Senor del Universo al que adoro yo. ?Y como puede ser erronea una fe que lo ha hecho tan sencillo y tan feliz? Creo que sus ojos y sus gestos hicieron mas para convertirme que nada de lo que me dijo. Y siempre encuentro en el un ejemplo brillante de lo que yo misma querria ser. Pero el pasado pesa mucho en mi.
»No puedo soportar pensar en el pasado, y ahora que mi madre ha perdido a Lea, solo puedo rezar de todo corazon para que, como aun es joven, tenga muchos hijos con Meir; y por esa razon, por su vida los dos juntos, hago este viaje y me he decidido, quiza con demasiada facilidad, a hacer lo que es necesario hacer.
Parecia consciente de pronto de mil dificultades que antes ni siquiera se le habian ocurrido.
Lo primero y principal, ?donde nos alojariamos al llegar a Norwich? ?Iriamos de inmediato al castillo, y como representaria ella el papel de Lea ante el sheriff, cuando ni siquiera sabia si Lea habia conocido a aquel hombre en persona?
Es mas, ?como podriamos siquiera acercarnos a la juderia y buscar refugio junto al Magister de la sinagoga, porque para los mil judios de Norwich no habia mas que una sinagoga, con una «Lea» que no conocia ni el aspecto que tenia el Magister ni su nombre?
Me sumergi en una plegaria silenciosa al pensar en esas cosas. «?Malaquias, tienes que guiarnos!», insisti. El peligro de una confianza excesiva era muy real.
El hecho de que Malaquias me hubiera traido aqui no significaba que me ahorrara esfuerzos y sufrimientos en mi mision. Pense de nuevo en la idea que me habia asaltado en la catedral sobre la mezcla del bien y el mal. Solo el Senor sabe a ciencia cierta lo que es en realidad bueno y malo, y nosotros solo debemos esforzarnos en seguir cada palabra suya que El nos ha revelado como buena.
En resumen, eso queria decir que podia ocurrir cualquier cosa. Y el numero de personas implicadas en nuestro plan me preocupaba mas de lo que me permitia dejar ver a mis companeros.
Era la hora del mediodia, bajo un cielo plomizo y en medio de una nevada, cuando nos acercamos a las puertas de la ciudad, y yo me vi acometido por una excitacion muy parecida a la de antes de cobrarme una vida, solo que en esta ocasion habia un aspecto nuevo muy llamativo. El destino de muchas personas dependia de lo bien o lo mal que yo actuara, y eso nunca habia sucedido antes.
Cuando mate a los enemigos de Alonso, habia dado pruebas de una temeridad parecida a la que ahora mostraba Rosa. Y no lo habia hecho por Alonso. Ahora me daba cuenta. Lo habia hecho para vengarme del mismo Dios por haber permitido lo que les ocurrio a mi madre, mi hermano y mi hermana. Y la monstruosa arrogancia de aquella actitud se apodero de mi y me privo de cualquier posibilidad de paz.
Por fin, mientras nuestro carro tirado por dos caballos rodaba hacia Norwich, ideamos el siguiente plan.
Rosa dormiria febril en brazos de su padre, con los ojos cerrados, porque habia enfermado en el viaje, y yo, que no conocia a nadie en la juderia, preguntaria a los soldados si podiamos o no llevar a Lea a su propia casa, o debiamos dirigirnos al Magister de la sinagoga de Meir, si los soldados sabian donde podiamos encontrarlo.
Yo podia alegar con toda naturalidad mi total desconocimiento de aquella comunidad, y lo mismo Godwin, y todos sabiamos que nuestro plan se veria inmensamente facilitado si lord Nigel habia llegado ya y se encontraba en el castillo esperando a su hermano.
Era posible que los guardias de la juderia estuvieran preparados para una cosa asi. Pero ninguno de nosotros lo estaba para lo que ocurrio en realidad.
El sol era un palido resplandor detras de los nubarrones grises cuando entramos en la calle donde estaba la casa de Meir, y todos nos sorprendimos al ver luz en las ventanas.
Solo se nos ocurrio pensar que Meir y Fluria habian quedado en libertad, de modo que salte del carro y llame de inmediato a la puerta.
Casi de inmediato aparecieron unos guardias de entre las sombras, y un hombre muy belicoso, lo bastante grande como para aplastarme entre sus manos, me grito que no molestara a los habitantes de la casa.
– Pero si vengo como amigo -susurre, para no despertar a la hija enferma. La senale con un gesto-. Es Lea, la hija de Meir y de Fluria. ?No puedo llevarla a la casa de sus padres mientras se repone lo bastante para ir a ver a sus padres al castillo?
