gran estruendo. Senti la aceleracion e iniciamos el despegue. Al cabo de unos segundos el avion dio un bandazo y volamos. La vibracion dio paso a un sonsonete constante y el avion empezo a ascender. La mujer que lloraba estaba casi histerica.
– ?Anna? -pregunte-. ?Eres tu? ?Soy yo!
– ?Silencio! -ordeno un hombre despues de atizarme un sopapo. Encendio un cigarrillo y de pronto recorde por que era fumador. El olor del tabaco es el olor mas maravilloso del universo cuando se acerca la muerte. Recuerdo que en 1916, cuando me bombardeaban, un cigarrillo me ayudaba a soportarlo sin perder los nervios ni el control de las tripas.
– No me importaria fumar-dije-. Dadas las circunstancias.
Oi el murmullo de una voz masculina procedente del extremo opuesto del avion y, al cabo de unos segundos, para mi sorpresa, unos dedos me metieron un cigarrillo entre los labios. Lo encendieron. Movi el pitillo hacia la comisura y deje que mis pulmones lo disfrutasen.
– Gracias -dije.
Intente acomodarme. No era facil, pero tampoco esperaba que lo fuera. La cuerda que me ataba las munecas estaba tan tensa como la piel de una serpiente gruesa. Sentia las manos como globos. Logre estirar las piernas, que no estaban atadas, y le pegue una patada a alguien. Siempre podria pegarle una patada a un tiburon en el ojo antes de ahogarme, pense. Siempre en el supuesto de que sobreviviese al impacto con el agua. Y me preguntaba a que altura pensaba llegar el piloto antes de que empezasen a arrojarnos al vacio.
Pasaron los minutos. El cigarro se consumio hasta el filtro.
Escupi la colilla de la boca y me quemo el hombro antes de acabar en la cubierta. Tuve la esperanza de que aterrizase en un tanque de gasolina y provocase un incendio. Asi aprenderian. De repente algo, que sono como un punado de grava, golpeo el fuselaje. Estaba lloviendo. Respire profundamente e intente tranquilizarme. Reconciliarme conmigo mismo. Las negociaciones se iniciaron despacio. Le dije a Gunther que debia considerarse afortunado. ?Cuantos habrian logrado escapar de los rusos? Seguia pensando en la suerte que tenia cuando alguien interrumpio mi buena racha y abrio la puerta del avion. El aire frio y la lluvia retumbaban en las tripas del aparato con un rugido semejante al de un terrible monstruo celeste. Un minotauro aereo que exigia periodicamente sacrificios humanos.
Era imposible adivinar cuantos sacrificios humanos preveian hacer. Pense que habria al menos seis o siete personas con nosotros en el avion. Con la puerta abierta, daba la sensacion de que los motores se desaceleraban un poco. Habia movimientos alrededor, pero, hasta entonces, nadie habia intentado desplazarme hacia la puerta. Se desencadeno una especie de conmocion y luego una mujer desnuda cayo sobre mi. Note que iba desnuda porque su pecho se aplasto contra mi cara mientras chillaba. Cuando la a.partaron de mi, decidi que tenia que decir algo antes de contarselo a las gaviotas.
– ?Coronel Montalban? ?Si esta ahi, hable conmigo, cabron!
La mujer que gritaba empezo a rogarles que no la matasen. No era Anna. Era la voz de una mujer mayor que ella, mas madura, mas ronca, poco culta. Poco mas pude deducir de su voz, porque, subitamente, ya no estaba ahi y percibi que ella tampoco.
Detras de mi un hombre rezaba la misma oracion una y otra vez, como si la repeticion valiese por mas en la larga retahila de oraciones que ya se abrian camino, delante de nosotros, hacia la sala de espera divina. Por la velocidad de sus oraciones y su respiracion y el modo en que cambiaba de postura, supuse que era el siguiente de la fila hacia la puerta. Y justo cuando pensaba esto, desaparecio tambien, con un ultimo grito que, como el, fue descargado del avion a empujones y se perdio para siempre en la estela de la eternidad.
Intente mover la venda de mis ojos pero fue en vano. A lo mejor ya no tenia ojos siquiera. Tan solo deseaba que me hubieran tapado tambien los oidos, mientras iban expulsando, uno a uno, a los restantes pasajeros, hombres y mujeres, por la puerta abierta del avion. Era como si ocupase un asiento de primera fila en la platea alta del infierno.
