– Es la alarma -dijo aterrorizada.
– Puede que no -dije. De pronto empezo a tocar otra campana.
– ?Estan incendiando la juderia? -pregunto ella, con un hilo de voz que apenas podia pasar de su garganta.
Antes de que pudiera contestarle, la puerta de madera de la habitacion se abrio y aparecio el sheriff con todas sus armas, los cabellos empapados de nieve. Se hizo a un lado para dejar pasar a dos criados que arrastraron unos lenos hasta la chimenea, y detras de ellos entro Meir.
Con la mirada fija en Fluria, se echo atras la capucha cubierta de nieve.
Fluria se precipito en sus brazos abiertos.
El sheriff estaba de pesimo humor, como era de esperar.
– Hermano Tobias -dijo-, vuestro consejo a los fieles de que fueran a rezar al pequeno san Guillermo ha tenido consecuencias imprevistas. La multitud ha forzado la entrada en la casa de Meir y Fluria en busca de reliquias de Lea, y se ha llevado todos sus vestidos.
»Fluria, querida, habria sido mas prudente que empaquetaras toda esa ropa y te la trajeras contigo al venir aqui. -Suspiro otra vez y miro a su alrededor como buscando alguna superficie que golpear con el puno-. Ya se estan proclamando milagros en el nombre de tu hija. El sentimiento de culpa de lady Margaret la ha impulsado a organizar una pequena cruzada.
– ?Como no supe prever una cosa asi! -dije, apenado-. Solo quise quitarlos de en medio.
Meir abrazo mas estrechamente a Fluria, como si quisiera protegerla de todas aquellas palabras. La cara de aquel hombre mostraba una resignacion admirable.
El sheriff espero hasta que los criados se hubieron ido y la puerta estuvo cerrada, y entonces hablo directamente a la pareja.
– La juderia esta protegida por una guardia nutrida, y los pequenos fuegos que se han producido estan ya apagados -dijo-. Gracias al cielo, vuestras casas son de piedra. Y gracias al cielo, las cartas de Meir para reunir dinero han sido ya despachadas. Y gracias al cielo, los ancianos han hecho generosos regalos en forma de marcos de oro a los frailes y al priorato. -Se detuvo y suspiro. Me dirigio por un instante una mirada de impotencia, y luego volvio su atencion a ellos-: Pero os digo desde ahora mismo, que nada podra impedir una matanza si vuestra hija no vuelve en persona a acabar con esta carrera enloquecida para convertirla en santa.
– Muy bien, pues eso es lo que vamos a hacer -dije antes de que ninguno de los dos pudiera hablar-. Parto para Paris ahora mismo. Supongo que encontrare al hermano Godwin en el convento capitular de los dominicos, junto a la universidad, ?no es asi? Saldre de viaje esta noche.
El sheriff parecia dudar. Miro a Fluria.
– ?Tu hija puede volver aqui?
– Si -conteste yo-. Y sin duda vendra con ella el hermano Godwin, que es un habil abogado. Teneis que resistir como podais hasta ese momento.
Meir y Fluria se habian quedado sin habla. Me miraban como si dependieran por completo de mi.
– Y mientras tanto -anadi-, ?permitireis a los ancianos entrar en el castillo para consultar con Meir y con Fluria?
– Isaac, hijo de Salomon, el fisico, esta ya aqui por su seguridad -dijo el sheriff-. Y traeremos a los demas si es necesario. -Se paso la mano enguantada por el blanco cabello humedo-. Fluria y Meir, si no es posible que traigan aqui a vuestra hija, os pido que me lo digais ahora mismo.
– Vendra -dije-. Teneis mi palabra. Y vosotros dos, rezad para que tenga un buen viaje. Ire tan deprisa como me sea posible.
Me acerque a la pareja y puse mis manos sobre sus hombros.
– Confiad en el cielo, y confiad en Godwin. Me reunire con el tan pronto como pueda.
13 Paris
Cuando por fin llegamos a Paris, yo ya tenia bastante viaje del siglo xiii para cubrir con creces cuatro vidas, y aunque me cautivaron en el camino mil paisajes inesperados, desde el torbellino de las casas apinadas de Londres, construidas en parte de madera, hasta el espectaculo de los castillos normandos coronando las cimas de los riscos, y la nieve inacabable que caia sobre las aldeas y ciudades por las que pasaba, nuestro unico afan era presentarnos ante Godwin y exponerle el caso.
