que iba a suceder. El joven de ojos claros que a veces llevaba consigo un laud nunca volveria a aparecer por alli, con sus propinas de veinte dolares y sus sonrisas amables a todo el mundo.

Porque ese mismo joven, cuidadosamente disfrazado de forma que pareciera una persona distinta, habria puesto un crimen en el corazon mismo de todo su sueno.

De pronto me parecio una locura haberme atrevido a ser yo mismo alli, haber tocado el laud bajo el techo abovedado, haberme tendido boca arriba en la cama a mirar el baldaquin tapizado, haber pasado una hora o mas con la mirada clavada en la cupula de color azul celeste.

Despues de todo, el mismo laud era una pista que conducia al chico que se habia evaporado de Nueva Orleans, ?y si algun primo bienintencionado aun lo estaba buscando? Yo habia tenido primos bienintencionados, y los habia querido. Y los ejecutantes de laud no abundan.

Puede que fuera el momento de hacer estallar una bomba, antes de que algun otro lo hiciera.

Ningun error, no.

Habia valido la pena tocar el laud en aquella habitacion, rasguearlo en tono bajo y repetir las melodias que amaba.

?Cuanta gente sabe lo que es un laud, o como suena? Puede que hayan visto laudes en las pinturas del Renacimiento, y ni siquiera sepan que objetos asi siguen existiendo hoy. No me importaba. Me gustaba tanto tocarlo en la suite Amistad, que no me importaba que los empleados del servicio de habitaciones me oyeran o me vieran. Me gustaba mucho, igual que tocar el piano negro en la suite del Four Seasons de Beverly Hills. No creo haber tocado nunca una sola nota en mi propio apartamento. No se por que. Miraba el laud y pensaba en los angeles de la Navidad con sus laudes en los tarjetones de colores vivos. Pensaba en angeles que colgaban de las ramas de los arboles de Navidad.

«Angel de la guarda, dulce compania…»

Una vez, que diablos, tal vez hacia tan solo dos meses en la Posada de la Mision, compuse una melodia para esa oracion infantil, una melodia renacentista, muy pegadiza. Solo que yo era el unico al que se le pegaba.

Y ahora tenia que pensar en un disfraz que enganara a las personas que me habian visto muchas veces, y el jefe decia que tenia que hacerlo ya. Despues de todo, la chica podia convencerlo de que se casara con ella manana mismo. La Mision tenia esa clase de hechizo.

3 Pecado mortal y misterio mortal

Tenia un garaje en Los Angeles, parecido al de Nueva York: cuatro camionetas, una con un anuncio de una empresa de fontaneria, otra de una floristeria, la tercera pintada de blanco con una luz roja en el techo de modo que parecia una ambulancia especial, y la cuarta que era pura chatarra rodante de un operario, con algunos trastos viejos herrumbrosos en la trasera. Esos vehiculos eran tan transparentes para el publico como el famoso aeroplano invisible de la Mujer Maravilla. Un sedan abollado habria atraido mas atencion. Y siempre conducia un poco demasiado aprisa, con la ventanilla bajada y asomando el brazo arremangado, y nadie me veia. A veces fumaba, solo lo justo para que se viera el humo.

En esta ocasion utilice la camioneta de la floristeria. Sin duda era lo mejor, en especial en un hotel en el que turistas e invitados se mezclan y pasean con toda libertad, entran y salen, y nadie pregunta nunca adonde vas ni si tienes o no la llave de alguna habitacion.

Lo que funciona en todos los hoteles y hospitales es una actitud resuelta, un impulso decidido. Y desde luego funciono en la Posada de la Mision.

Nadie se fijo en un melenudo de piel oscura con el logo de una tienda de flores sobre el bolsillo de su chaquetilla verde y un saco sucio de tela al hombro, que llevaba solo un modesto ramo de lirios en una maceta de barro envuelta en papel de plata, y a nadie le preocupo que entrara con una rapida sena a los porteros, si es que se molestaron siquiera en levantar la cabeza. Ademas de la peluca, un par de gafas de montura gruesa distorsionaba por completo la expresion habitual de mi cara. Una placa colocada entre los dientes me proporciono un ceceo perfecto.

