En Capistrano paseaba por la enorme plaza ajardinada y los claustros abiertos, y visitaba la estrecha y oscura capilla Serra, el mas antiguo oratorio catolico consagrado en el estado de California.
Me gustaba ese lugar. Me gustaba que fuera el unico santuario en toda la costa donde habia celebrado la misa el beato fray Junipero Serra, el gran franciscano. Podia haber dicho la misa en muchas otras capillas de otras tantas misiones. Seguramente lo habia hecho. Pero esta era la unica de la que todo el mundo tenia plena certeza.
En ocasiones, tiempo atras, conduje hacia el norte para visitar la mision de Carmel, contemplar la pequena celda que supuestamente habia ocupado fray Junipero Serra, y meditar acerca de su sencillez: la silla, la cama estrecha, la cruz en la pared. Era todo lo que un santo necesita.
Por supuesto, tambien estaba San Juan Bautista, con su refectorio y su museo…, y todas las demas misiones que con tanto esfuerzo habian sido restauradas.
Cuando era nino, durante un tiempo quise ser monje, dominico para ser mas preciso, y las misiones californianas de dominicos y franciscanos se confundian en mi mente porque las dos eran ordenes mendicantes. Yo las respetaba por igual, y una parte de mi pertenecia a aquel antiguo sueno.
Todavia leia libros de historia sobre los franciscanos y los dominicos. Tenia una antigua biografia de santo Tomas de Aquino, que guardaba desde mis dias de escolar, cubierta de viejas anotaciones. Leer historia siempre me calmaba, me permitia sumirme en epocas preteritas y, por lo tanto, seguras. Lo mismo me ocurria con las misiones. Eran islas al margen de nuestro tiempo.
La que visitaba con mas frecuencia era la capilla Serra en San Juan Capistrano.
No iba alli para rememorar la devocion que habia sentido de nino. Esa devocion habia desaparecido para siempre. Todo lo que yo queria era mi huella en los caminos que recorri en aquellos primeros anos. Puede que unicamente deseara pisar tierra sagrada, caminar por lugares de peregrinacion y de santidad, porque en la actualidad no podia pensar demasiado en ellos.
Me gustaba el techo abovedado de la capilla Serra, y la pintura oscura de sus muros. Me sentia en paz en la penumbra de su interior, con el brillo tenue del oro del retablo colocado en el extremo mas lejano, y su marco dorado detras del altar repleto de estatuas y de santos.
Me gustaba la luz roja que ardia a la izquierda del tabernaculo. A veces me arrodillaba delante del altar en uno de los dos reclinatorios dispuestos alli, obviamente, para los novios de una boda.
Desde luego aquel retablo dorado o trasaltar, como se le suele llamar, no habia estado alli en la epoca de los primeros franciscanos. Llego despues, con la restauracion, pero en si misma la capilla tenia un aspecto muy autentico. En ella se guardaba el Santo Sacramento. Y el Santo Sacramento, al margen de lo que yo creyera, era algo «real».
?Como puedo explicarlo?
Siempre me arrodillaba en la semioscuridad durante un rato muy largo, y siempre encendia una vela antes de irme, aunque no sabria decir para quien ni para que. Tal vez susurraba: «Esto es en recuerdo tuyo, Jacob, y tuyo, Emily.» Pero no era una oracion. Yo ya no creia en la oracion, y tampoco creia en los recuerdos.
Me encantaban las ceremonias, los monumentos y las conmemoraciones. Me encantaba la historia de los libros, los edificios y las pinturas…, y creiaen el peligro, y creiaen matar a gente cuando y donde mi jefe me daba instrucciones para hacerlo. Mi jefe, al que en el fondo de mi corazon yo llamaba sencillamente el Hombre Justo.
La ultima vez que estuve en la mision (hace escasamente un mes), pase un rato desacostumbradamente largo paseando por el inmenso jardin.
Nunca habia visto tanta variedad de flores en un lugar. Habia rosas recientes, exquisitamente moldeadas, y otras mas maduras, abiertas como camelias. Habia jazmines, dondiegos, lantanas, y los mayores arbustos de madreselva que habia visto en mi vida. Habia girasoles y azahar, y margaritas, y podias caminar en medio de todo aquello siguiendo cualquiera de los amplios y comodos senderos recien pavimentados.
Me demore en los claustros recoletos porque me gustan los suelos antiguos, de losas irregulares. Me diverti mirando el mundo exterior desde debajo de los arcos. Los arcos de medio punto siempre me han infundido una sensacion de paz. Los arcos de medio punto definian la mision, y tambien la Posada de la Mision.
