No habia visto yo perros que se pusieran a dormir en la calle con tanto recogimiento y discrecion como los de La Habana, como si procurasen por todos los medios no molestar a nadie. Algunos dormitaban tan recogida y discretamente que parecian muertos, pero acariciarlos era arriesgado. Cuba era merecida cuna de la expresion «al perro dormido no lo despiertes», un sabio consejo para todos y para todo… si lo hubiese aplicado.
Al otro lado de la maciza puerta de madera, di mi nombre a un soldado igual de adormilado y, despues de decirle que deseaba ver al teniente Quevedo, espere delante de otro retrato de F. B., el del uniforme con hombreras de pantalla de lampara y sonrisa de gato que se ha salido con la suya. Sabiendo lo que ahora sabia sobre su participacion en los casinos, pense que seguramente tenia muchos motivos para sonreir.
Cuando me canse de inspirarme en la cara de satisfaccion del presidente cubano, me acerque a una ventana grande y me asome al patio de armas, donde vi aparcados varios vehiculos blindados. Al verlos, me parecio dificil entender que Castro y sus rebeldes hubieran podido creer que tenian alguna posibilidad de derrotar al ejercito cubano.
Por fin me saludo un hombre alto de uniforme marron claro con correaje, botones, dientes y gafas relucientes. Parecia vestido para hacerse un retrato.
– ?Senor Hausner? Soy el teniente Quevedo. Tenga la bondad de acompanarme.
Lo segui arriba y, por el camino, el teniente Quevedo no dejaba de hablar. Su actitud resultaba muy natural y no encajaba con la idea que me habia dado el capitan Sanchez. Llegamos a un pasillo que podia ser una biografia fotografica de la revista Life del pequeno presidente cubano: F. B. con uniforme de sargento. F. B. con el presidente Grau. F. B. con trenca, acompanado por tres guardaespaldas afrocubanos. F. B. con algunos de sus generales mas importantes. F. B. con una gorra de oficial hilarantemente grande y dando un discurso. F. B. sentado en un coche con Franklin D. Roosevelt. F. B. adornando la portada de la revista Time. F. B. con Harry Truman y, por ultimo, F. B. con Dwight Eisenhower. Por si los vehiculos blindados representaban poca dificultad para los rebeldes, ahi tenian tambien a los Estados Unidos. Por no hablar de tres de sus presidentes.
– A esta pared la llamamos la de los heroes -dijo Quevedo en son de broma-. Como ve, solo tenemos uno. Hay quien lo llama dictador, pero, si lo es, goza de bastante popularidad, en mi opinion.
Me detuve un momento ante la portada de la revista Time. En casa, en alguna parte, tenia un ejemplar de ese mismo numero. El mio tenia un titular critico sobre Batista que faltaba en ese, pero no me acordaba de lo que decia.
– Quiza se pregunte que ha pasado con el titular -observo Quevedo- y lo que decia.
– ?Ah, si?
– Desde luego. -Sonrio con benevolencia-. Decia «Batista en Cuba: Se salta la democracia». Lo cual es una exageracion. Por ejemplo, en Cuba no se restringe la libertad de expresion, ni la de prensa ni la de religion. El Congreso puede derogar cualquier ley o negarse a aprobar lo que quiera aprobar el. En este consejo de ministros no hay generales. ?Es eso una dictadura, verdaderamente? ?Se puede comparar a nuestro presidente con Stalin o con Hitler? No creo.
No conteste. Sus palabras me recordaron una cosa que habia dicho yo en la cena de Noreen; sin embargo, en boca de Quevedo, no parecia tan convincente. Abrio la puerta de un despacho enorme con un enorme escritorio de caoba, una radio con un florero encima, otro escritorio mas pequeno con una maquina de escribir y un aparato de television encendido pero sin sonido. Estaban retransmitiendo un partido de baseball; las fotos de las paredes no eran de Batista, sino de jugadores como Antonio Castano y Guillermo Miranda, alias Willie. En el escritorio no habia gran cosa: un paquete de Trend, una grabadora, un par de vasos altos con la bandera estadounidense repujada por fuera y una revista con una foto de Ana Gloria Varona, la bailarina de mambo, en la portada.
Quevedo me indico que me sentara ante el escritorio y, cruzando los brazos, se sento el en el borde de la mesa y se quedo mirandome desde lo alto como a un estudiante que habia ido a consultar un problema.
