– No, senor. Lo cierto es que mi escaso dominio del castellano me sirve para Buenos Aires, pero por estos lares no me desenvuelvo bien. Me cuesta entender el acento de por aqui.

– Casi todos los habitantes de esta parte del mundo son de origen guarani -dijo, pasandose por fin al aleman-. Son una raza india inferior, pero en un rancho tienen su utilidad. Sirven para arriar, marcar al ganado, remendar alambradas.

– ?La alambrada es suya, Herr general? -dije senalando con la cabeza la cerca de alambre.

– No -respondio-, pero mis hombres la vigilan. Mire, estamos en una zona de alta seguridad. Poca gente se aventura a llegar hasta aqui por el valle. Lo cual me plantea cierto dilema.

– ?Ah, si? ?Que dilema?

– Pensaba que estaba claro. Si ustedes no cortaron la alambrada, ?quien la corto? ?Entiende mi problema?

– Si, senor. -Negue torpemente con la cabeza-. Bueno, la verdad es que no hemos visto a nadie. Que conste que no llevamos mucho rato aqui.

– Es posible. Es posible.

El caballo levanto la cola e hizo lo que hacen los caballos. Parece que tampoco se trago mi excusa.

El general senalo bruscamente con la cabeza al gaucho jefe.

– Sera mejor que los traigais. -Hablo en castellano y parecia claro que ni el jefe ni los dos guaranies hablaban aleman.

Volvimos al lugar donde habiamos dejado el Jeep. Tres caballos esperaban pacientemente a sus jinetes. Los dos guaranies montaron y cogieron las riendas del tercer caballo mientras el gaucho jefe entraba en el asiento trasero del Jeep. Observe que llevaba la pistolera desabrochada y que el tipo tenia pinta de ser rapido desenfundando. Ademas, debajo del cinturon escondia un cuchillo tan largo como Chile.

– Tu sigue con la bola -le dije a Anna en aleman.

– Vale. Pero no creo que se la trague.

Anna subio al asiento del copiloto, encendio un cigarrillo con nerviosismo e intento olvidar los ojos marrones que el gaucho le clavaba en la nuca.

– ?Quien era ese nazi, por cierto?

– Me parece que es el que construyo el campo -dije-. y muchos otros parecidos. -Me acomode en el asiento del conductor, le cogi el cigarrillo de la boca, di una breye calada y se lo devolvi, pero no se adheria a sus labios. Le pendia de la mandibula como la rampa de un camion. Asi que me quede con el pitillo.

– ?Tu crees?

– Si, eso es exactamente lo que creo. -Arranque el Jeep-. Por eso es tan peligroso. Asi que haz exactamente lo que yo te diga y puede que sobrevivamos para hacer algo mas sensato que contarlo.

El gaucho jefe me dio unas palmaditas impacientes en el hombro.

– Conduzca -dijo en castellano. Senalo al frente, hacia los tres jinetes y las altas sierras del fondo.

Meti la marcha y conduje despacio por la carretera.

– Solo es un hombre -dijo Anna-. ?Por que no lo arrojas del coche o algo asi? Podriamos escapar facilmente de tres hombres a caballo, ?no?

– No. Primero porque este hombre que tengo detras va armado hasta los dientes. Y segundo porque sus amigos tambien van armados y conocen este territorio mucho mejor que yo. Ademas, perdi la pistola entre los arboles.

– Eso es lo que tu crees -dijo-. La tengo debajo de la tira del sujetador, entre los omoplatos.

– Anna, escuchame bien. Prometeme que no vas a hacer ninguna tonteria. No sabes a que te enfrentas. Estos hombres son profesionales, empunan armas todos los dias. Asi que dejamelo a mi. Estoy seguro de que podremos solucionar esto hablando.

– Ese hombre, el general -dijo-, si realmente hizo lo que dices que hizo, merece que lo maten.

– Claro que si. Pero solo lo puede matar alguien que sepa lo que se traen entre manos.

El gaucho jefe asomo la cabeza entre nosotros. Por el olor de su aliento supuse que no habia visto en la vida un cepillo de dientes.

– Dejen de hablar aleman y conduzca -dijo con agresividad. Para realzar su mensaje saco el cuchillo y presiono la punta de la hoja bajo mis costillas. Me sentia Como un caballo espoleado.

– Ya lo he entendido -dije, apretando el acelerador.

