Andre paso junto a mi.

– No tengo nada que ensenarte -me susurro, apretandome carinosamente la mano-. Ni lo mas minimo.

El escritor estadounidense Scott Fitzgerald afirmo en una ocasion que los ricos eran diferentes, y yo lo descubri por mi misma cuando llego mi primera invitacion de la alta sociedad parisina. Era de una fiesta que tendria lugar en la casa del pintor Meraud Guevara en Montparnasse.

– ?Que es una fiesta «Vengan con lo puesto»? -le pregunte a Andre cuando me mostro la invitacion.

Estaba tumbada en la banera. Un largo y exquisito bano formaba parte de mi ritual tras la actuacion en el Folies Bergere.

– Es una de las ideas creativas de Elsa -me contesto echandose a reir y sentandose en el borde de la banera-. Enviara un autobus en algun momento ese dia y, cuando suene la bocina, tendremos que dejar nuestros apartamentos y subirnos a el con lo puesto.

– Asi que, si cuando venga estoy en el bano, ?se supone que me tengo que subir desnuda al autobus?

Andre sonrio, descansando la mirada sobre mis rodillas, la unica parte de mi cuerpo visible a traves de las burbujas, excepto los hombros y la cabeza.

– En teoria -respondio-, algunos se van a pasear en ropa interior por toda la ciudad gracias a esta fiesta.

Relei la invitacion. Elsa Maxwell, la estadounidense, me intrigaba. Lo tenia absolutamente todo para no ser chic. Era bajita, regordeta y tenia un rostro que asustaba a los ninos. Y, aun asi, incluso con su chirriante acento frances, resultaba encantadora. Aunque no tenia dinero propio, conseguia convencer a los miembros de la alta sociedad parisina para que celebraran «sus fiestas». Claramente, era una fuente inagotable de ideas.

– Esta bastante bien preferir la musica y la risa a tener marido -me dijo la primera vez que la conoci, aquella noche tras el Concours d'elegance automobile en mi camerino-. No tema nunca lo que los demas puedan decir.

Desgraciadamente, si que me sentia un poco inquieta por lo que la alta sociedad parisina pudiera decir. Andre y yo eramos amantes, pero aun viviamos en apartamentos diferentes. Exactamente igual que todo el resto de hipocritas en aquel circulo, manteniamos las apariencias. Y aunque supuestamente nos recibian en cualquier parte, yo era consciente de las murmuraciones que corrian sobre nosotros. Las habia escuchado con mis propios oidos durante un baile. Habia ido al lavabo de senoras y mientras estaba dentro de un cubiculo escuche por casualidad a una chica de la alta sociedad decirle a otra: «Simone Fleurier no es mas que una mala hierba surena llena de pinchos que esta tratando de arraigarse entre las rosas». Comprendia la envidia. Me habia hecho con uno de los solteros de oro de Francia. Sabia que a Andre le importaba menos que a mi lo que la gente dijera; el lo unico que estaba intentando era impresionar a su padre demostrandole que yo tenia clase y que me podia mezclar con la flor y la nata de la sociedad.

Pense que Andre bromeaba cuando me dijo que la gente acudiria en ropa interior a la fiesta «Vengan con lo puesto» de Elsa Maxwell, asi que cuando el autobus vino a recogernos a mi apartamento me sorprendio ver que era cierto. Daisy Fellowes se asomo a la puerta del autobus para recibirnos con un par de medias de encaje en la mano. Pero ella era una de las personas vestidas con mas decencia dentro del vehiculo: varias jovenes llevaban poco mas que un salto de cama. Bajo el sol de las ultimas horas de la tarde se les veian claramente los pezones a traves del tejido transparente e incluso el triangulo de vello oscuro entre las piernas.

– Bonsoir -saludo el marques de Polignac-. Elsa ha dispuesto una barra de bar. ?Que desean beber?

El marques llevaba un esmoquin, el tipo de sombrero de copa y de chaque que a los ingleses les gusta ponerse, y tenia exactamente el aspecto de un hombre de mundo, de no ser porque no se habia puesto pantalones.

