viviamos con las consecuencias, para bien o para mal. Yo no estaba seguro de haber salido mejor parado que Grund, pero al menos, gracias a Anna, acariciaba todavia alguna esperanza de futuro. En cambio, parecia que a Grund no le quedaba ninguna.

Lo deje en la terraza, con sus pesares y sus miedos y cualquier otra cosa que un hombre como el se lleve a la cama, espetada en los anicos de su conciencia.

Anna se incorporo en la cama cuando entre en la habitacion. Estaba encendida la luz de la mesa de noche. Me sente al borde del colchon y empece a desatarme los zapatos. Queria decirle algo tierno, pero me rondaba otra idea en la mente.

– ?Que tal? -dijo-. ?Se te ha ocurrido algo? ?Algun tipo de castigo para el hijoputa de Kammler?

– Si -respondi-. Si, si.

– ?Algo terrible?

– Si, creo que si. Para el, si.

CAPITULO 23

BUENOS AIRES. 1950

Regresamos a Buenos Aires dos dias despues. Como parecia improbable que el coronel hubiese recibido con ecuanimidad la noticia de Kammler -que sus hombres me habian recogido cerca del campo secreto de Du1ce-, le dije a Anna que necesitaba un tiempo para arreglar con el las cosas antes de que pudiesemos considerarnos a salvo. Le sugeri que, por el momento, se fuese a casa y permaneciese alli hasta que yo la llamara. O, mejor, que se alojase en casa de una amiga.

No tenia manera de saber si Anna seguiria mis consejos, pues apenas me dirigio la palabra durante gran parte del trayecto de vuelta desde Tucurnan. No le gusto lo que preveia hacer con Hans Kammler. No le parecia un castigo suficiente y, segun me dijo, daba por zanjada nuestra relacion.

Puede que lo dijese de verdad. O puede que no. No habia tiempo para comprobarlo. Salia del Richmond cuando me vinieron a buscar por segunda vez. Seguramente eran los mismos tres hombres, pero, con las gafas oscuras y los bigotes a juego, no era facil saberlo con certeza. El coche era otro Ford sedan negro, pero no el mismo que me llevo a Caseros. Este coche tenia una quemadura de cigarrillo en el asiento trasero y una gran mancha de sangre en la alfombra. Tambien podia ser cafe, o melaza, por supuesto, pero con los anos se aprende a reconocer una mancha de sangre al verla en el suelo de un coche. Intente mantener la calma, esta vez en vano. Y no me preocupaba tanto mi propia suerte como la de Anna.

Entonces me di cuenta de que me habia enamorado. Suele suceder. Uno no se da cuenta de lo mucho que le importa algo hasta que lo pierde. Estaba preocupado por ella. Al fin y al cabo, me lo habian advertido, y con absoluta claridad. Logicamente, el coronel debio de maliciarse lo que yo tramaba cuando Kammler le llamo; debio de sospechar que estaba metiendo la nariz en el mayor secreto de Argentina. No el caza Pulqui Il, ni siquiera una bomba atomica, sino el destino de varios miles de refugiados judios ilegales. El misterio era por que el coronel no le dijo a Kammler que nos matase. Supuse que estaba a punto de averiguarlo. Pero esta vez pasamos de largo al llegar a Caseros.

– ?Adonde vamos? -pregunte.

– Enseguida lo descubrira -gruno uno de mis carabinas.

– ?Es una excursion sorpresa? Me encantan las sorpresas.

– Esta no le va a gustar -dijo con tono inquietante. Y los demas se rieron.

– ?Saben? He intentado ponerme en contacto con el coronel Montalban. Anoche le llame varias veces. Tengo que hablar con el urgentemente. Tengo una informacion importante para el. ?Estara el presente en el sitio al que vamos? -Por la ventanilla vi que nos dirigiamos hacia el suroeste-. Se que querra hablar conmigo.

Asenti en silencio, casi como si intentase convencerme de mi afirmacion anterior. No obstante, mientras me afanaba en encontrar el vocabulario espanol adecuado para convencerles de mi necesidad de ver al coronel, me senti incapaz de decir nada mas. En la boca del estomago tenia un agujero del tamano del estadio de futbol de La Boca. Mi mayor preocupacion era que este agujero metaforico se hiciese realidad.

– ?Tienen un diccionario de espanol? -pregunte. Nadie respondio-. ?Y un cigarro?

