inmensa catedral: me dispuse a escuchar la voz del Creador, e incline la cabeza.

De subito me asalto la conciencia de que, a pesar de mis temores de fracasar en lo que tenia que hacer, y de la angustia que sentia por Fluria y Meir y toda la juderia de Norwich, era mas feliz de lo que nunca habia sido. Tuve la fuerte sensacion de que con esta mision habia recibido un regalo tan inestimable que nunca podria agradecer bastante a Dios lo que me estaba ocurriendo, y la responsabilidad que habia colocado en mis manos.

Aquello no me hizo sentir orgullo, sino mas bien asombro. Y mientras pensaba en todo ello, senti que hablaba a Dios sin palabras.

Cuanto mas tiempo seguia alli, mas honda era la conciencia de estar viviendo ahora de un modo como nunca habia vivido en mi propio tiempo. Habia vuelto de forma tan rotunda la espalda a mi propio tiempo que no conocia a una sola persona tanto como conocia a Meir y a Fluria, y no sentia por nadie el profundo apego que ahora sentia por Fluria. Y comprendi en toda su fuerza la locura que eso significaba, la desesperacion deliberada y el vacio lleno de resentimiento de mi propia vida.

Dirigi la vista, a traves de aquella penumbra polvorienta, hacia el lejano coro de la gran catedral, e implore perdon. Que instrumento tan despreciable era yo. Pero si mi falta de escrupulos y mi astucia podian verse eclipsados en esta mision, si mi ingenio cruel y mi talento resultaban utiles aqui, lo unico que yo podia hacer era maravillarme de la majestad de Dios.

Me asalto una idea mas profunda, que no pude acabar de precisar. Algo tenia que ver con la trama en que se entretejen el bien y el mal, con la forma como el Senor puede extraer gloria de los desastres que provocan los seres humanos. Pero era una idea demasiado compleja para mi. Me di cuenta de que yo no podia abarcar el significado de esa intuicion (solo Dios sabe en que formas y medidas se funden o se distinguen la oscuridad y la luz), y solo me restaba dar voz de nuevo a mi contricion y rezar para tener valor, para tener exito. De hecho, percibi que habia un peligro en meditar acerca de la razon por la que Dios permite el mal, y de las formas como lo utiliza. Senti que unicamente El lo comprende, y no nos corresponde a nosotros justificar el mal ni definir, mediante lecturas dudosas de lo que el mal ha significado cada dia y en cada epoca, la funcion que desempena. Me alegro no poder entender el misterio del funcionamiento del mal en el mundo. Y de pronto senti algo sorprendente: fuera lo que fuese lo que estaba sucediendo, el mal no tenia ninguna relacion con la gran bondad de Fluria y de Meir, que yo habia podido comprobar de primera mano.

Para terminar rece una breve oracion a la Madre de Dios para que intercediera por mi, me puse en pie y, caminando tan despacio como pude para saborear aquella dulce penumbra alumbrada por las velas, sali a la fria luz invernal.

No vale la pena describir con detalles la suciedad de Paris, con sus regueros encharcados en el centro de las calles, o el apinamiento de las muchas viviendas precarias de hasta tres y cuatro pisos, o el hedor de los muertos en el enorme cementerio de los Inocentes, en el que la gente mercadeaba toda clase de objetos mientras caia la nieve sobre las tumbas. No vale la pena intentar capturar el aliento de una ciudad donde la gente (lisiados, jorobados, enanos o altos y escualidos, apoyados en muletas, cargados con bultos enormes sobre los hombros, o con muestras de grandes prisas por alguna razon) seguia su camino atareada, y unos vendian, otros compraban, unos cargaban y otros escapaban, unos eran ricos y avanzaban llevados en volandas en sus literas o caminaban con denuedo en medio del barro con sus botas enjoyadas, la mayoria lucia atuendos sencillos y tunicas provistas de capucha, y todos se envolvian hasta los dientes en lana, o terciopelo o pieles de diferentes calidades, para defenderse del frio.

Una y otra vez los mendigos me asaltaron para pedirme una caridad, y fui sacando de mi bolsillo monedas que ponia en sus manos con un gesto de asentimiento a sus muestras de gratitud, porque al parecer llevaba conmigo un suministro inagotable de plata y de oro.

Mil veces me sedujo el espectaculo que se desplegaba ante mi vista, pero hube de resistirme. No habia venido, como me dijo Malaquias, para curiosear por el palacio real, no, ni para ver los teatrillos de marionetas en los cruces de las calles, ni para maravillarme de como seguia la vida en medio de un tiempo infame, con las puertas de las tabernas abiertas, o como se vivia en aquel tiempo tan remoto y sin embargo familiar.