Brame a voz en cuello como un hombre que se asa en un espeton, y me cague en sus muertos y en sus madres y en sus padres y en sus hijos de mala madre. Le dije al coronel lo que pensaba de el y de su pais y de su presidente y de la esposa cancerosa del presidente, y que yo era el que me iba a reir el ultimo, porque solo yo sabia lo que el y ella habrian querido saber y no iba a contarselo en ese momento, ni siquiera aunque me arrojasen desde el avion. Les dije que les escupia en la cara, consciente de que al menos iba a morir sabiendo que habia frustrado sus estupidas conspiraciones. Alguien me dio un sopapo. No hice caso y segui hablando.
– Dentro de un mes. Una semana. Quiza manana, usted y la puta de la rubia mema se preguntaran si Gunther realmente sabia lo que dijo que sabia. Si realmente podria haberles contado lo que mas querian saber. Donde encontrarla. Donde habia estado escondida todo este tiempo. ?No quiere averiguarlo, coronel?
Oi gritar a una mujer varias veces antes de que la puerta abierta la silenciase permanentemente. Una parte sadica de mi cerebro intentaba convencerme de que aquel grito me resultaba familiar. Su perfume tambien. Pero no me lo trague. No tenia mas motivo para pensar que Anna estaba en el avion que para creer que estaba el coronel. Si habia hecho lo que le dije y se habia alojado con una amiga, no tenia motivos para suponer que no estuviese a salvo.
Alguien me quito la venda de los ojos. Fue justo a tiempo para ver a mis dos amigos bigotudos arrastrando a un hombre hasta la puerta abierta detras del ala. Afortunadamente el hombre estaba inconsciente. Estaba en calzoncillos. Tenia las manos y los pies atados y daba la impresion de que le habian dado una terrible paliza. Si no era eso, es que le habia picado una jungla entera llena de abejas. Cuanto menos diga sobre los dedos de sus pies, mejor. Los dos que lo arrojaron del avion seguramente pensaron que le hadan un favor. Uno de los matones saco un panuelo mugriento del bolsillo del pantalon y se seco la frente. Era un trabajo duro. Entonces me miraron.
– ?Que esperaba? -dijo una voz a mis espaldas-. Le adverti que se olvidase del asunto.
Me dolia el cuello por el sopapo de antes pero, apretando los dientes, gire la cabeza hacia el lado dolorido con el fin de mirar al coronel a los ojos.
– No me esperaba encontrar lo que encontre -dije-. No me esperaba lo impensable. Otra vez no. Aqui no. Se suponia que esto era un nuevo mundo. No me esperaba que fuese exactamente igual que el anterior. Pero ?sabe una cosa? Ahora que he visto sus lineas aereas nacionales y como tratan a los pasajeros embarcados por partida doble, ya no me sorprende tanto.
– ?Esto? -Se encogio de hombros-. Asi es mas facil. No hay pruebas. No hay campos. No hay cadaveres; No hay tumbas. Nada. Nadie podra demostrar nunca nada. Es un billete solo de ida. Nadie vuelve para contarlo.
– ?Quienes eran? Las personas que acaban de desaparecer.
– Gente como usted, Gunther. Gente que hizo demasiadas preguntas.
– ?Eso es todo lo que me echa en cara? -Insinue una sonrisa e intente que la boca aguantase en esa postura un poco mas, como si todavia escondiese un as en la manga. No me encontraba bien. Los labios me temblaban demasiado, pero, de ahi en adelante, lo unico que me quedaba era el arte de la retorica. Si el decidia que iba de farol, me esperaba un cursillo acelerado de vuelo. Y el lo sabia. Los dos titeres apostados junto a la puerta abierta del Dakota lo sabian tambien-. Joder, soy detective, coronel. Mi trabajo consiste en hacer demasiadas preguntas, en meter la nariz donde no conviene. Usted deberia saberlo mejor que nadie. Todo me incumbe hasta que averiguo lo que los clientes me piden que averigue. Asi funciona este tinglado.
– Sin embargo se le advirtio que no hiciera preguntas sobre la Directiva 11. Se lo pude decir mas alto, pero no mas daro. Despues de su paso por Caseros, pense que lo tendria en cuenta. -Suspiro-. Me equivoque, es evidente, y ahora esta metido en un buen lio. A decir verdad, lamento tener que matarle, Gunther. Sigo manteniendo lo que le dije cuando nos conocimos. Usted fue un heroe para mi.
– Bien, pues adelante -le dije.
– ?No se olvida nada?
– No rezo muy bien ultimamente, si se refierea eso. Y mi memoria no es tan buena a esta altitud. ?A que altura estamos, por cierto?
– Unos cinco mil pies.
– Eso explica que haya tanta corriente de aire. Si al menos esos dos monaguillos tuvieran la amabilidad de cerrar la puerta, podria calentarme un poco. En eso soy como un lagarto. Le sorprendera lo que puedo hacer por usted si me deja sentarme un rato en una roca calentita.
