dia.

– A lo mejor -dije-. Suponiendo que el doctor me de el visto bueno.

– Naturalmente, vere lo que puedo hacer.

– Gracias, Heinrich.

– Pero todavia me cuesta creerlo -dijo Grund, negando con la cabeza-. Bernie Gunther esta aqui en Argentina como los demas. Siempre pense que eras un poco rojillo. ?Que demonios paso?

– Es una larga historia.

– Como siempre.

– Pero ahora no, ?vale? -Claro. -Grund se echo a reir.

– ?De que te ries? -pregunte.

– Me hace gracia que seas un criminal de guerra fugitivo. Igual que yo. La guerra nos vuelve locos a todos, ?verdad?

– Esa ha sido mi experiencia, si.

Oi la trapala de unos caballos y, al volverme, vi a Kammler y sus hombres, que subian por la ladera hacia donde nos encontrabamos. El general de las SS levanto las botas de los estribos y bajo del caballo como un jockey. Grund se acerco a hablar con el. Anna observaba a Kammler. Yo observaba a Anna. Le palpe con cuidado la espalda. El arma no estaba ahi.

– ?Donde esta? -murmure.

– Debajo de mi cinturon -respondio-. Al alcance de la mano.

– Si lo matas…

– ?Como vaya estropear tu reunion nazi? Por nada del mundo.

– Si lo matas, nos mataran a los dos -dije. No tenia sentido discutir lo otro en ese momento.

– Despues de lo que he visto, ?crees que me importa?

– Si. Y si no, deberia importante. Todavia eres joven. Algun dia podrias tener hijos. Deberias pensarlo.

– No creo que quiera traer hijos a un pais como este.

– Entonces elige otro pais. Como hice yo.

– Si, ya veo que te sientes muy a gusto aqui -dijo con amargura-. Como pez en el agua.

– Anna, por favor, calla. Calla y dejame pensar.

Cuando Kammler termino de hablar con Grund, se nos acerco con un amago de sonrisa en su rostro enjuto. Se quito la gorra y nos tendio la mano con aparente hospitalidad. Ahora que habia descabalgado pude verlo mejor. Media bastante mas de uno ochenta. Tenia el pelo invisiblemente corto y grisaceo por los lados, pero mas largo y oscuro en la coronilla, de modo que parecia una kipa. El craneo que se alzaba sobre el cuello rigido seguramente lo habian traido de la Isla de Pascua. Los ojos estaban incrustados en cuencas cavernosas tan profundas y sombrias que parecian casi huecas, como si el ave de presa que las empollaba las hubiera picoteado. Su fisico cenceno pero fuerte semejaba una bobina de alambre Glasgow de Melville desenrollada. Por un instante no localice bien su acento. Despues conclui que era prusiano, uno de esos prusianos de la costa baltica que desayunan arenques y crian grifos por deporte.

– He estado hablando con su viejo amigo Grund -dijo-, y he decidido no matarles.

– Que alivio -dijo Anna, sonriendome con dulzura-. ?Verdad, querido?

– Si -dijo Kammler mirando a Anna con inseguridad-, Grund responde por ustedes. Y tambien el coronel Montalban.

– ?Ha llamado a Montalban? -pregunte.

– ?Le sorprende?

– Es que no veo lineas telefonicas por aqui.

– Tiene razon. No hay. No, llame desde un telefono que hay alla abajo. -Se volvio para senalar el valle-. Una vieja cabina de los tiempos en que estuvieron aqui los empleados de la hidroelectrica Capri.

– Que buenas vistas tiene desde aqui, doctor -dijo Anna.

– Si. Claro, gran parte del paisaje quedara anegado por varias brazas de agua.

– ?No sera un pequeno inconveniente? -pregunto Anna-. ?Que sera del telefono? ?Y de la carretera?

– Construiremos otra carretera, por supuesto -dijo pacientemente, sin desdibujar la sonrisa-. Abunda la mano de obra barata en esta parte del mundo.

– Si -dijo Anna, con una leve sonrisa-. Ya me imagino.

– Ademas -anadio Kammler-. Un lago sera mas bonito. Creo que sera como Suiza.