Digo «nos y nuestro» porque Malaquias se me aparecio de vez en cuando a lo largo del viaje e incluso hizo parte del camino en el carro que me llevo a la capital, pero no me dio ningun consejo, salvo el de recordarme que las vidas de Fluria y Meir dependian de lo que yo hiciera.
Cuando aparecio, lo hizo vestido con habito de dominico, y cada vez que los medios de transporte parecian fallar sin remedio, se manifestaba de nuevo y me recordaba que llevaba oro en mi bolsillo, y que yo era una persona fuerte y capaz de hacer lo que se me pedia. Entonces, de pronto aparecia un carro, o una carreta, con un cochero amable dispuesto a llevarme con los bultos, o la lena, o lo que fuera que transportaba. Y asi pude dormir en muchos vehiculos distintos.
Si hubo una etapa especialmente penosa, fue el cruce del Canal con un tiempo que me tuvo continuamente mareado en la cubierta del pequeno barco. Hubo ocasiones en las que crei que todos ibamos a ahogarnos sin remedio, tan fuerte era la tormenta en aquel oceano invernal, y mas de una vez pregunte a Malaquias, sin tener respuesta, si era posible que yo muriera en el curso de mi mision.
Quise hablar con el de todo lo que estaba ocurriendo, pero se nego, recordandome que no era visible para otras personas y que yo pareceria un loco si hablaba en voz alta a solas. En cuanto a hablar con el solo mentalmente, insistio en que era algo demasiado impreciso.
Sus argumentos me parecieron evasivas. Supuse que queria que cumpliera mi mision con mis solos medios.
Por fin cruzamos las puertas de Paris sin contratiempos, y Malaquias, despues de recordarme que encontraria a Godwin en el barrio de la universidad, me dejo con la aspera recomendacion de que no me entretuviera yendo a ver la gran catedral de Notre Dame ni vagabundeara por los patios del castillo del Louvre, sino que buscara a Godwin sin tardanza.
El frio era tan crudo en Paris como lo habia sido en Inglaterra, pero la simple proximidad de los seres humanos que se apretujaban en las calles de la capital proporcionaba cierto calor. Tambien habia pequenas fogatas encendidas en todas partes, a las que se arrimaba la gente para calentarse, y muchos hablaban de aquel tiempo horrible y de lo poco habitual que era.
Yo sabia, por mis anteriores lecturas sobre la Europa de la epoca, que entrabamos en un periodo de frio muy pronunciado que iba a durar varios siglos, y de nuevo agradeci que a los dominicos se les permitiera llevar medias de lana y zapatos de piel.
A pesar de las recomendaciones de Malaquias, fui de inmediato a la Place de Greve y pase un buen rato delante de la recien terminada fachada de Notre Dame. Me asombraron, igual que me habia ocurrido en mi propia epoca, sus dimensiones y su magnificencia, y no me paso por alto que el edificio empezaba apenas su andadura en el tiempo como una de las mayores catedrales que nadie haya contemplado nunca.
Pude ver andamios y obreros en torno a un sector del edificio mas lejano, pero la construccion estaba casi completada.
Pase al interior y lo encontre abarrotado de personas en las sombras, algunas recogidas en oracion, otras paseando entre las capillas, y yo hinque las rodillas sobre las losas desnudas, junto a una de las inmensas columnas, y rece para pedir valor y fortaleza. Al hacerlo, sin embargo, tuve la extrana sensacion de que de alguna forma estaba dejando de lado a Malaquias.
Me recorde a mi mismo que eso no tenia sentido, que los dos trabajabamos para el mismo Senor, y de nuevo vino a mis labios la oracion que habia pronunciado antes, mucho antes: «Dios querido, perdoname por haberme apartado de Ti.»
Borre de mi mente todas las palabras, para atender solo a la guia de Dios. El hecho mismo de estar arrodillado en ese enorme y magnifico monumento de la fe en la epoca misma en la que habia sido construido, me lleno de una gratitud inexpresable. Pero por encima de todo, hice aquello para lo que fue concebida la
