probablemente por el hecho de que durante toda la manana los turistas se paraban a mirar.
Hablaba por un pequeno telefono provisto de un auricular, y al mismo tiempo tecleaba.
Me dirigi a la doble puerta y llame.
Al principio no contesto. Luego se acerco a reganadientes a la puerta, la abrio de par en par, me miro y dijo:
– ?Que!
– De la gerencia, senor, con sus mejores deseos -dije, con el habitual susurro ronco porque la placa me dificultaba la pronunciacion de las palabras. Levante los lirios. Eran lirios muy hermosos.
Entonces pase delante de el hacia el cuarto de bano, murmurando algo sobre el agua, que necesitaban agua, y con un encogimiento de espaldas el hombre volvio a su escritorio.
El cuarto de bano estaba abierto y vacio.
Podia haber alguien en el minusculo compartimiento de los aseos, pero lo dudaba, y no oi un solo sonido revelador.
Solo para asegurarme, entre en el por el agua, y la tome del grifo de la banera.
No, el era el unico presente en la suite.
La puerta de la galeria habia quedado abierta de par en par.
Hablaba por telefono y golpeaba el teclado del ordenador. Pude ver una cascada de numeros que titilaban.
Parecia aleman, y solo consegui entender que estaba irritado con alguien, y furioso, en general, con el mundo entero.
A veces los banqueros son los objetivos mas faciles, pense. Creen que sus enormes riquezas les protegen. Casi nunca utilizan los guardaespaldas que necesitarian.
Me acerque a el y coloque las flores en el centro de la mesa del comedor, sin hacer caso del revoltijo de platos del desayuno. El no se dio cuenta de que me habia colocado a su espalda.
Por un instante me aparte de el y levante la vista a la cupula, que me era tan familiar. Mire los pinos pintados a lo largo de la base, sobre el fondo beige. Mire las palomas que ascendian a traves de la neblina hacia el cielo azul. Me incline sobre las flores. Me gustaba su fragancia. La aspire y volvio a mi mente algun debil recuerdo de un lugar tranquilo y hermoso donde el aire estaba cargado del perfume de las flores. ?Donde habia sido? ?Era importante?
Y mientras, la puerta de la galeria seguia abierta, y la brisa fresca entraba por ella. Cualquiera que paseara por alli veria la cama y la cupula pero no a el, y tampoco a mi.
Me coloque detras de su silla y le inyecte en el cuello treinta unidades de la droga letal.
Sin levantar la vista se llevo la mano a la nuca como para ahuyentar un insecto, que casi siempre es lo que hacen, y entonces le dije, al tiempo que me guardaba la jeringuilla en el bolsillo:
– Senor, ?no tiene una propina para un pobre mensajero?
Se volvio. Yo estaba encima de el, oliendo a tierra abonada y a tabaco.
Sus ojos frios como el hielo me miraron furiosos. Y en ese momento, de pronto su cara empezo a cambiar. Su mano izquierda resbalo sobre el teclado del ordenador, y con la derecha se arranco el auricular, que cayo al suelo. La mano cayo inerte, tambien. El telefono cayo sobre el escritorio, y su mano izquierda sobre la rodilla.
Los rasgos de la cara se aflojaron y toda su irritacion desaparecio. Aspiro el aire e intento sostenerse erguido con la mano derecha, pero no pudo encontrar el borde del escritorio. Entonces intento levantar la mano hacia mi.
Rapidamente me quite los guantes de jardinero. El no se dio cuenta. Ya no podia darse cuenta de casi nada.
Intento ponerse en pie pero no pudo.
– Ayudeme -susurro.
– Si, senor -dije-. Quedese sentado hasta que se le pase.
Entonces, con los guantes de latex en las manos, apague el ordenador y di la vuelta a la silla de modo que el hombre se desplomara sin ruido sobre el escritorio.
– Si -dijo en ingles-. Si.
– No se encuentra bien, senor -dije-. ?Quiere que llame a un medico?
Levante la vista a la galeria desierta. Estabamos exactamente detras de la mesa negra de hierro, y por primera vez me di cuenta de que en los tiestos toscanos rebosantes de geranios de pensamiento tambien habia hibiscos. Las flores lucian muy hermosas, al sol.
El se esforzaba en respirar.
Como he dicho, detesto la crueldad. Descolgue el telefono interior que estaba a su lado, y sin marcar ningun numero hable al auricular apagado. Necesitamos un medico con urgencia.
Su cabeza se inclino a un lado. Vi cerrarse sus ojos. Me parece que intento hablar de nuevo, pero no consiguio decir una sola palabra.
– Ya vienen, senor -le dije.
A esas alturas, el no podia ver nada con claridad. Tal vez no veia nada en absoluto. Pero recorde la informacion que siempre te dan en el hospital, de que «el oido es lo ultimo que se apaga».
Me lo dijeron cuando mi abuela agonizaba y yo quise encender el televisor en la habitacion, y mi madre se echo a llorar.
Finalmente, el hombre cerro los ojos. Me sorprendio que pudiera hacerlo. Primero estaban entrecerrados, luego cerrados del todo. El cuello era una masa arrugada. No adverti el menor signo de respiracion, ni la mas minima subida o bajada de su torax.
Mire mas alla de el, a traves de las cortinas blancas, de nuevo a la galeria. A la mesa negra, entre los tiestos toscanos, se habia sentado un hombre que parecia mirarnos.
Yo sabia que no podia ver a traves de las cortinas a esa distancia. Lo unico que distinguiria era la blancura, y tal vez una silueta vaga. No me preocupe.
Necesitaba solo unos instantes mas, y luego podria marcharme a salvo, con la conviccion de que el trabajo estaba concluido.
No toque los telefonos ni los ordenadores, pero hice un inventario mental de lo que habia alli. Dos telefonos moviles sobre el escritorio, tal como habia senalado el jefe. Un telefono descolgado en el suelo. Habia mas telefonos en el cuarto de bano. Y otro ordenador, tal vez el de la mujer, sin abrir en la mesa colocada delante de la chimenea, entre los sillones de orejas.
Solo estaba dando tiempo al hombre para morir mientras anotaba mentalmente todo aquello, pero cuanto mas tiempo seguia en la habitacion, peor me sentia. No estaba inquieto, solo deprimido.
El extrano de la galeria no me preocupaba. Que mirara todo lo que quisiera. Que mirara directamente el interior de la habitacion.
Me asegure de que los lirios estuvieran bien colocados, seque unas gotas de agua que habian salpicado la superficie de la mesa.
A estas alturas, el hombre estaba muerto casi con toda seguridad. Senti crecer en mi interior una desesperacion intensa, una sensacion de vacio total, ?por que no?
Me acerque a comprobar su pulso. No lo encontre. Pero aun estaba vivo. Lo supe cuando toque su muneca.
Me incline para oir si respiraba, y para mi incomoda sorpresa, escuche el debil suspiro de alguna otra persona.
«Algun otro…»
No podia ser el tipo de la galeria, por mas que seguia mirando hacia el interior de la habitacion. Paso una pareja. Luego aparecio un hombre solo, mirando al cielo y a los lados, y se dirigio hacia las escaleras de la rotonda.
Atribui a los nervios aquel suspiro. Habia sonado junto a mi oido, como si alguien me susurrara. Era solo la habitacion lo que me ponia nervioso, pense, por lo mucho que me gustaba, y porque la absoluta fealdad del crimen desgarraba mi alma.
Puede que fuera la habitacion la que suspiraba de pena. Desde luego, yo deseaba hacerlo. Y queria irme.
