gastar tan poca saliva.

– Te gusta hablar, jefe, es una de tus caracteristicas. A mi no. Pero voy a decirte algo. No es facil. Es excitante, pero nunca es facil. Y a veces me deja sin respiracion.

No recuerdo que me contesto cuando le hice esa pequena confesion, pero si que hablo mucho rato y que dijo, entre otras cosas, que chequeaba cada cierto tiempo a todas las personas que trabajaban para el. Las veia, las conocia, las visitaba.

– Eso no va conmigo, jefe -le asegure-. Lo que oyes es lo que vas a tener.

Y ahora tenia que hacer un trabajo en la Posada de la Mision.

La llamada llego la noche pasada y me desperto en mi apartamento de Beverly Hills. Y la aborreci.

2 Del amor y la lealtad

Como dije antes, en el hotel de Riverside llamado la Posada de la Mision nunca hubo una mision de verdad, como la de San Juan Capistrano.

Era una fantasia, un hotel gigantesco lleno de patios, glorietas y claustros como los de una mision, con una capilla para las bodas y multitud de encantadores detalles decorativos goticos, incluidas pesadas puertas ojivales de madera, estatuas de san Francisco en nichos, incluso campanarios y la campana mas antigua que se conoce de la cristiandad. Era un conglomerado de elementos que sugerian el mundo de las misiones desde un extremo de California al otro. Era un homenaje que la gente encontraba mas vertiginoso y a veces mas hermoso que las misiones de verdad, que solo eran residuos de si mismas. La Posada de la Mision era tambien algo indefectiblemente vivo, calido e invitador, que vibraba con los ecos de voces alegres, alborotos y risas.

Supongo que desde el principio fue un lugar laberintico, pero en las manos de los nuevos propietarios se habia desarrollado de tal modo que ahora disponia de todas las comodidades de un hotel de la gama mas alta.

Pero facilmente podias perderte en el al pasear por sus muchas galerias, seguir sus innumerables escaleras, vagar de patio en patio, o sencillamente intentar encontrar tu habitacion.

La gente crea esos ambientes extravagantes porque tiene vision, amor a la belleza, esperanzas y suenos.

Muchas mananas, desde temprano la Posada de la Mision rebosaba de gente feliz, de novias fotografiadas en las escalinatas, familias que paseaban alegres por las terrazas, fiestas animadas en los numerosos restaurantes iluminados, pianos que sonaban, voces que cantaban, incluso tal vez un concierto en la sala de musica. El ambiente era siempre festivo, y me envolvia y me apaciguaba siquiera por un corto rato.

Yo compartia el amor a la belleza que impulsaba a los propietarios del lugar, y tambien el amor a lo excesivo, el amor a una vision llevada hasta extremos casi divinos.

Pero yo no tenia planes ni suenos. Era estrictamente un mensajero, un proposito personificado, un «ve y haz esto» en lugar de un hombre.

Pero, una y otra vez el sin hogar, el sin nombre, el sin suenos, volvia a la Posada de la Mision.

Podeis decir que me gustaba el hecho de que fuera un lugar sobrecargado y absurdo. No solo era un homenaje a todas las misiones de California, ademas daba el tono arquitectonico a una parte de la ciudad. Habia campanas en las farolas de las calles vecinas. Habia edificios publicos construidos en el mismo «estilo Mision». Me gustaba el hecho de que de forma consciente se hubiese creado esa continuidad. Todo era prefabricado, del mismo modo que yo era prefabricado. Era una invencion, como yo mismo era una invencion a la que habia puesto por accidente la etiqueta de Lucky el Zorro.

Siempre me sentia bien al cruzar el arco de la entrada conocida como el campanario, por sus multiples campanas. Me gustaban los helechos gigantes y las altisimas palmeras con sus esbeltos troncos envueltos en luces titilantes. Me gustaban los arriates de petunias de colores vivos que flanqueaban la entrada.

En cada una de mis peregrinaciones, pasaba buena parte de mi tiempo en los espacios publicos. Con frecuencia me dirigia al lobby inmenso y oscuro para contemplar la estatua de marmol blanco del nino que se arranca la espina del pie. Aquel interior en penumbra me relajaba. Me gustaban las risas y la alegria de las familias. Tomaba asiento en uno de los grandes y comodos sillones, respiraba el polvo y observaba a la gente. Me gustaba el sentimiento amistoso que parecia fluir de aquel lugar.