– Naturalmente, se quien es usted -dijo-. Creo que estoy en lo cierto si afirmo que el infortunado homicidio del senor Reles ha quedado satisfactoriamente aclarado.
– Si, asi es.
– ?Y viene usted en nombre del senor Lansky o en el suyo propio?
– En el mio. Se que esta usted muy ocupado, teniente, conque voy a ir al grano. Tiene usted prisionero aqui a un hombre llamado Alfredo Lopez. ?No es verdad?
– Si.
– Tenia esperanzas de convencerlo a usted de que lo dejase en libertad. Sus amigos me han asegurado que no tiene nada que ver con Arango.
– ?Y que interes exactamente tiene usted en Lopez?
– Es abogado, como bien sabra, y me hizo un buen servicio como profesional, nada mas. Esperaba poder devolverselo.
– Muy encomiable. Hasta los abogados necesitan representante.
– Ha hablado usted de democracia y libertad de expresion. Mi opinion es muy parecida a la suya, teniente, por eso estoy aqui, para evitar una injusticia. Le aseguro que no soy partidario del doctor Castro y sus rebeldes.
Quevedo asintio.
– Castro es criminal por naturaleza. Algunos periodicos lo comparan con Robin Hood, pero yo lo veo asi. Es un hombre muy despiadado y peligroso, como todos los comunistas. Seguramente sea comunista desde 1948, cuando todavia estudiaba, pero en el fondo es mucho peor que ellos. Es comunista y autocrata por naturaleza. Es estalinista.
– Seguro que opino lo mismo, teniente. No tengo el menor deseo de ver hundirse a este pais bajo el comunismo. Desprecio a todos los comunistas.
– Me alegra oirlo.
– Como le he dicho, lo unico que quisiera es poder hacer un favor a Lopez.
– Como un ojo por ojo, por asi decir.
– Puede.
Quevedo sonrio.
– Vaya, ahora me ha intrigado. -Cogio el paquete de Trend y encendio un purito. Fumar puros tan diminutos casi parecia antipatriotico-. Siga, por favor.
– Segun he leido en la prensa, los rebeldes que asaltaron el cuartel de Moncada estaban muy mal armados: pistolas, unos pocos rifles M1, una Thompson y un Springfield de cerrojo.
– Correcto. Dirigimos nuestros mayores esfuerzos a evitar que el ex presidente Prio pase armas a los rebeldes. Hasta el momento lo hemos conseguido. En estos dos ultimos anos nos hemos incautado de armas por un valor de mas de un millon de dolares.
– ?Y si le dijera donde esta escondido un alijo muy completo, desde granadas hasta una ametralladora con cargador de cinturon?
– Diria que, como huesped de mi pais, tiene el deber de decirmelo. -Chupo un momento el purito-. Despues anadiria que, una vez encontrado el alijo, conseguiria la inmediata puesta en libertad de su amigo. Pero ?puedo preguntarle como es que sabe usted de la existencia de esas armas?
– No hace mucho, iba yo en mi coche por El Calvario. Era tarde, la carretera estaba oscura, creo que habia bebido mas de la cuenta y, desde luego, iba muy deprisa. Perdi el control del coche y me sali del firme. Al principio crei que habia pinchado o que se habia roto un eje y sali a mirar con una linterna. Lo que habia pasado es que las ruedas habian machacado un monton de porqueria y habian roto unos tablones de madera que tapaban algo bajo tierra. Levante una plancha, alumbre con la linterna y vi una caja de FHG Mark 2 y una Browning M19. Seguro que habia mucho mas, pero me dio la impresion de que no era conveniente quedarse alli mas tiempo. Entonces, tape los tablones con tierra y deje unas piedras senalando el lugar exacto, para poder localizarlo. El caso es que anoche fui a ver si las piedras seguian en su sitio y, efectivamente, alli estaban, por lo que deduzco que el alijo sigue intacto.
– ?Por que no informo en su momento?
– Tuve la intencion, teniente, no lo dude, pero cuando llegue a casa me parecio que, si informaba a las autoridades, alguien podia pensar que tendria mucho mas que decir de lo que le he dicho a usted y, la verdad, me falto valor.
Quevedo se encogio de hombros.
– Parece que ahora no le ha faltado.
– No lo crea. El estomago me esta dando mas vueltas que una lavadora, pero, como le he dicho, debo un
