– Excelente. -Pero lo cierto es que no me gustaba. Dejo de gustarme. El regusto amargo en las papilas era inequivoco.

– Heinrich y yo salimos pronto del pais, en mayo de 1945 -dijo Kammler-. Heinrich era mi responsable de seguridad en Jonastal, ?verdad, Heinrich?

– Si, Herr Doctor. -Grund levanto la copa hacia su superior-. Nos metimos en un coche oficial y nos marchamos al oeste.

– En Jonastal estabamos construyendo la bomba alemana, asi que los americanos nos acogieron con los brazos abiertos. Nos trasladamos a Nuevo Mexico a trabajar en su nuevo programa de bombas. Estuvimos alli casi un ano. Para entonces ya habian caido en la cuenta de que, al final de la guerra, yo era efectivamente el numero tres en la jerarquia de las SS, lo que ponia en entredicho mi continuidad en Estados Unidos. Asi que me vine a Argentina. Y Heinrich tuvo la bondad de acompanarme.

– Fue un honor, senor.

– Poco a poco consegui que me enviasen casi todas las cosas que tenia almacenadas en Alemania. Y aqui me tiene. Es un sitio un poco remoto, pero no falta nada de lo necesario. Mi esposa y mi hija estan conmigo; cenaran tambien con nosotros. ?Donde estan exactamente, Heinrich?

– Estan viendo unas terneras nuevas, senor.

– ?Cuanto ganado tienen? -pregunte.

– Unas treinta mil reses de vacuno y quince mil ovejas. En muchos aspectos el trabajo no difiere mucho del que hice durante la guerra. Criamos animales, los transportamos a Tucuman y luego los mandamos por tren a Buenos Aires para la matanza.

No se avergonzo ni un apice al hacer esta confesion.

– Esta no es la estancia mas grande de estas tierras. Pero no nos aventajan mucho. Nosotros gestionamos el negocio con una eficiencia inusual en Argentina.

– Eficiencia alemana, senor -anadio Grund.

– Exacto -afirmo Kammler. Se volvio para contemplar un pequeno santuario del Fuhrer, en el que no me habia fijado hasta ese momento. Habia varias fotografias de Hitler, un busto de bronce con su efigie caracteristica, unas cuantas condecoraciones militares, un brazalete nazi y un par de candelabros de estilo Sabbath que quiza servian para mantener encendida la llama del liderazgo en los dias sagrados nazis: 30 de noviembre, 20 de abril, 30 de abril y 8 de noviembre. Kammler miro el santuario con un gesto reverencial-. Si, en efecto. Eficiencia alemana. Superioridad alemana. Tenemos que darle las gracias por recordarnos siempre eso.

Yo no lo veia de la misma manera, claro, pero por el momento me reserve mis opiniones. Distabamos mucho de la seguridad de Buenos Aires.

Cuando me acabe el champan, Kammler sugirio que subiera a asearme. La criada me condujo a una habitacion donde encontre a Anna tumbada en una cama de madera tallada. Anna espero a que la criada se hubiera ido y luego dio un brinco.

– Que mona la casa, ?verdad? Es su Berghof privado. Igual que el Fuhrer. ?Quien sabe? A lo mejor se nos aparece tambien el como comensal. Eso si que seria interesante. ?Y si viene Martin Bormann? Siempre he querido conocerlo. Pero debo decirte que me preocupa un poco la cena. No me se la letra de la cancion de Horst Wessel. Y no nos andemos con rodeos. Soy judia. Los judios y los nazis no se mezclan.

– No me importa que la emprendas conmigo, Anna, pero, por favor, evita el sarcasmo delante del general. Ya empieza a sospechar algo raro. Y ni una confesion sobre quien eres. Lo pagariamos caro. -Eche un vistazo por la habitacion-. ?Donde esta el arma?

– Escondida.

– ?Escondida donde?

Nego con la cabeza.

– ?Sigues pensando en matarlo?

– Si, pero prefiero que sufra mas. Si le disparo, morira demasiado rapido. Es mejor el gas. Es posible que deje encendido el horno de la cocina antes de irme a la cama hoy.

