le interesa es seguir ganando dinero y ni a el ni a sus amigos les importa el regimen del pais, mientras puedan seguir con lo suyo.
– Eso es una fantasia -insisti-. No creo que Lansky vaya a apoyar a los comunistas.
– ?Por que no? -Quevedo se encogio de hombros-. ?Que estupidez, Gunther! Pero usted no es estupido. Mire lo que le digo, quiza le interese saber que, segun la CIA, en las ultimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos, Lansky hizo una aportacion muy generosa tanto a los republicanos, que ganaron, como a los democratas, que perdieron. De esa forma, ganara quien ganase, tendrian algo que agradecerle. A eso voy, ?entiende? La influencia politica no tiene precio y Lansky lo sabe mas que de sobra. Como le he dicho, es un buen negocio, ni mas ni menos. Yo en su lugar haria lo mismo. Por otra parte, se que Max Reles pasaba dinero en secreto a las familias de algunos rebeldes de Moncada. ?Como lo se? Me lo dijo Lopez voluntariamente.
Eche un vistazo al otro coche. Lopez dormia en el asiento de atras. Aunque, claro, a lo mejor no estaba dormido en absoluto. Le daba el sol de pleno en la cara sin afeitar. Parecia Jesucristo muerto.
– Voluntariamente. ?Le parece que me lo puedo creer?
– La verdad es que no podia hacerle callar, no paraba de contarme cosas, porque, claro, ya le habia arrancado todas las unas.
– Que cabron.
– ?Vamos, hombre! Es mi trabajo. Y tal vez tambien fue el suyo, hace mucho tiempo. En las SS, ?quien sabe? Apuesto a que usted no. Estoy seguro de que, ahondando un poco mas, encontrariamos algunos trapos sucios en su historial, mi querido amigo nazi. Aunque a mi eso no me interesa. Lo que me gustaria saber ahora es si Lansky sabia que Reles daba ese dinero, pero sobre todo, si tambien lo ha hecho el alguna vez.
– Esta loco -dije-. A Castro le han echado quince anos. Con el entre rejas, la revolucion es un leon desdentado. Y, ya que hablamos de ello, yo tambien.
– Se equivoca en ambos casos. Respecto a Castro, quiero decir. Tiene muchos amigos, amigos poderosos, en la policia, en el sistema judicial e incluso en el gobierno. Se que no me cree, pero, ?sabia que el oficial que detuvo a Castro despues del asalto a Moncada tambien le salvo la vida? ?Y que el tribunal que lo juzgo en Santiago le permitio dar un discurso de dos horas en defensa propia? ?Y que Ramon Hermida, nuestro actual ministro de Justicia, hizo posible que, en vez de aislarlo de los demas prisioneros, como recomendo el ejercito, los mandasen a todos juntos a la isla de Pinos y que les permiten tener libros y material de escribir? Y Hermida no es el unico amigo con quien cuenta ese criminal en el gobierno. Ya hay unos cuantos en el Senado y en la Camara de Diputados que hablan de amnistia. Tellaheche, Rodriguez, Aguero… ?Amnistia, que le parece! Practicamente en cualquier otro pais habrian condenado a muerte a un hombre como el. Y se lo merecia. Con toda sinceridad le digo, amigo mio, que me asombraria que Castro cumpliese mas de cinco anos en la carcel. Si, es un tipo con suerte, pero, para ser tan afortunado como el, hace falta mucho mas que ser un tipo con suerte. Se necesitan amigos. Eso no es el mismo perro con otro collar. El dia en que suelten a Castro empezara la revolucion en serio. Aunque, al menos, tengo la esperanza de evitarlo.
Encendio un purito.
– ?Que? ?No tiene nada que decir? Pensaba que me iba a costar mas convencerlo, que tendria que demostrarle con pruebas documentales todo lo que se sobre su verdadera identidad. Ahora compruebo que no necesitaba traerme la cartera.
– Se quien soy, teniente. No necesito que me lo demuestre nadie. Ni siquiera usted.
– Animese. Piense que no espiara por nada y que hay sitios peores que La Habana, sobre todo para un hombre como usted, que vive tan bien. Sin embargo, ahora esta en mis manos. ?Queda claro? Lansky pensara que lo tiene en las suyas, pero usted me informara una vez a la semana. Buscaremos un sitio agradable y tranquilo donde reunirnos. Casa Marina, quiza. A usted le gusta, lo se. Podemos elegir una habitacion en la que no nos molesten y todo el mundo creera que estamos pasando el rato con alguna putilla complaciente. Si, tendra que ponerse a bailar cuando se lo mande y gritar cuando se lo diga. Y, tal vez, cuando se haga viejo y canoso (es decir, mas viejo y canoso que ahora), dejare que se vaya a rastras a su casita de nazi mierdoso. Sin embargo, oigame bien, hagame enfadar una vez, una sola vez, y le prometo que subira con la soga al cuello al primer avion que salga para Viena, que es lo que probablemente se merezca.
