Meyer Lansky asintio. Cogio de la mesilla de cafe un paquete de Parliaments y encendio un cigarrillo con un encendedor de plata de sobremesa.
– ?Que te parece, Jake?
Jake puso una cara rara.
– Bernie tiene razon. En estas situaciones, es dificil encontrar pruebas, pero, desde luego, ese dibujo es lo que mas se le aproxima. Como muy bien sabes, Meyer, los federales han basado casos enteros en pruebas mucho mas inconsistentes. Por otra parte, si fue ese tal Goldstein quien acabo con Max, era de los nuestros y, por lo tanto, no hay cuentas que ajustar con nadie. Era judio y del Saratoga. Asi, todo sigue limpio y ordenado, tal como queriamos. Francamente, no se me ocurre mejor solucion para el asunto. Los negocios pueden continuar sin interrupciones.
– Eso es lo mas importante -dijo Meyer Lansky.
– Pero, ?como se suicido? -pregunto Vincent Alo.
– Se abrio las venas en una banera de agua caliente -dije-, al estilo romano.
– Eso si que es estilo, al menos, para variar -dijo Alo.
Meyer Lansky se estremecio. Estaba claro que no le gustaba esa clase de bromas.
– Si, pero, ?por que? -pregunto-. ?Por que se quito la vida? Con el debido respeto, Bernie, habia conseguido matarlo, ?no es eso? Mas o menos. Entonces, ?por que iba a quitarse el de en medio tambien? Nadie sabia su secreto.
Me encogi de hombros.
– Hable con algunas personas del club Palette. La gracia de su espectaculo consiste en que algunas chicas son de verdad y otras, de pega, pero no se nota la diferencia. Parece ser que, al principio, Irving Goldstein tuvo ese problema: la chica de la que creia haberse enamorado era en realidad un hombre. Cuando descubrio la verdad, intento aceptarlo, pero entonces Max se entero. Algunas personas del Palette creen que, al final, lo vencio la verguenza. Creo que es posible que hubiera pensado en suicidarse, pero antes de hacerlo, se le ocurrio vengarse de Max.
– ?Quien sabe lo que puede pasarle por la cabeza a un tipo asi? -dijo Alo-. Estaria confuso o algo.
Meyer Lansky asintio.
– De acuerdo, me lo creo. Has hecho un buen trabajo, Gunther. Lo has solucionado rapidamente y sin ofender a nadie. No habria podido pedir nada mejor ni en La Zaragozana.
Era el nombre de un famoso restaurante de Habana Vieja.
– Jimmy, paga a este hombre. Se lo ha ganado.
Vincent Alo dijo:
– Claro, Meyer -y salio de la suite.
– ?Sabes, Gunther? -dijo Lansky-. El ano que viene, nuestros negocios van a subir como la espuma, aqui en La Habana. Van a aprobar una nueva y ventajosa ley. La ley de los hoteles. Todos los establecimientos nuevos estaran exentos de impuestos, lo cual significa que en esta isla ganaremos mucho mas dinero del que nadie se imagina. Estoy pensando en abrir aqui el mayor hotel y casino del mundo, aparte de Las Vegas. El Riviera. En un sitio asi, me vendria muy bien un hombre de tus caracteristicas. Harias lo mismo que ibas a hacer en el Saratoga.
– Lo pensare, Mister Lansky, no lo dude.
– Ahora se va a ocupar Vincent del Saratoga.
Vincent habia vuelto al balcon. Llevaba una bolsa de fichas de juego de tamano familiar. Sonreia, pero la emocion no le llegaba a los ojos. Era comprensible que le hubiesen puesto el apodo de Jimmy Ojos Azules. Los tenia tan azules como el mar del otro lado del Malecon e igual de frios.
– Eso no parece veinte mil dolares -dije.
– Las apariencias enganan -dijo Alo. Aflojo la cuerda que cerraba la bolsa y saco una placa morada de mil dolares-. Aqui hay diecinueve mas como esta. Llevate la bolsa a la caja del Montmartre y te daran el dinero. Asi de facil, mi kraut amigo.
