declaro.

Andre tenia confianza en que juntos podriamos conquistar no solo al publico de Paris, sino tambien a la alta sociedad.

– Kira -dije, colocandola en el asiento del copiloto del nuevo Renault Reinastella de Andre-, tienes que competir con el caniche de la marquesa de Crussol y el gran danes de la princesa de Faucigny-Lucinge. Asi que demuestrale a todo el mundo la superioridad felina y no saltes por las ventanas ni hagas ningun otro gesto caprichoso, ?de acuerdo?

Me volvi para saludar con la mano a Andre y a su madre, que estaban sentados en la tribuna. Andre me devolvio el saludo sonriendo, pero con un gesto de preocupacion.

– No tienes por que ganar el Concours d'elegance automobile, Simone -me habia advertido mientras contemplaba como su chofer le hacia una ultima limpieza a la tapa de cristal del radiador-. Lo unico importante es que te dejes ver.

– ?Cual es el objetivo de eso? -replique en broma-. ?Que cree que voy a hacer? -murmure ahora, contemplando a la condesa Pecci-Blunt, la sobrina del papa Leon XIII, conducir por el campo en su Bugatti plateado hecho por encargo-. ?Pincharle una rueda a alguien? Puede que provengamos del mundo del espectaculo, pero esta claro que tambien sabemos comportarnos como corresponde, ?verdad, Kira?

Kira me miro y pestaneo. Esperaba que despues de haber viajado por varios continentes en tren y en barco no se sintiera desconcertada por un automovil y un desfile de moda.

El arbitro me hizo un gesto para que arrancara el motor. Comprobe una vez mas las palancas y los controles del automovil, aunque sabia conducir perfectamente. Andre me habia organizado unas clases. Aun asi, el Reinastella pesaba una tonelada y Andre me habia contado una historia terrorifica durante la cena la noche anterior. Un ano durante la celebracion del concurso, la esposa de un diplomatico se habia puesto tan nerviosa que confundio el freno con el acelerador y aplasto a tres espectadores contra un arbol. Comprendi que aquella era la razon por la que los automoviles de algunas de las participantes iban conducidos por sus choferes.

Pise el acelerador y maniobre el coche sin incidentes hasta la tribuna de los jueces. El jurado estaba formado por Andre de Fouquieres, un frances elegante y desenvuelto que parecia encontrarse dondequiera que hubiera mujeres bonitas; Daisy Fellowes, la hija de un noble y heredera de la fortuna de maquinas de coser Singer; y lady Mendl, cuya piel ligeramente maquillada y su vestido color rosa nacarado no proporcionaban ningun indicio de sus casi setenta anos.

– Mademoiselle Simone Fleurier -anuncio uno de los arbitros a traves del megafono-, conduciendo un Renault Reinastella y acompanada por Kira.

Otro arbitro se adelanto apresuradamente para abrirme la puerta. Cogi a Kira, la mantuve bajo la barbilla y me deslice, no como una debutante en sociedad, sino como la estrella del Folies Bergere. «La mujer mas sensacional del mundo», murmure, riendome entre dientes. A pesar de que aquella era la frase publicitaria que se me habia atribuido, nunca llegue a creermelo. En ningun momento senti que hubiera llegado a lo mas alto. Con cada paso que avanzaba, mas me costaba mantener la posicion. Como me habia confiado Mistinguett en una ocasion: «Es mas dificil mantenerse en equilibrio al final de la escalera que mientras se sube cada uno de los escalones».

Al ver a tanta gente, Kira sintio panico. Me apreto la pata contra el pecho y trato de apartarse de mi. Sin embargo, el aplauso del publico hizo que parase en seco. Se quedo congelada y dejo de revolverse el tiempo suficiente como para que yo pudiera desfilar alrededor del coche.