Acepte la copa de champan del marques, pero no sabia hacia donde mirar. Me daba demasiada verguenza dirigir la mirada hacia sus piernas desnudas y me incomodaba mucho mirarle solamente a la cara. Deslice el brazo alrededor de Andre y tire de el para que se sentara junto a mi. Se habia pasado el dia entero sin hacer nada tumbado en mi sofa en bata y pijama. Yo me habia tomado la invitacion al pie de la letra y habia proseguido con mi dia como de costumbre. Solo que aquella tarde, a pesar del calor de julio, habia decidido cocinar un pastel, cosa que no habia hecho en anos. Cuando el autobus llego, estaba vestida de manera presentable, pero tenia la blusa y el delantal cubiertos de harina.

– Como si nos fueramos a creer que Simone Fleurier se dedica a cocinar mientras esta en casa -comento Bebe Berard, el disenador, lanzandome un beso-. ?Que estaba usted haciendo? ?Una tarta de limon para su hombre?

Igual que Andre, Bebe llevaba una bata, pero en lugar de tener un libro bajo el brazo tenia el auricular del telefono pegado a la oreja y crema de afeitar en la barbilla.

– Siempre me ha gustado cocinar -le respondi.

– Su apartamento debe de tener buena ventilacion -comento el, paladeando un sorbo de vino-, si podia usted soportar cocinar con el calor que hace.

Al ser de la Provenza, no lograba entender por que los parisinos ponian el grito en el cielo por el calor. A pesar de todo, dentro del autobus comenzaba a faltar el aire, por el polvo y el humo de los tubos de escape. Elsa no habia contado con que nos quedaramos atrapados en un atasco. Se suponia que la fiesta comenzaria a las siete, pero ya eran las ocho y ni siquiera habiamos cruzado a la orilla izquierda del Sena. Los ocupantes del autobus se resignaron a dejar seco el bar.

– Quiza deberiamos ir andando el resto del camino -comento con voz pastosa el marques de Polignac, mirando por el parabrisas la aglomeracion de automoviles que se agolpaba delante de nosotros.

– ?Esta mas cocido que una gamba! -le susurre a Andre-. ?De verdad se piensa que podemos ir andando? ?Mira que pintas llevan!

– O las que no llevan, querras decir -respondio, dandome un beso en la mejilla.

Le cogi de la mano. Independientemente de lo que estuvieramos haciendo, siempre me sentia feliz por estar con Andre. Cada vez que lo contemplaba, era consciente de que el hombre que me amaba era uno entre un millon. Disfrutaba de una posicion social privilegiada, pero tambien era honrado.

– ?Hola, pajarillos! -exclamo la condesa Gabriela Robilant, levantandose para saludar con su vaso de whisky a un grupo de hombres que estaban esperando para cruzar la calle.

En algun punto del viaje habia perdido la falda, asi que tuvimos el honor de verle las medias y el liguero.

La condesa Elisabeth de Breteuil se levanto y empujo a Gabriela para que se sentara.

– ?Pongase la falda! -le grito-. ?Esto es vergonzoso! ?Recuerde su posicion!

Gabriela se echo a reir, dejando caer la cabeza hacia un lado. Las mejillas de la condesa de Breteuil se sonrojaron. Se puso en pie de un salto y camino a paso ligero hasta donde se encontraba el conductor.

– ?Abra la puerta! -exigio-. ?Me niego a viajar con una compania tan escandalosa!

El conductor estaba a punto de dejarla salir cuando Gabriela grito: «?A la Bastilla!», y se acerco dando bandazos hacia la condesa. Se escucho un desgarron y, antes de que nos dieramos cuenta, le habia arrancado la falda a la otra mujer.

Andre y yo tuvimos que hacer un gran esfuerzo por no echarnos a reir. ?Asi que aquella era la nobleza francesa? ?Esta era la gente a la que se suponia que yo debia impresionar?

En Paris el tiempo se aceleraba. Daba la sensacion de que, despues de

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