– Entrad, pues -dijo el guardian, y llamo bruscamente a la puerta golpeandola con el dorso de la mano derecha.
Godwin bajo del carro, y tomo luego a Rosa en sus brazos. Ella se reclino en su hombro mientras el la sostenia colocando el brazo derecho por debajo de sus rodillas.
La puerta se abrio, y vi alli a un hombre flaco de cabellos ralos muy blancos y frente amplia. Llevaba puesto un pesado chal negro sobre su larga tunica. Las manos eran huesudas y blancas, y su mirada apagada parecia dirigirse hacia Godwin y la muchacha.
Godwin trago saliva, y al instante se detuvo con su carga.
– Magister Eli -dijo en un susurro.
El anciano dio un paso atras, volvio el rostro hacia el soldado, y finalmente nos hizo gesto de que entraramos en la casa.
– Puedes decir al conde que su hermano ha llegado -dijo el anciano al guardian, y luego cerro la puerta.
Comprendi en ese momento que el hombre era ciego.
Godwin deposito con cuidado en el suelo a Rosa. Tambien ella estaba palida por la conmocion que le habia producido la presencia de su abuelo en este lugar.
El parecia frio y distante; aspiro profundamente, como si saboreara el tenue perfume de ella. Luego volvio la cabeza a otra parte, con desden.
– ?He de creer que eres tu piadosa hermana? -pregunto-. ?Crees que no se lo que pretendes hacer? Oh, eres su doble exacto, lo recuerdo muy bien, ?y no fueron tus malvadas cartas desde Paris lo que la indujo a ir con esos gentiles a la iglesia? Pero se quien eres. Conozco tu olor. ?Conozco tu voz!
Pense que Rosa iba a echarse a llorar. Inclino la cabeza. Note que temblaba, aunque el no la habia tocado. La idea de que habia matado a su hermana debia de habersele ocurrido en algun momento anterior, pero ahora la asalto con toda su enorme fuerza.
– Lea -susurro-. Mi querida Lea. Me he quedado incompleta para el resto de mis dias.
Otra figura salio de entre las sombras y se acerco a nosotros: un hombre joven y robusto, de cabello oscuro y cejas espesas, que tambien llevaba un grueso chal sobre los hombros para protegerse del frio de la casa. Tambien el llevaba cosido el parche amarillo de los Diez Mandamientos.
Se detuvo, con la espalda vuelta hacia el fuego.
– Si -dijo el desconocido-. Veo que eres su doble exacto. No podria haber distinguido entre las dos. Es posible que el plan funcione.
Godwin y yo lo saludamos, agradecidos por aquel comentario entusiasta.
El anciano volvio la cabeza hacia nosotros y se dirigio muy despacio al sillon colocado delante del fuego.
Por su parte, el hombre mas joven miro a su alrededor y al anciano, y luego se acerco a el y le murmuro algo entre dientes.
El anciano hizo un ademan de desesperacion.
El joven se volvio a nosotros.
– Sed rapidos y prudentes -dijo a Rosa y a Godwin. No parecia saber que actitud tomar conmigo-. El carro que esta ahi fuera, ?es lo bastante grande para llevar a tu padre y a tu madre, y tambien a tu abuelo? Porque cuando hayais llevado a cabo vuestra pequena representacion, tendreis que marcharos de aqui a toda prisa.
– Si, es lo bastante grande -dijo Godwin-. Y estoy de acuerdo contigo en que la prisa es de la mayor importancia. Nos iremos tan pronto como veamos que nuestro plan ha funcionado.
– Hare que lo coloquen en la parte de atras de la casa -dijo el hombre-. Hay un callejon que da a otra calle. -Me miro vacilante, y continuo-: Todos los libros de Meir estan ya en Oxford -dijo-, y los restantes objetos de valor han sido llevados fuera de esta casa durante la noche. Hubo que sobornar a los guardias, desde luego, pero se hizo. Podreis partir de inmediato, despues de representar vuestra pequena farsa.
– Lo haremos -dije.
El hombre se despidio con una reverencia y salio por la puerta principal.
Godwin me dirigio una mirada angustiada, y luego senalo al anciano.
Rosa no perdio el tiempo.
– Sabes cual es el motivo que me ha hecho venir hasta aqui, abuelo. He venido a colaborar en un engano necesario para acabar con las acusaciones de que mi madre enveneno a mi hermana.
– No me hables -dijo el anciano, con la mirada fija al frente-. No estoy aqui con la intencion de ayudar a una