Uno de los matones que me apretujaban movio el trasero, aplastandome unos instantes mientras buscaba una cajetilla en el bolsillo. Note el olor a sudor de su chaqueta y la grasa de su pelo y vi una cachiporra que le sobresalia del bolsillo superior. Esperaba que no se le ocurriera sacarla. Me habian pegado con cachiporra en otras ocasiones y no me apetecia repetir la experiencia. Saco la cajetilla y abrio la caperuza de carton. Cogi un cigarro con los dedos. Los pitillos parecian cabecitas blancas arropadas en la cama, que era donde yo queria estar. Me meti el cigarro en la boca y espere a que encontrase el encendedor.

– Gracias -musite mientras inclinaba la cabeza hacia la llama. Demasiado tarde recorde que aquel era un viejo truco de la Gestapo, tomado de un manual extraoficial, parte III. Como silenciar a un sospechoso parlanchin en el asiento trasero de un coche negro. Un puno sostiene el encendedor. El otro viene desde el otro lado del coche, justo cuando el sospechoso se inclina hacia la llama, y lo deja sin sentido. Eso es lo que supongo que ocurrio. Si no fue eso, entonces es que los argentinos realmente tenian una bomba atomica y alguien pulso accidentalmente el boton que la accionaba, en lugar de girar la ruedecilla de un encendedor.

Para mi el efecto fue mas o menos el mismo. Hacia un dia estupendo y, de pronto, al cabo de un segundo, reino la oscuridad sobre la tierra hasta la hora nona. Tenia la sensacion de que yo zumbaba como una abeja muy enferma, como si alguien me acabase de descargar veinte mil voltios a traves de un casco metalico y una esponja empapada de agua salada adheridos a mi craneo. Por un instante o dos crei oir risas. El mismo tipo de risas que le entran a uno cuando es un gato metido en un saco lleno de piedras que alguien arroja a un pozo. Cai al agua sin excesivo chapoteo y desapareci bajo la superficie. Era un pozo profundo y el agua estaba muy fria. Las risas desaparecieron. Deje de maullar. A grandes rasgos, esa era la idea. Me estaban pacificando, como le gustaba a la Gestapo. Por algun motivo me acorde de Rudolf Diels, el primer jefe de la Gestapo. Solo permanecio en el cargo hasta 1934, cuando Goering perdio el control de la policia prusiana. Acabo como funcionario municipal en Colonia o Hanover y fue destituido cuando se nego a detener a los judios de la ciudad. ?Que sucedio con el entonces? Un golpe traicionero y un viaje a un campo de concentracion, sin duda. Como la pobre Frieda Bamberger, que murio en medio de la nada, encerrada en una ducha con sellos de goma en las puertas. No pude ver adonde me llevaban, pero tuve la sensacion de estar ya bajo tierra. Sentia que mi mano sobresalia por la superficie de la tierra. En busca de la vida…

Alguien me ato las munecas a la espalda. Me vendaron los ojos. Estaba de pie, apoyado contra el calido capo del Ford. Oia los ruidos de los aviones. Estabamos en el aeropuerto. Supuse que debia de ser Ezeiza.

Dos hombres me levantaron por debajo de los brazos y me arrastraron por el asfalto. Los pies no venian conmigo, pero eso no entorpecia el avance. El ruido del motor del avion se hizo mas fuerte. El aire se lleno de un olor metalico oleaginoso y senti el viento de la helice en la cara. Me reanimo un poco.

– Se lo advierto -dije-. No me gusta viajar por el aire.

Me subieron por un corto tramo de escaleras y me soltaron en un suelo duro. Habia otra cosa en el suelo a mi lado; otra cosa que se movia y gemia y me di cuenta de que habia otras personas en el mismo barco que yo. Pero no era un barco. Mas valdria que lo fuese. En cualquier caso, ya me iba.figurando lo que nos esperaba: un viaje por el rio. El rio de la Plata. Quiza fuese mejor asi, al fin y al cabo. Al menos no nos ahogariamos. Moririamos con la caida.

La puerta se cerro y el avion empezo a moverse. Alguien, un hombre a pocos metros de distancia, recitaba una oracion. A otro le dieron arcadas a causa del miedo. Habia un fuerte olor a vomito e incontinencia humana y gasolina.

– ?Asi que los rumores son ciertos?- dije-. No hay paracaidas en las fuerzas aereas argentinas.

Una mujer se echo a llorar. Tenia la esperanza de que no fuese Anna.

Rugieron los motores del avion. Solo eran dos, pense. Un C47, lo mas probable. Se veian a menudo sobrevolando el rio de la Plata. La gente sentada en la terraza del Richmond levantaba la vista del periodico y el cafe, y hacia comentarios burlones sobre aquellos aeroplanos. «Alla va la oposicion» o «?Por que no nadan los comunistas en el rio de la Plata? Porque tienen las manos atadas». Bajo mi cuerpo, el suelo empezo a vibrar con

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