Me proporcionaba un placer especial en Capistrano el hecho de que la disposicion de la mision fuera un antiguo diseno monastico repetido en monasterios de todo el mundo, y que Tomas de Aquino, mi heroe santo de cuando era nino, posiblemente paso horas paseando por un claustro asi, con sus soportales y sus senderos bien definidos en el exterior, y sus inevitables flores.
A lo largo de la historia, los monjes repitieron ese diseno una y otra vez como si los ladrillos y el mortero pudieran de alguna manera mantener a distancia un mundo malvado, y salvaguardarlos para siempre a ellos y a los libros que escribian.
Me quedaba mucho tiempo entre los gruesos muros en ruinas de la gran iglesia de Capistrano.
Un terremoto habia destruido el lugar en 1812, y todo lo que quedo era un gran hueco, un santuario sin techo con nichos vacios y de unas dimensiones estremecedoras. Yo miraba los cascotes de ladrillo y cemento esparcidos al azar aqui y alla, como si tuvieran algun significado para mi, algun sentido como el de la musica de Laconsagracion de la primavera, alguna relacion con el hundimiento y la ruina de mi propia vida.
Era yo un hombre sacudido por un terremoto, un hombre paralizado por una disonancia. Lo sabia muy bien. Pensaba en ello todo el tiempo, aunque intentaba no hacerlo de forma continuada. Intentaba aceptar lo que parecia ser mi destino. Pero si no crees en el destino, bueno, pues no te resulta facil.
En mi visita mas reciente estuve hablandole a Dios en la capilla Serra y diciendole cuanto aborrecia que El no existiese. Le dije que la ilusion de que El existia era perversa, lo injusto que era hacerles eso a los hombres mortales, y en especial a los ninos, y cuanto lo detestaba por esa razon.
Lo se, lo se, no tiene sentido. Yo hacia un monton de cosas que no tenian sentido. Ser un asesino y nada mas no tenia sentido. Y, probablemente, era la razon de que cada vez con mas frecuencia diera vueltas y mas vueltas por los mismos lugares, libre de mis muchos disfraces.
Leia libros de historia a todas horas como si creyera que Dios habia actuado en mas de una ocasion en la historia para salvarnos de nosotros mismos, pero no lo creia en absoluto, y mi mente estaba abarrotada de datos aleatorios sobre una edad o un personaje famoso. ?Por que habia de hacer algo asi un asesino?
Uno no puede ser un asesino en todos los momentos de su vida. Algo de humanidad tiene que aflorar en algun momento, algun deseo de comportarte de forma normal, a pesar de lo que hagas.
Por eso yo tenia mis libros de historia, y las visitas a aquellos lugares que me recordaban los tiempos en los que leia con un entusiasmo nebuloso, ocupando mi mente con narraciones para no dejar que, despejada, se volviera hacia si misma.
Y tenia que agitar mi puno delante de Dios por lo absurdo de todo aquello. Y me hacia bien, solo a mi. El no existia en realidad, pero yo podia tenerlo de aquella manera, con mi rabia, y me gustaban esos momentos de conversacion con las ilusiones que tanto habian significado para mi en otros tiempos, y ahora solo me inspiraban rabia.
Tal vez cuando te educas en el catolicismo conviertes en un ritual toda tu vida. Vives en un teatro de la mente porque eres incapaz de salirte de ahi. Te quedas enganchado de por vida a un periodo de dos mil anos porque has crecido con la conciencia de pertenecer a ese periodo.
Muchos norteamericanos creen que el mundo fue creado el dia en que ellos nacieron, pero los catolicos retrotraen el comienzo del mundo a Belen e incluso mas alla, y lo mismo hacen los judios, incluso los mas laicos, al recordar el Exodo y las promesas anteriores de Abraham. Yo nunca he contemplado las estrellas de la noche o las arenas de una playa sin recordar las promesas de Dios a Abraham sobre su descendencia; y sin importar lo que yo creyera o dejara de creer ademas de eso, Abraham era el patriarca de la tribu a la que pertenecia, sin culpa ni virtud por mi parte.
«Acrecentare muchisimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa.»
Asi es como representamos dramas en nuestro teatro mental, incluso cuando ya no creemos en el publico ni en el director de la obra.
Rei al pensar en eso mientras meditaba en la capilla Serra, rei en voz alta como un loco, arrodillado alli, mientras murmuraba en la dulce y deliciosa penumbra y sacudia la cabeza.
Lo que me enloquecio en esa ultima visita fue que precisamente ese dia se cumplian diez anos desde que empece a trabajar para el Hombre Justo.
El Hombre Justo se acordo del aniversario, hablo de aniversarios por primera vez y me anuncio un regalo
