Noreen no le gusto.

– No le veo la gracia por ninguna parte, Bernie -dijo-, te lo digo en serio.

– Porque no lo has visto en directo, supongo. Oye, cuando termines de renirme, este leguleyo amigo tuyo se merece que lo lleven al hospital. Lo habria llevado yo mismo, pero el ha preferido pasar primero por aqui, para que vieras lo bien que se encuentra. Seguro que para el eres mas importante tu que volver a tocar el piano. Lo comprendo, naturalmente. A mi me pasa algo muy parecido.

Noreen oyo muy poco de lo que le dije. Sintonizo otra onda en el momento en que pronuncie la palabra «hospital». Dijo:

– Hay uno en Cotorro. Lo llevo yo en mi coche.

– Sube, que os llevo yo.

– No, tu ya has hecho bastante. ?Fue muy dificil rescatarlo de la policia?

– Un poco mas que meter una peticion en el buzon de sugerencias, pero no lo tenia la policia, sino el ejercito.

– Oye, ?por que no nos esperas en casa? Ponte comodo, como si estuvieras en la tuya. Preparate algo de beber, di a Ramon que te haga algo de comer, si quieres. No tardare.

– En realidad deberia largarme a toda prisa. Despues de todo lo que ha pasado esta manana, tengo una gran necesidad de renovar todas mis polizas de seguros.

– Bernie, por favor. Quiero darte las gracias como es debido y hablar contigo de una cosa.

– De acuerdo, puedo encajarlo.

La vi alejarse con el, entre en la casa y tontee con el carrito de las bebidas, pero no estaba de humor para hacerme el duro con el bourbon de Hemingway y me bebi un vaso de Old Forester en menos de lo que tarde en servirmelo. Con otro muy largo en la mano, di una vuelta por la casa y procure no cebarme con la evidente semejanza que habia entre mi situacion y la de cualquiera de los trofeos de las paredes. El teniente Quevedo me habia cazado igual que si me hubiese disparado con un rifle expres. Ahora Alemania me parecia tan lejos como las nieves del Kilimanjaro o las verdes montanas africanas.

Habia muchos baules de viaje y maletas en una habitacion; el estomago me dio un vuelco al pensar que tal vez Noreen fuera a marcharse de la isla, hasta que comprendi que, seguramente, estaba preparando la mudanza a su nueva casa de Marianao. Al cabo de un rato y de otra bebida, sali fuera y subi los cuatro pisos de la torre. No fue dificil. Habia unas escaleras semicubiertas que subian hasta arriba por el exterior. En el primer piso habia un cuarto de bano y en el segundo, unos cuantos gatos jugando a las cartas. En el tercero se guardaban todos los rifles, en vitrinas cerradas con llave y, segun el estado de animo que tenia en ese momento, mejor no haber llevado ninguna llave encima. En el ultimo piso habia un escritorio pequeno y una libreria grande llena de libros de tematica militar. Me quede alli un buen rato. Los gustos literarios de Hemingway me eran indiferentes, pero la vista desde alli era para no perdersela. A Max Reles le habria encantado. El panorama lo llenaba todo desde cada una de las ventanas, abarcaba muchos kilometros a la redonda. Hasta que la luz empezo a desaparecer. Y un poco mas.

Cuando solo quedaba una franja de color naranja por encima de los arboles, oi un coche y vi los faros del Pontiac y la cabeza del jefe indio subiendo por la entrada. Noreen bajo sola del coche. Cuando llegue abajo, ella ya habia entrado en la casa y estaba preparandose una bebida con vermut Cinzano y agua tonica. Al oir mis pasos, dijo:

– ?Te relleno el vaso?

– Me sirvo yo solo -dije, al tiempo que me acercaba al carrito.

Al llegar yo a su lado, se alejo. Oi el tintineo de los cubitos cuando se llevo el vaso a la boca y bebio el helado contenido.

– Lo han ingresado, esta en observacion -dijo.

– Buena idea.

– Esos cabrones hijos de puta le han arrancado todas las unas.

En ausencia de Lopez, que veria el lado gracioso, no pude seguir haciendo bromas sobre la cuestion. No queria que Noreen me sacase las unas otra vez. Ya habia tenido bastantes unas, por ese dia. Lo unico que queria era sentarme en un sillon y que ella me acariciase la cabeza, aunque solo fuera para recordarme que todavia la tenia sobre los hombros, no colgada en la pared de cualquiera.

– Lo se. Me lo dijeron.

– ?El ejercito?

– Te aseguro que no fue la Cruz Roja la que se lo hizo.

Llevaba pantalones sueltos de color azul marino y una chaqueta rizada de punto. Los pantalones sueltos no le quedaban muy sueltos en la unica parte que importaba y a la chaqueta parecia que le faltasen dos botoncitos de piel en la curva inferior de los senos. Llevaba en la mano un zafiro que parecia el hermano mayor de los que lucia en las orejas. Los zapatos eran marrones, de piel, como el cinturon y el bolso que habia tirado a un sillon. Noreen

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