haberle dado la bienvenida a la nueva decada, en un abrir y cerrar de ojos habian pasado tres anos y nos hallabamos en 1933.
– ?Se encuentra usted bien debajo de los focos, mademoiselle Fleurier? -me pregunto el ayudante del director-. Tardaremos un poco en encuadrar el plano.
– Por el momento si, gracias -respondi, aunque la luz me quemaba la piel y me estaba haciendo visera con la mano sobre los ojos porque le habia prometido al artista de maquillaje que no me lo estropearia poniendome gafas de sol entre tomas.
Tenia la costumbre de no quejarme en los rodajes. Consideraba que era un privilegio estar alli y no habia ningun trabajo mas comodo que el mio. Durante el rodaje de mi primera pelicula, basada en un espectaculo del Folies Bergere, habia visto a un camara suspendido de una grua desde el techo para conseguir un plano de 180 grados, y durante mi segunda pelicula, una aventura romantica, habia visto a un tecnico de sonido cayendose a las vias desde el anden de una estacion. Por fortuna, no se hizo mucho dano, pero su microfono quedo completamente deformado y me daba pavor pensar que podria haberle sucedido si hubiera aterrizado unos centimetros mas alla.
A la mayoria de las estrellas del teatro de variedades que trabajaban en el cine les parecia extraordinario mi entusiasmo por aquel medio.
– ?Pero si te obligan a meterte en las dichosas marcas de tiza pintadas en el suelo! -se quejo Camille Casal cuando le conte que queria hacer como minimo una pelicula al ano-. Y no hay ningun publico que te aplauda. ?Como sabes si lo estas haciendo bien o no?
– El director te lo dice.
– Si, pero despues de la toma -replico, sacudiendo la cabeza-. ?Y como sabes que el publico vera lo que el ve? Puede que se sienta tan desencantado como tu. Lo unico que tienes mirandote es esa camara y su ojo oscuro.
Me sorprendio la impaciencia de Camille por el proceso de creacion del cine; al fin y al cabo, ella era una de las actrices mas famosas de Europa. Por aquella epoca, se subia menos a los escenarios, pero estaba muy demandada por la gran pantalla. «Es mas facil disimular las arrugas en el cine que bajo los focos del escenario», habia escrito un columnista sobre el cambio de rumbo de la carrera de Camille. Era un comentario malicioso y superficial: a los treinta anos, Camille aun era toda una belleza y habia estrellas mucho mayores que ella que todavia triunfaban sobre el escenario.
Deje caer la mano y mire fijamente a Jean Renoir mientras discutia sobre el encuadre con el camara.
– Vamos a recomponer la toma -le estaba diciendo-. Quiero rodar a traves de la ventana.
«Estoy logrando trabajar con genios -pense-. Y, ademas, son genios humildes».
Jean Renoir era hijo del pintor y el mismo era un gran artista de pies a cabeza, aunque de un medio muy diferente. Los movimientos de su camara estaban cuidadosamente coreografiados y sudaba la gota gorda cuando montaba las tomas con su editor. Aunque mis primeras peliculas habian sido exitos comerciales, me avergonzaba por la forma en la que batia las pestanas y movia los brazos en ellas. Mis gestos eran demasiado extravagantes para la pantalla. Pero en esta, mi tercera pelicula, me estaba transformando a las ordenes de Renoir.
– No sobreactue, mademoiselle Fleurier -me dijo desde el primer dia-. Tiene usted un verdadero potencial como actriz dramatica, pero no quiero que actue usted. Lo que quiero que haga es pensar y sentir. El mas minimo movimiento de sus ojos en la pantalla puede decir tanto como veinte lineas de guion o un suspiro exagerado.
Era afortunada por que un director tan brillante creyera en mi, pero llegue a escuchar a alguien que dijo que Renoir tenia tanto talento que seria capaz de ensenar a actuar hasta a un armario ropero.
Contemple a los tecnicos de iluminacion mientras volvian a iluminar la escena. Joseph de Bretagne, el responsable de sonido, me dedico una sonrisa. La semana anterior habiamos rodado en una localizacion en Montmartre una escena en la que mi amante y yo nos despediamos en el exterior de un club de
Tras la segunda toma, Renoir se quedo satisfecho con mi interpretacion y Jacques Becker, su ayudante de direccion, anuncio el descanso para el almuerzo. Aunque estaba programado que yo solo tenia que rodar por las mananas -para poder ensayar para el espectaculo de la noche en el Casino de Paris-, normalmente me solia quedar a comer. Lo que mas me gustaba de hacer peliculas era la camaraderia que reinaba entre el reparto y el equipo. En aquella epoca, el cine era mas divertido y mas igualitario.
– ?Ya se ha hecho con un yoyo, mademoiselle Fleurier? -me pregunto Jacques, llenandome la copa de vino.
– ?Oh, por favor! -respondi.
Una locura se habia apoderado de Paris como un huracan. No se podia ir a ninguna parte sin ver a hombres adultos, y a algunas mujeres, haciendo subir y bajar sus yoyos. Jugaban con ellos en los andenes del
– Vamos, mademoiselle Fleurier -comento Renoir, echandose a reir-. He oido que Cartier ha fabricado uno de oro. Solo cuesta doscientos ochenta francos.
Tras tres anos de bailes y cenas a la luz de las velas con la gente guapa de Paris, podia creerme cualquier cosa. Me encantaba la moda, el diseno de interiores y la comida, pero tambien me gustaba hablar de otras cosas. Elsa Schiaparelli era mas interesante que la gente que se ponia su ropa y yo aceptaba sus invitaciones a cenar en su apartamento para poder oirla hablar sobre los movimientos artisticos y las nuevas tecnologias que influian en sus creaciones. Siempre que los integrantes de la alta sociedad parisina intentaban ser interesantes, resultaban pretenciosos. La ultima moda era hacer vacaciones «de aventura». Ya no era suficiente ir a Biarritz o a Venecia, habia que ir a cazar a Peru o a Africa, de pesca al Kuban o a atrapar peces espada en las Canarias. Mi necesidad de conversaciones mas sustanciosas era otra razon por la que me encantaba hacer peliculas con Renoir.
– ?Que le sucede a Paris? -le pregunte.
– Se encuentra en estado de negacion -respondio, untandose mantequilla en un trozo de pan-. La frivolidad siempre ha sido la reaccion de los parisinos ante el peligro. No podemos negar que la Gran Depresion nos va a afectar. Nuestra economia se ha desacelerado y los beneficios de la industria estan cayendo. Y todavia no es tan malo en Paris, pero ya ha golpeado a otras ciudades. El resto de Europa esta igual. Hitler no habria llegado a ser canciller si no fuera por el estado de la economia alemana.
Me comi una cucharada de sopa y pense en aquel asunto. Quiza aquello podia explicar las extravagancias de la alta sociedad parisina y su necesidad constante de diversion. El mes anterior, Andre y yo habiamos asistido a un baile organizado por su madre para recaudar fondos para los desempleados. Cuando hable con algunos de los invitados, descubri que no tenian ni la menor idea de para que era el baile, aunque se sentian contentisimos de estar alli. En ultima instancia, Andre y yo aprendimos que no habia que esperar mucho de la alta sociedad parisina.
– Si no fuera por la posicion de mi familia y por respeto a mi madre y a Veronique, creo que renunciaria a todo ello -solia decir Andre cuando se sentia exasperado por la ignorancia de la gente de nuestro circulo social.
Yo no tenia claro que su afirmacion fuera cierta. Ahora que tenia