Mas que un rancho parecia un fragmento de la antigua Heidelberg, un mosaico de hermosos chales de madera cubiertos de hiedra, torretas y una capilla con campanario, al pie de una montana con excelentes vistas del valle. Bajo el arco del edificio principal habia un enorme tonel de madera que, a juzgar por las botellas dispuestas a su lado, contenia vino tinto. En el patio adoquinado del fondo habia un jardin ornamental circular, con un cervato de bronce saltando por una cascada artificial, y pense que de un momento a otro iba a aparecer el principe estudiante sumergiendo la cabeza despues de una noche de cervezas. Mi estupefaccion ante aquel pedazo de Baden- Wurtemberg en Argentina se disipo enseguida al contemplar un rostro familiar. Con la mano extendida caminaba hacia mi el sargento detective de mis viejos tiempos berlineses, Heinrich Grund. Me alivio comprobar que se alegraba de verme.

– ?Bernie Gunther! -exclamo-. Sabia que eras tu. ?Que te trae por aqui?

– El -respondi, senalando al gaucho jefe con el que habia hablado Grund uno o dos minutos antes.

– El mismo viejo Bernie de siempre – dijo Grund entre risas-. Siempre en conflicto con el poder.

Despues de dos decadas seguia teniendo pinta de boxeador. De boxeador retirado. Tenia el pelo mas blanco de lo que lo recordaba, profundas arrugas en la cara, y una barriga bastante prominente. Pero conservaba el semblante como de mascara de soldadura, y un puno tan grande como una pera de boxeo.

– ?Este es el poder?

– ?Gonzalez? Ya lo creo, es el administrador de la finca. Es el que controla el cotarro. Tiene la sensacion de que has estado espiando.

– ?Espiando? ?Espiando que?

– No lo se. -Los ojos de Grund lamieron a Anna de arriba abajo durante unos instantes-. ?No vas a presentarme a tu amiguita?

– . ?Anna? Te presento a Heinrich Grund. Trabajamos juntos en la policia de Berlin hace mil anos.

– ?Tanto tiempo?

Para mi era una eternidad. No veia a Grund desde el verano de 1938, cuando era todavia oficial de alto rango de la Gestapo, y ya entonces guardabamos las distancias. Lo ultimo que sabia es que habia sido mayor en un Grupo de Accion Especial en Crimea. Ignoraba lo que habia hecho alli. No queria saberlo, pero no era dificil imaginarlo.

– Heinrich -dije, continuando la presentacion formal-. Esta es Anna Yagubsky. Dice que es mi novia.

– Yo que tu no le llevaria la contraria. -Grund le dio la mano y, con mas desenvoltura de la que recordaba en el, hizo una reverencia de perfecto oficial aleman-. Mucho gusto.

– Quisiera poder decir lo mismo -dijo Anna-. No se por que nos han traido aqui. La verdad es que no lo se.

– No esta muy contenta conmigo -le dije a Grund-. Le prometi dar un bonito paseo desde. Tucuman y nos perdimos. El general y sus hombres nos encontraron en un lugar por el valle. No se exactamente, pero creo que era un sitio donde no debiamos estar.

– Si, Gonzalez me ha dicho que os encontraron en Campo Dulce, en la Laguna Dulce. Ahora es un lugar muy secreto. Y, por cierto, no le llamamos el general. Le llamamos el doctor. Es el hombre que conoces. De todos modos, es intimo amigo de Peron y se toma muy en serio todas las facetas de la seguridad local.

– Son los riesgos de la profesion, supongo -dije, encogiendome de hombros-. Vamos, que todos debemos tomarnos muy en serio la seguridad.

– No tanto como aqui. _. Grund se volvio.y senalo las cumbres de las Sierras-. Al otro lado de las montanas esta Chile. Existe un paso secreto que utilizaban los indios guaranies y que solo conocen el doctor y Gonzalez. Si surge el menor problema, nos damos el piro otra vez. -Grund sonrio-. Este lugar es el escondrijo perfecto.

– ?Donde estamos? -pregunto Anna-. Parece una ciudad mas que una casa, creo yo.

– Fue construida por un aleman, un tipo llamado Carlos Wiederhold, a finales del siglo pasado. Pero poco despues de construirla encontro un sitio aun mas bonito un poco mas al sur. Un lugar llamado Bariloche. Asi que se marcho alli y construyo una ciudad de estilo similar. Hay montones de viejos camaradas alli. Vete a verlo algun

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