Subimos a la casa principal, que era de ladrillo y madera de color palido. Conte unas veinticinco ventanas en el frente de tres plantas. La parte central de la casa era una torreta de tejado rojo, en cuya cima estaba apostado un hombre con prismaticos y rifle. En las ventanas mas bajas habia postigos de estilo tiroles y jardineras llenas de flores. Al acercarnos a la puerta principal, pense que ibamos a encontrarnos con la Asociacion Aria de Esqui. Desde luego, el aire era mas alpino alli que en el valle.

Dentro de la casa nos recibieron los criados de habla alemana, entre los cuales habia un mayordomo vestido con una chaqueta blanca de algodon. En la chimenea ardia un enorme leno. Habia jarrones altos con flores, cuadros y bronces de caballos por todas partes.

– Que casa tan bonita -dijo Anna-e-, Es todo muy germanico.

– Se quedaran a Cenar con nosotros, por supuesto – dijo Kammler-. Mi chef cocinaba para Herman Goering.

– A el si que le aprovechaba la comida -dijo Anna.

Kammler sonrio a Anna, sin saber como interpretar su temperamento. Yo entendia bien la sensacion de Kammler. Y queria ingeniarmelas para que cerrase la boca sin utilizar el dorso de la mano.

– Querida -dijo-. Despues de tantos esfuerzos, seguramente querra ir a arreglarse un poco. -A una criada corpulenta que pululaba al fondo, le dijo-: Acomodala en una habitacion de arriba.

Vi como Anna subia una escalinata tan ancha como una carretera pequena y confie en que tuviese el sentido comun de no volver con el arma en la mano. Ahora que Kammler estaba siendo simpatico y hospitalario, mi mayor miedo era que Anna se convirtiese en un angel vengador.

Pasamos a una enorme sala. Heinrich Grund nos seguia a una distancia respetuosa, como un fiel edecan. Vestia una camisa azul con corbata y un traje de color gris bien cortado, aunque no tanto como para disimular la pistolera. Alli nadie corria ningun riesgo en materia de seguridad. La sala de estar era como una galeria de arte con sofas, decorada con grandes maestros de la pintura clasica y alguno mas moderno. Era evidente que Kammler habia huido de las ruinas de Europa con mas bienes que la propia vida. En una jaula alta de estilo oriental, un canario batia las alas y gorjeaba como una diminuta hada amarilla. Por un par de ventanas francesas se veia un extenso cesped inmaculado como el fieltro verde de algunas mesas de billar. Lejos quedaba Auschwitz- Birkenau. Pero, por si no fuera suficiente la distancia, habia un avion aparcado en el cesped.

Oi un estallido y al volverme vi que Kammler abria una botella.

– Suelo tomarme una copa de champan a esta hora. ?Le apetece?

Dije que si.

– Es el mejor que tengo -dijo mientras me servia una copa. Casi me parto de risa al ver la caja de puros Partagas en el aparador, la licorera y las copas Lalique, el cuenco de plata con rosas en la mesa de cafe.

– Deutz -dijo-. Fue bastante dificil traerlo hasta aqui. -y luego, levantando la copa en un brindis, anadio-: Por Alemania.

– Por Alemania -repeti. Y cate el delicioso champan. Ojeando por la ventana la avioneta plateada que habia en el cesped del tamano de una pista de aterrizaje, pregunte-: ?Que es? ?UnBFW?

– Si. Un Taifun 109. ?Sabe volar, Herr Gunther?

– No, senor. Acabe la guerra trabajando en el Alto Mando de la Wehrmacht. La inteligencia militar, en el frente ruso. Avistar los aviones con precision era cuestion de vida o muerte.

– Yo estaba en la Luftwaffe cuando empezo la guerra -dijo Kammler-. Trabajaba como arquitecto del Ministerio del Aire. Despues de 1940 un arquitecto ya no tenia muchas posibilidades de seguir alli, asi que entre en las SS. Era jefe del Departamento C, que construia fabricas de jabon y nuevas plantas armamentisticas.

– ?Fabricas de jabon?

– Si -dijo Kammler entre risas-. Ya sabe. Los jabones.

– Ah, ya. Los campos. Claro. -Bebi un poco de champan.

– ?Que le parece el champan?

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