Los ojos de Daisy Fellowes se iluminaron cuando vio mi atuendo. Paul Derval me habia presentado a una nueva disenadora, una italiana llamada Elsa Schiaparelli. No tenia nada que ver con Chanel o Vionnet, cuyos femeninos vestidos aun me ponia para las noches de estreno. Schiaparelli era moderna. Su ropa se ajustaba a los planos del cuerpo mas que a las curvas, lo cual le daba un aire de simplicidad cargado de estilo. Mi traje color azul marino tenia hombreras anchas, una cintura cenida y estampado de piel de leopardo.

– El sombrero cloche esta muerto -me informo Schiaparelli, coronandome en su lugar con un minusculo sombrero cuya pluma negra era tan espinosa que pense que parecia un erizo.

No me lo habria puesto de no ser porque Paul Derval me habia asegurado que tenia un aspecto muy chic. Los zapatos y el bolso tambien tenian estampado de piel de leopardo y Schiaparelli habia «vestido» a Kira con un collar a juego y una pluma en miniatura para ella. Por suerte, Kira se sentia tan aterrorizada que no se habia fijado en la pluma, porque, si no, la habria destrozado como uno mas de sus pajarillos de juguete.

Me detuve junto al capo del coche para que el fotografo de Le Figaro Illustre me tomara una fotografia. Por el rabillo del ojo vi a Janet Flanner garabateando las palabras que aparecerian en su columna de The New Yorker:

La musa del teatro de variedades Simone Fleurier se apeo de uno de los ultimos modelos de la gama alta de Renault y anuncio al mundo con su elegante traje y sus larguisimas piernas que la era de las flappers y la androginia ha llegado a su fin. Ella es femenina por todos sus poros: espectacular, valiente y firmemente seductora.

– ?Vamos! -exclame-. ?Aqui todas somos campeonas!

Rodee con el brazo los hombros de la marquesa de Crussol y brinde contra la copa de «La mejor del espectaculo» que descansaba sobre la mesa de mi tocador.

Andre, que estaba apoyado sobre mi armario ropero mientras charlaba con la condesa Pecci-Blunt, me dedico una sonrisa maliciosa. Mi camerino se habia llenado de descendientes de la aristocracia francesa.

Habia alli casi tantos nobles europeos sentados sobre mi alfombra de cebra, picoteando alitas de pollo preparadas al estilo estadounidense y bebiendo champan, como coristas en el Folies Bergere. El que yo hubiera ganado de calle el Concours d'elegance automobile habia provocado mas de un par de miradas malhumoradas y de comentarios airados sobre los «intrusos». No era lo que Andre esperaba.

– ?Se suponia que tenias que cautivarlos, no habia que humillarlos, Simone! -bufo mientras conducia el Reinastella por la pista durante mi vuelta triunfal-. Tienes suerte de que mi madre lograra conseguirte una invitacion. Estamos intentando que nos acepten como pareja, no darles una leccion.

– Lo arreglare -le prometi, levantando mi trofeo y saludando-. ?Gracias, senoras y caballeros! -dije, con mi mejor voz teatral-. Me gustaria invitar al jurado y a todas las participantes y sus parejas a un aperitivo con champan en mi camerino en el Folies Bergere despues de la actuacion de esta noche.

Una emocionada exclamacion recorrio la tribuna. Daisy Fellowes y lady Mendl se intercambiaron una sonrisa. Una invitacion para introducirse entre bastidores con una estrella era mejor que ganar otro Concours d'elegance automobile o llevar el mejor sombrero de las carreras. Porque, aunque muchos artistas llenaban sus camerinos con visitas circunstanciales, todo Paris sabia que para entrar en el mio hacia falta «invitacion expresa» y que raras veces ofrecia mi hospitalidad en ese aspecto de mi vida.

En mi camerino aquella noche, la marquesa de Crussol brindo conmigo y toco a Daisy Fellowes en el hombro mientras esta se empolvaba la nariz frente a mi espejo.

– ?Daisy, tienes que invitar a Simone a tu proxima fiesta! ?Es tan divertida!

Daisy asintio y llamo a una mujer de aspecto poco agraciado que se estaba probando mi tocado de reina Nefertiti.

– Elsa, asegurate de que mademoiselle Fleurier este incluida en la lista de invitados a mis fiestas, ?de acuerdo?

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