– Anna, por favor. Escuchame. Son gente muy peligrosa. Hasta Heinrich va armado. Y es un profesional. Antes de que amartilles la Smith, te volara los sesos.

– ?Que significa amartillar?

– ?Ves lo que quiero decir? Si ni siquiera sabes disparar.

– Podrias ensenarme.

– Mira, Anna, cualquiera podria haber muerto en aquel campo.

– Si, podria haber muerto cualquiera, pero no murio cualquiera. Los dos sabemos quienes y que eran los que murieron alli.

Tu mismo lo dijiste. Era un campo creado por orden del Ministerio de Relaciones Exteriores. ?Para que iban a querer un campo asi, sino para encarcelar a los refugiados extranjeros? Y tu amigo. El escoces Melville. Fue el quien menciono la Directiva 12. Un pedido de alambrada para entregar a un general aleman de las SS llamado Kammler. La Directiva 12, Bernie. Es algo mas serio que la Directiva 11, ?no crees? -Inspiro profundamente-. Ademas, antes de salir de Tucuman esta manana, me dijiste que fue Kammler quien construyo los grandes campos de exterminio. Auschwitz. Birkenau. Treblinka. Estaras de acuerdo en que ya solo por eso merece que lo maten.

– Es posible. Si, claro. Pero te aseguro que matar a Kammler aqui, hoy, no es la solucion. Tiene que haber otra manera.

– No creo que podamos detenerlo. Desde luego en Argentina no. ?Tu crees que es posible?

Negue con la cabeza.

– Entonces es mejor matarlo.

– ?Ves lo que quiero decir? -pregunte con una sonrisa-. No hay asesinos. Solo hay fontaneros o tenderos o abogados que matan. Gente corriente. Gente como tu, Anna.

– Esto no es un asesinato. Esto sera una ejecucion.

– ?No crees que eso es lo que pensaban tambien los hombres de las SS cuando empezaban a disparar en las fosas llenas de judios?

– Lo unico que se es que no se puede salir con la suya. No podemos permitirlo.

– Anna, te prometo que pensare algo. Pero no te precipites. ?De acuerdo?

Permanecio en silencio. La cogi de la mano pero se solto furiosa.

– ?De acuerdo?

– De acuerdo-dijo al fin, con un largo suspiro.

Al cabo de un rato, la criada nos trajo ropa de vestir. Un traje negro bordado con cuentas que a Anna le quedaba impresionante; un esmoquin con camisa de etiqueta y una pajarita que de alguna manera logre ajustarme.

– Caramba, ?sabes que te digo? Casi parecemos civilizados -dijo Anna, estirandome de la pajarita. Habia perfume en el tocador. Se puso un poco-. Huele como a flores muertas -observo.

– Pues a mi me gusta -dije.

– Ya me imagino. Cualquier cosa muerta le huele bien a un nazi.

– Por favor, ya basta de burla nazi.

– Pensaba que se trataba de eso, Gunther. Fingir que eres como ellos para salvar el pellejo. -Se levanto e hizo una pausa delante del espejo de pedestal-. Bueno, estoy lista para cualquier cosa. Incluso para matar a uno o dos.

Bajamos a cenar. Ademas de Kammler, Grund, Anna y yo, habia otros tres comensales.

– Mi esposa, Pilar, y mi hija, Mercedes -dijo Kammler.

– Bienvenidos a Wiederhold -dijo Frau Kammler.

Era alta, delgada y elegante con perfectas cejas semicirculares que parecian dibujadas por Giotto y, a ambos lados de la cara, una gruesa mata de pelo rubio ondulado que la asemejaba a un perro de aguas. Era digna de estar en el recinto de ganadores del Trofeo de Colonia en el hipodromo de Weidenpesch. Pero yo no la hubiera corrido con ella; la habria reservado para cruzarla por un millon de dolares cada vez. La hija de Frau Kammler no era menos guapa ni menos encantadora. Tendria unos dieciseis anos, pero quiza era menor. El cabello era mas ticiano que pelirrojo, porque, nada mas verla, uno pensaba que era digna de ocupar un sofa de terciopelo en el estudio de un gran pintor amante de la belleza. Al verla lamente no ser pintor. Sus ojos tenian un tono verde

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