El neoclasico Montmartre de la calle P con la 23 quedaba a un corto paseo del Nacional. Habia sido un canodromo y ocupaba una manzana entera; era el unico casino de La Habana que estaba abierto las veinticuatro horas del dia. Todavia no era la hora de comer y el Montmartre estaba ya a pleno rendimiento. A tan temprana hora, casi todos los clientes eran chinos, aunque, por lo general, lo eran tambien a lo largo de todo el dia. No parecian tener mucho interes en el gran espectaculo, Una noche en Paris, que anunciaba en ese momento el sistema de megafonia del casino.
Por otra parte, mientras me alejaba de la ventanilla de caja con cuarenta reproducciones del presidente William McKinley en mi poder, Europa me parecia ya un poco mas cercana y atractiva. No habia rechazado directamente la oferta de un empleo a tiempo completo con Lansky por un solo motivo: no queria decirle que me marchaba del pais. Podria haber despertado sospechas. En cambio, pensaba ingresar el dinero en el Royal Bank of Canada, en la misma cuenta en la que guardaba mis ahorros, y despues, armado con mis nuevas credenciales, largarme de Cuba lo antes posible.
Cruce la verja del Nacional en direccion al coche que pensaba dejar a Yara como regalo de despedida casi saltando de contento. No contemplaba el futuro con tanto optimismo desde el reencuentro con mi difunta esposa, Kirsten, en Viena, en el mes de septiembre de 1947. Tan optimista estaba, que se me ocurrio ir a ver al capitan Sanchez, por si descubria que podia hacer algo a favor de Noreen Eisner y Alfredo Lopez.
En el fondo, el optimismo no es sino una esperanza ingenua y equivocada.
20
El Capitolio, construido en tiempos del dictador Machado, era un edificio del mismo estilo que el estadounidense de Washington D.C., pero resultaba demasiado grande para una isla del tamano de Cuba. Lo habria sido incluso para Australia. Dentro de la rotonda habia una estatua de Jupiter de diecisiete metros de altura; se parecia al oscar de la Academia y la verdad es que a muchos turistas que visitaban el edificio les parecia que la pelicula era buena. Ahora que tenia el plan de marcharme de Cuba, se me ocurrio que podria hacer unas cuantas fotografias. ?Para recordar lo que echase de menos, cuando estuviese viviendo en Bonn y me acostase a las nueve de la noche? Si Beethoven hubiese vivido en La Habana -sobre todo, a la vuelta de la esquina de Casa Marina-, casi seguro que se habria considerado afortunado si hubiera llegado a escribir un solo cuarteto de cuerda, no digamos dieciseis. En cambio, en Bonn, se podia vivir toda la vida sin darse cuenta siquiera de que se era sordo.
La comisaria de Zulueta se encontraba a unos minutos del Capitolio, pero no me importo hacerlos a pie. Hacia unos pocos meses, delante de esa misma comisaria, habia muerto un profesor de la Universidad de La Habana al explotar la bomba que los rebeldes habian colocado por equivocacion en su coche, un Hudson negro de 1952, identico al del subdirector del Departamento Cubano de Investigacion. Desde entonces, siempre habia tenido la precaucion de no dejar mi Chevrolet Styline en los alrededores de la comisaria.
La comisaria ocupaba un antiguo edificio colonial con la fachada estucada y desconchada y contraventanas verdes de lamas abatibles. Sobre el portico cuadrado colgaba, inerte, una bandera cubana que parecia una toalla playera de colores llamativos que se hubiese caido de la ventana del piso de arriba. En el exterior, los desagues no olian muy bien. En el interior, apenas se notaba, si no se respiraba.
Sanchez estaba en el segundo piso, en un despacho que daba a un parquecito. En una esquina colgaba la bandera de un asta y en la pared habia una imagen de Batista mirando un armario lleno de rifles, por si las muestras de patriotismo de la bandera y la imagen no bastasen. Habia tambien un pequeno escritorio de madera corriente y mucho espacio alrededor, si se tenia la solitaria. Las paredes y el techo eran de color marron claro sucio y el linoleo marron del suelo, que estaba combado, parecia la concha de una tortuga muerta. Encima del escritorio, como un huevo Faberge en un plato de plastico, habia un humidificador de palo rosa digno de un aparador presidencial.
– Fue una autentica suerte que encontrase yo el dibujo -dijo Sanchez.
– El factor suerte es importante en el trabajo policial.
– Por no hablar de que el homicida a quien buscaba estuviese muerto ya.
