no pude distinguirlas bien. Habia en el suelo un cojin muy duro y delgado delante del crucifijo y de una imagen de la Virgen, y supuse que era alli donde se arrodillaba a rezar.
– Oh, perdoname -me dijo en un tono lleno de afable generosidad-. Ven a calentarte junto al fuego. Estas blanco del frio, y tienes los cabellos mojados.
Rapidamente me ayudo a quitarme la capucha manchada y el manto, y se desprendio del suyo. Los colgo de unos clavos en la pared, donde el calor del brasero los secaria muy pronto.
Luego tomo una toalla pequena y me seco con ella la cara y el pelo, y lo mismo hizo con el suyo.
Solo entonces se quito los trapos que envolvian sus manos, y acerco las palmas a las brasas. Me di cuenta entonces por primera vez de que su habito blanco y su escapulario estaban gastados y remendados. Era un hombre de constitucion delgada, y el corte sencillo de su cabello en forma anular le daba una expresion mas vital y penetrante.
– ?Como me has conocido? -pregunte.
– Porque Fluria me ha escrito y me ha dicho que te conoceria en cuanto te viese. La carta llego hace tan solo dos dias. Uno de los maestros judios que ensenan hebreo aqui me la trajo. Y desde entonces he estado preocupado, no por lo que ella me ha escrito, sino por lo que dejo de escribir. Y hay otra cuestion, y es que ella me ha pedido que te abra mi corazon por entero.
Lo dijo con entera confianza, y de nuevo percibi la gracia de su actitud y su generosidad cuando acerco uno de los bancos cortos al brasero y tomo asiento.
En sus menores gestos habia tanta firmeza y sencillez como si para el estuviera ya muy lejana la epoca en que necesitaba algun artificio para subrayar cualquier cosa que hacia.
Metio la mano en uno de los abultados bolsillos colocados debajo de su escapulario blanco, y extrajo de el la carta, una hoja plegada de pergamino rigido, y la puso en mi mano.
La carta estaba escrita en hebreo, pero tal como Malaquias me habia prometido, pude leerla sin el menor problema:
Mi vida esta en las manos de este hombre, el hermano Tobias. Acogelo y cuentale todo, y el te lo contara todo, porque no hay nada que no sepa de mi pasado y de mis circunstancias actuales, y no me atrevo a decir mas en este mensaje.
Fluria habia firmado unicamente con la inicial de su nombre.
Me di cuenta de que nadie conocia su letra mejor que Godwin.
– Desde hace algun tiempo me he dado cuenta de que algo iba mal -dijo, con la frente fruncida por la inquietud-. Tu lo sabes todo. Se que lo sabes. De modo que te dire, antes de importunarte con preguntas, que mi hija Rosa estuvo muy enferma hace varios dias, e insistia en que su hermana Lea sentia fuertes dolores.
»Ocurrio durante los dias mas hermosos de la Navidad, cuando los cuadros vivientes y las representaciones delante de la catedral son mas lucidos que en ninguna otra epoca del ano. Pense que tal vez, por la novedad para ella de nuestras costumbres cristianas, se sentia asustada. Pero insistio en que su angustia se debia a los dolores de Lea.
»Las dos, como sabes, son gemelas, y por esa razon Rosa siente lo que le esta ocurriendo a Lea, y hace tan solo dos semanas me dijo que Lea ya no estaba en este mundo. Intente consolarla, diciendole que eso no era asi. Le asegure que Fluria y Meir me habrian escrito de haberle ocurrido algo a Lea, pero no ha habido forma de convencer a Rosa de que Lea vive.
– Tu hija tiene razon -dije con tristeza-. Ese es el fondo de todo el problema. Lea murio de la pasion iliaca. No fue posible impedirlo de ninguna manera. Sabes lo que es eso tan bien como yo, una enfermedad del estomago y de las entranas que causa grandes dolores. Las personas que la padecen mueren casi siempre. Y asi ocurrio con Lea, que murio en los brazos de su madre.
Inclino la cabeza y se llevo las manos a la cara. Por un instante pense que iba a romper a llorar. Y senti un leve escalofrio de temor. Pero se limito a murmurar una y otra vez el nombre de Fluria, y rezo en latin al Senor para que la consolara por la perdida de su hija.
Finalmente se reclino en su asiento, me miro y susurro:
– Asi pues, la hermosa nina que ella guardo a su lado le ha sido arrebatada. Y mi hija sigue aqui, fresca y sana, a mi lado. ?Oh, que cosa tan amarga!
Las lagrimas asomaron a sus ojos.