Nunca dejaba de entrar a almorzar en el restaurante de la Posada de la Mision. La piazza era hermosa, con sus muros de varios pisos de altura, sus ventanas redondas y sus terrazas arqueadas, y yo tomaba prestado el New York Times para leerlo mientras comia bajo la proteccion de docenas de sombrillas rojas que se solapaban.

Pero el interior del restaurante no era menos atractivo, con sus paredes bajas de azulejos brillantes, y las arcadas de color beige con guirnaldas de enredaderas verdes habilmente pintadas. El techo envigado estaba pintado como un cielo azul con nubes e incluso pequenos pajaros. Las puertas interiores, rematadas en arcos y ajimezadas, eran acristaladas, y otras puertas similares que se abrian a la piazza iluminaban el interior con la luz solar. El agradable parloteo de otras personas era como el murmullo del agua que brotara de una fuente. Encantador.

Vagaba por los oscuros pasillos y las distintas areas cubiertas por alfombras decorativas y polvorientas.

Me detuve en el atrio delante de la capilla de San Francisco, y mis ojos recorrieron el dintel de la puerta, profusamente decorado, copia en cemento de una obra maestra de estilo churrigueresco. Me enternecia echar una ojeada a los inevitablemente lujosos y aparentemente eternos preparativos de boda, con la comida dispuesta en bandejas de plata sobre los manteles de las mesas, y la gente impaciente moviendose alrededor.

Subi a la galeria superior y, apoyado en la barandilla verde de hierro, mire abajo a la piazza del restaurante y, del otro lado, al inmenso reloj de Nuremberg. Solia esperar el momento de las campanadas, cada cuarto de hora, para ver las lentas evoluciones de las figuras que salen del interior de la caja.

Todos los relojes me imponen respeto. Cuando mataba a alguien, paraba su reloj. ?Y que hacen los relojes sino medir el tiempo de que disponemos para hacer algo, para descubrir algo en nuestro interior que no sabiamos que estaba alli?

A menudo pensaba en el Fantasma de Hamlet cuando mataba a alguien. Recordaba su tragica lamentacion ante su hijo: «Segado en plena flor de mis pecados…, con mis cuentas por hacer y enviado a juicio con todas mis imperfecciones sobre mi cabeza.»*

Pensaba en cosas asi cada vez que meditaba sobre la vida y la muerte, o sobre los relojes. No habia nada en la Posada de la Mision (ni la sala de musica, ni la sala china, ni el ultimo rincon o la menor grieta), que no amara con un amor total.

Puede que me gustara porque, a pesar de todos sus relojes y sus campanas, se situaba fuera del tiempo, o porque la habil acumulacion de objetos de epocas diferentes podia hacer que una persona metodica enloqueciera.

En cuanto a la suite Amistad, la suite nupcial, la elegi por su techo abovedado, pintado con un paisaje en grisalla y con palomas que ascendian a traves de una suave neblina hacia un cielo azul, en cuya cuspide se alzaba una linterna octogonal con ventanas de cristales de colores. Tambien la arcada de medio punto estaba representada en la suite: en la separacion entre el comedor y el dormitorio, y en la forma de las gruesas puertas dobles que daban a la galeria exterior. Los tres ventanales que rodeaban la cama tambien estaban rematados en arco.

El dormitorio contaba con una enorme chimenea de piedra gris, fria, vacia y negra por dentro, pero a pesar de todo era un hermoso marco para unas llamas imaginarias. Yo tengo una excelente imaginacion. Por esa razon soy tan bueno como asesino. Pienso en todas las maneras posibles de hacerlo y escapar luego.

Espesas cortinas cubrian los ventanales de tres pisos de altura que rodeaban el enorme lecho de baldaquin antiguo. La cabecera era de madera oscura tallada, y a los pies habia dos gruesas columnas torneadas. Era una cama que siempre me recordaba a Nueva Orleans, por supuesto.

Nueva Orleans fue en tiempos un hogar, el hogar del nino que habia dentro de mi y que murio alli. Y ese nino nunca conocio el lujo de dormir en una cama de baldaquin.

«Ocurrio en otro pais, y ademas la moza ha muerto.»

Nunca habia vuelto a Nueva Orleans desde que me converti en Lucky el Zorro, y no pensaba volver nunca, y

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