Los guantes de jardineria que llevaba ocultaban los de latex, mas importantes. El saco de tela que cargaba al hombro olia a abono. Llevaba la maceta de lirios como si se fuera a romper. Caminaba con una leve cojera de la pierna izquierda y una oscilacion regular de la cabeza, un detalle que alguien podria recordar cuando no se acordaran de ninguna otra cosa. Tire una colilla de cigarrillo a uno de los arriates de la entrada. Alguien podria tomar nota de ese gesto.

Tenia dos jeringuillas para el trabajo, pero solo necesitaba una. Habia un revolver pequeno sujeto a mi cadera bajo el pantalon, aunque me repelia la idea de tener que usarlo, y por lo que pudiera pasar, bajo el cuello de la camisa almidonada de la compania traia una delgada hoja de plastico, lo bastante rigida y aguzada para atravesar la garganta de un hombre, o ambos ojos.

El plastico era el arma que podia utilizar con mas facilidad si tropezaba con alguna dificultad, pero nunca se presento la ocasion. Temia la sangre, y tambien la crueldad que implica. Detestaba la crueldad en cualquiera de sus formas. Me gustaba que todo fuera perfecto. En los dossiers me llamaban el Perfeccionista, el Hombre Invisible y el Ladron de la Noche.

Confiaba por completo en la jeringuilla para este trabajo. Obviamente, puesto que el efecto deseado era un ataque al corazon.

La jeringuilla podia adquirirse en cualquier farmacia y era del tipo que usan los diabeticos, con una microaguja que algunas personas ni siquiera notarian. Y ademas del veneno habia un segundo componente de accion rapida procedente de un medicamento tambien accesible para cualquiera, que privaria casi inmediatamente de sentido al sujeto, de modo que estuviera en coma cuando el veneno llegara al corazon. Todo rastro de ambas drogas desapareceria en el torrente sanguineo en menos de una hora. La autopsia no revelaria nada.

Practicamente todas las combinaciones quimicas que yo utilizaba podian comprarse en cualquier establecimiento publico del pais. Es asombroso lo que puedes aprender sobre venenos cuando de verdad quieres hacer dano a la gente y no te preocupa lo que pueda ocurrirte a ti, tanto si te queda algun residuo de corazon o de alma, como si no. Tenia a mi disposicion por lo menos veinte venenos distintos. Compraba las drogas en farmacias suburbanas, en pequenas cantidades. De vez en cuando utilizaba las hojas de la adelfa, y en toda California crecen adelfas. Sabia como utilizar el veneno de las semillas del ricino.

Todo paso como lo habia planeado.

Eran aproximadamente las nueve y media. Cabello negro, gafas de montura negra. Olor a tabaco en los guantes manchados.

Tome el pequeno ascensor rechinante hasta el ultimo piso con otras dos personas que no me dirigieron ni una sola mirada, segui los laberinticos pasillos, sali al jardin de hierba y lo cruce hasta la barandilla verde que daba al patio interior. Me recoste en la barandilla y observe el reloj.

Todo esto era mio. A la izquierda se extendia la larga galeria cubierta por un tejado rojo, la fuente rectangular con sus chorros burbujeantes en forma de cestillo, la habitacion al extremo, y la mesa y las sillas de hierro bajo la sombrilla verde, justo delante de la puerta de doble hoja.

Maldicion. Como me habria gustado sentarme al sol, a la brisa fresca de California, en aquella misma mesa. Experimente la intensa tentacion de olvidarme de aquel trabajo y sentarme a la mesa hasta que mi corazon se apaciguara, y luego sencillamente irme, dejando alli la maceta con las flores para quienquiera que la encontrara.

Pasee perezosamente arriba y abajo por la galeria, e incluso di la vuelta a la rotonda con sus empinadas escaleras de caracol, como si estuviera comprobando los numeros de las puertas, o sencillamente deteniendome a mirarlo todo al pasar, por capricho. ?Quien dice que el chico de las entregas no puede pararse a curiosear?

Por fin la dama salio de la suite Amistad y cerro la puerta de golpe. Bolso grande de cuero rojo de marca, taconeo apresurado con los zapatos adornados con oro y lentejuelas, falda estrecha, mangas recogidas, cabello rubio flotante. Hermosa y carisima, sin la menor duda.

Caminaba deprisa como si estuviera furiosa, y probablemente lo estaba. Me coloque mas cerca de la habitacion.

Por la ventana del comedor de la suite vi la silueta borrosa del banquero, al otro lado de las cortinas blancas, inclinado sobre el ordenador del escritorio, sin advertir siquiera que yo lo estaba mirando, descuidado

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