Lo escuche todo sin decir una palabra. Me habia dejado helado, colgado boca abajo para hacerme una foto, como un pez espada en el espigon del Barlovento. Un pez espada que ya se iba a casa cuando lo sacaron del agua con una cana y un carrete. No habia podido ni defenderme. Sin embargo, lo deseaba. Eso y mas. Deseaba matar a Quevedo con todo mi ser, asesinarlo incluso… Si, me haria mas que feliz darle una muerte digna de una opera, siempre y cuando pudiese apretar el gatillo contra ese cabron presumido y su sonrisa de cabron presumido.
Mire hacia el coche del ejercito y vi a Lopez, que se habia recuperado un poco y me miraba fijamente, puede que preguntandose que clase de trato rastrero habria hecho para salvar su piojoso pellejo. O tal vez miraba a Quevedo. Era facil que Lopez albergase esperanzas de apretar el gatillo contra el teniente. En cuanto le crecieran unas nuevas. Tenia mas derecho que yo. Yo acababa de empezar a odiar al joven teniente. En eso, Lopez me llevaba mucha ventaja.
Lopez volvio a cerrar los ojos y apoyo la cabeza en el asiento. Los dos soldados estaban sacando una caja del agujero del suelo. Era hora de largarnos, si nos lo permitian. Quevedo era capaz de romper un trato solo porque podia y yo no habria tenido forma de impedirselo, desde luego. Sabia desde el primer momento que existia esa posibilidad y calcule que valia la pena arriesgarse. Al fin y al cabo, el alijo de armas no era mio. Lo que no me habia imaginado era que Quevedo me convirtiese en una marioneta suya. Ya me odiaba a mi mismo. Mas de lo habitual.
Me mordi el labio y dije:
– Muy bien. He cumplido mi parte del trato. De este trato. Las armas a cambio de Lopez. ?Que me dice? ?Va a soltarlo, tal como habiamos quedado? Sere su espia rastrero de bolsillo, Quevedo, pero solo si cumple ahora su parte del trato. ?Me ha oido? Cumpla su palabra o mandeme a Viena y asi se pudra.
– Un discurso muy valiente -dijo-. Tiene usted mi admiracion. Si, de verdad. Un dia, cuando no tenga las emociones tan a flor de piel con todo esto, podra contarme como fue ser policia en la Alemania de Hitler. Estoy seguro de que me fascinara descubrir mas cosas y entender lo que tuvo que ser. La historia me interesa mucho. Y, ?quien sabe? A lo mejor descubrimos que tenemos algo en comun.
Levanto el pulgar como si se le acabase de ocurrir algo.
– Digame una cosa que de verdad no entiendo. ?Por que demonios ha querido dar la cara por un hombre como Alfredo Lopez?
– Yo tambien me lo pregunto, creame.
Quevedo sonrio con incredulidad.
– No me lo trago ni por un momento. Hace un rato, cuando veniamos hacia aqui desde Marianao, le pregunte sobre usted. Me dijo que, sin contar hoy, solo lo habia visto tres veces en su vida. Dos en casa de Ernest Hemingway y una en su despacho. Y dijo que habia sido usted quien le habia hecho un favor, no al contrario. No se referia al de hoy, claro, sino a otro apuro del que le habia sacado antes. No me conto de que se trataba. Y, francamente, ya le he preguntado tantas cosas que no me apetecio insistir. Por otra parte, no le quedan mas unas que perder. -Sacudio la cabeza-. Entonces, ?por que? ?Por que otra vez?
– No es asunto suyo, maldita sea, pero Lopez me dio un motivo para volver a creer en mi mismo.
– ?Que motivo?
– Usted no lo entenderia. Apenas lo entiendo yo… pero basto para despertarme el deseo de seguir adelante con la esperanza de que mi vida podia tener algun sentido.
– Quiza no he juzgado bien a Lopez. Lo considero un iluso imbecil, pero, tal como lo pone usted, parece un santo.
– Cada cual se redime como y cuando puede. A lo mejor, un dia, cuando se encuentre como yo ahora, se acuerda de lo que he dicho.
23
Lleve a Alfredo Lopez a Finca Vigia. Estaba en muy malas condiciones, pero yo no sabia donde estaba el hospital mas cercano y el, tampoco.