Me llevo menos de una hora abrirme paso por las calles abarrotadas y sinuosas hasta el barrio de los estudiantes, donde de pronto me vi rodeado por hombres y muchachos de todas las edades, vestidos como clerigos, con habitos o sotanas.

Casi todos llevaban capucha, debido al crudo invierno, y algunos una especie de manta gruesa, y los ricos se distinguian de los pobres por la cantidad de piel visible en el forro de sus prendas de abrigo e incluso como adorno en el borde de las botas.

Hombres y muchachos iban y venian de muchas pequenas iglesias y claustros, las calles eran estrechas y torcidas, y habia linternas colgadas en alto para ahuyentar las lobregas tinieblas.

Pero pude encontrar facilmente el priorato de los dominicos, con las puertas de su pequena iglesia abiertas, y encontre a Godwin, a quien los estudiantes me senalaron rapidamente en la persona de un hermano alto, encapuchado, de penetrantes ojos azules y piel palida, subido a un banco y obviamente dictando una leccion en el claustro al aire libre, ante un gentio nutrido y atento.

Hablaba con energia y sin esfuerzo aparente, en un latin hermoso y fluido, y era una pura delicia oir como hablaban en esa lengua, con tanta facilidad, el y los estudiantes que le replicaban y preguntaban.

La nieve habia amainado. Aqui y alla habia encendidos fuegos para calentar a los estudiantes, pero el frio era intenso y pronto supe, por algunas frases que me susurro alguien desde las ultimas filas, que Godwin era tan popular ahora, en ausencia de Tomas y Alberto que se habian ido a ensenar a Italia, que sus oyentes sencillamente no cabian en ninguna sala cerrada.

Godwin se acompanaba con gestos elocuentes al dirigirse a aquel mar de rostros atentos; algunos estudiantes estaban sentados en bancos y escribian freneticamente mientras el hablaba, y otros se sentaban en cojines de cuero o de lana sucia, o incluso en el suelo de piedra.

Que Godwin fuera una figura impresionante, no me sorprendio, pero no pude sino maravillarme de hasta que punto impresionaba su presencia en la realidad.

Su estatura era de por si notable, pero tenia ademas la irradiacion que Fluria habia intentado tan agudamente describirme. Las mejillas estaban coloreadas por el frio, y en los ojos ardia una pasion intensa por los conceptos y las ideas que expresaba. Parecia enteramente volcado en lo que decia y en lo que hacia. Una risa cordial puntuaba sus frases, y se volvia a derecha e izquierda con naturalidad para incluir a todos sus oyentes en el razonamiento que desarrollaba.

Sus manos estaban envueltas en trapos, a excepcion de las puntas de los dedos. En cuanto a los estudiantes, la mayoria llevaba guantes. Yo tambien sentia mis manos heladas a pesar de llevar puestos guantes de piel desde que sali de Norwich. Me entristecio que Godwin careciera de unos guantes adecuados.

Los estudiantes reian a carcajadas alguna frase ingeniosa cuando encontre un sitio bajo las arcadas del claustro, apoyado en un pilar de piedra; luego, el les pregunto si recordaban una cita importante de san Agustin, que algunos se apresuraron a vocear, y a continuacion parecio que se disponia a abordar un nuevo tema, pero nuestras miradas se encontraron, y dejo de hablar a mitad de una frase.

No estoy seguro de que alguien supiera por que habia parado. Pero yo si lo sabia. Alguna comunicacion silenciosa paso entre nosotros, y yo me atrevi a asentir con la cabeza.

Entonces, con breves palabras, dio por terminada la clase.

Se habria visto rodeado interminablemente por quienes le hacian preguntas, pero les dijo con paciencia atenta y una amabilidad exquisita que debia atender un asunto importante y ademas estaba helado, y en cuanto pudo se acerco a mi, me tendio la mano y me condujo tras el, a traves del largo claustro de techo bajo y despues de cruzar una arcada y muchas puertas interiores, hasta su propia celda.

Era una habitacion no muy espaciosa y, gracias sean dadas al cielo, bien caldeada. No mas lujosa que la de Junipero Serra en la mision de Carmel, de principios del siglo xxi, pero si llena de objetos hermosos.

Una porcion generosa de lena humeaba en un brasero y desprendia un calor delicioso. Godwin encendio rapidamente varias velas gruesas y las coloco sobre su escritorio y el facistol, ambos situados muy cerca de su estrecho catre, y luego me indico que me sentara en uno de los bancos alineados en el lado derecho de la habitacion.

Pude ver que con frecuencia daba alli sus lecciones, o lo habia hecho antes de que la demanda de su elocuencia alcanzara los niveles actuales.

De la pared colgaba un crucifijo, y me parecio entrever varias pequenas pinturas votivas, pero en la penumbra

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