Pude ver el dolor en su rostro. Sus maneras cordiales habian desaparecido por completo, dando paso a la angustia. Y su expresion adquirio una sinceridad infantil cuando sacudio despacio la cabeza.
– Lo siento tanto -susurre, y el me miro. Pero no respondio.
Guardamos un largo silencio en homenaje a Lea. Durante un rato, dejo que su mirada se perdiera en el vacio. Y en una o dos ocasiones se calento las manos, pero luego las dejo caer sobre las rodillas.
Despues, poco a poco, vi en el la misma amabilidad y franqueza que antes. Susurro:
– Sabes que esa nina era mi hija, claro esta. Te lo he dicho de alguna manera con mis propias palabras.
– Lo se -dije-. Pero esa muerte muy natural de la nina es lo que ha traido despues la desgracia sobre Fluria y Meir.
– ?Como puede ser? -pregunto. Lo hizo con toda inocencia, como si el conocimiento le hubiera dado una ingenuidad nueva. O tal vez la palabra «humildad» describa mejor su actitud.
No pude evitar darme cuenta de que era un hombre apuesto, no solo por sus facciones regulares y la forma en que su cara parecia resplandecer, sino por la humildad a que he aludido y el atractivo que emanaba de ella. Un hombre humilde puede conquistar a cualquiera, y aquel hombre parecia haberse desprendido por completo del habitual orgullo masculino que tiende a reprimir las emociones y la expresion.
– Cuentamelo todo, hermano Tobias -dijo-. ?Que le ocurre a mi amada Fluria? -Un velo de lagrimas asomo a sus ojos-. Pero antes de que empieces, dejame decirte una cosa con toda sinceridad. Amo a Dios y amo a Fluria. Asi es como me describo a mi mismo en mi corazon, y Dios me entiende.
– Yo lo entiendo tambien -dije-. Se de vuestra larga correspondencia.
– Ha sido la luz que ha guiado mis pasos durante muchos anos -respondio-. Y aunque lo abandone todo para entrar en la Orden dominica, no abandone mi correspondencia con Fluria, porque nunca ha significado para mi otra cosa que el mayor bien. -Medito un momento, y luego anadio-: La piedad y la bondad de una mujer como Fluria son cosas que no se encuentran con frecuencia en las mujeres gentiles, aunque he de reconocer que ahora se muy pocas cosas de ellas.
»Me parece que una cierta gravedad de caracter es comun a las mujeres judias como Fluria, y nunca me ha escrito una sola palabra que yo no pudiera compartir con otros para provecho de ellos…, hasta que llego este mensaje hace dos dias.
Sus palabras tuvieron un efecto extrano en mi, porque creo que me sentia enamorado a medias de Fluria por las mismas razones, y por primera vez me di cuenta de la enorme seriedad que habia mostrado Fluria, una cualidad que recibe el nombre de gravitas.
De nuevo en mi mente Fluria trajo a mi memoria a otra persona, a alguien que yo habia conocido, pero no consegui precisar quien era esa persona. Habia un toque de tristeza y miedo en ese recuerdo impreciso. Pero no tenia tiempo para pensar en eso ahora. Me parecio un pecado llano y simple pensar en mi «otra vida».
Pasee la mirada por la habitacion. Mire los numerosos libros de los estantes y las hojas de pergamino esparcidas por el escritorio. Mire a Godwin, que esperaba con paciencia, y se lo conte todo.
Hable tal vez durante media hora seguida y explique todo lo que habia ocurrido, y como los dominicos de Norwich se habian llamado a engano con Lea, y como Meir y Fluria no podian compartir con nadie a excepcion de sus hermanos judios la horrible verdad sobre la perdida de su amada nina.
– Imagina el dolor de Fluria -dije-, en unas circunstancias en que no puede mostrar ningun dolor porque se ve obligada a disimular. -Insisti en ese punto-. Es un momento para el disimulo, como lo fue para Jacob cuando engano a su padre Isaac, y mas tarde tambien a Laban para acrecer su propio rebano. Tambien ahora es necesario el engano porque esta en juego la vida de esas personas.
Sonrio y asintio a mi razonamiento. No puso ninguna objecion.
Se puso en pie y empezo a pasear de un lado a otro en un circulo estrecho, porque era todo lo que la habitacion permitia.
Por fin se sento ante el escritorio, y sin cuidarse de mi presencia empezo de inmediato a escribir una carta.
Yo segui sentado bastante tiempo, viendolo escribir, secar, escribir unas palabras mas. Finalmente firmo la
