y puertorriquenos.

– Si pudieras vivir en cualquier lugar del mundo, ?donde vivirias? -le pregunte a Andre.

Me atrajo hacia si de modo que pude sentir su calido aliento en la mejilla y apreto la palma de su mano contra mi corazon.

– Seria feliz en cualquier parte siempre que tuviera un hueco aqui.

Me rendi a su tacto. «Soy la mujer mas afortunada del mundo -pense-. No solo tengo el amor del hombre al que adoro, sino que tambien cuento con su respeto». Parte de mi sabia que en Nueva York, lejos de la presion social de Paris, Andre y yo estabamos viviendo en puerto seguro. No obstante, aparte de mi mente los pensamientos sobre problemas y me deje llevar por el amor que sentia sin dudas ni precauciones.

– Tu siempre tendras un hueco en mi corazon -le respondi, acercandome a el para besarle en los labios-. Siempre.

Regresamos al hotel con la intencion de hacer el amor, pero en su lugar nos encontramos con veinte telegramas de Ziegfeld preguntando donde estabamos. Algunos contenian varios parrafos en un ingles tan enrevesado que yo apenas podia entenderlos. «Acudan al teatro en cuanto reciban esto», decia el ultimo.

– ?No podia haber dejado un mensaje por telefono? -pregunto Andre-. Todos estos telegramas han debido de costarle una fortuna.

Nos cambiamos de ropa y cogimos un taxi hasta la calle 54.

– Algo me dice que esto no va a ponerse facil -comente.

– ?Quieres que nos retiremos del trato? -me pregunto Andre-. A mi me parece bien si tu quieres retirarte. Podemos devolver el dinero. No tengo ganas de que me traten como a un perro con correa.

Andre tenia razon, por supuesto, pero le pedi que esperaramos hasta que vieramos que sucedia cuando llegaramos al teatro aquella tarde.

Cuando nos presentamos alli, nos encontramos con Urban y los artistas en plena tarea. Los tecnicos estaban probando las luces de un decorado que representaba Montmartre de noche. La escena era tan impresionante que Andre y yo nos quedamos parados en seco cuando la vimos. Urban empleaba un metodo llamado puntillismo para crear los colores de sus escenarios. Era la misma meticulosa tecnica que utilizaban los impresionistas: puntos de colores puros unos junto a otros de modo que, cuando la luz recaia directamente sobre ellos, los tonos se fundian en una sola sombra. El efecto era una imagen mas vibrante y animada que lo que se habria conseguido utilizando colores llanos.

– Mister Ziegfeld queria que lo vieran -dijo Goldie, recibiendonos junto a la puerta de su despacho-. Es el decorado en el que cantara miss Fleurier.

– ?Esta mister Ziegfeld? -pregunto Andre-. Le diremos lo mucho que nos gusta.

– No -respondio Goldie-. Su esposa ha llamado y se ha tenido que ir a casa. Esta noche tenia su postre favorito: mousse de chocolate con fresas.

Reuniendo toda la paciencia que pudo, Andre le pregunto si los ensayos comenzarian pronto.

– Las pruebas son manana -informo Goldie-. Y usted empezara los ensayos por la tarde.

Durante la semana siguiente, nos llamaron a Andre y a mi todos los dias para el ensayo prometido, pero al final acabamos presenciando los de otros miembros del reparto o los interminables ejercicios de las coristas. No podia entender a Ruby Keeler. Era toda una belleza, de grandes ojos y facciones coquetas. Tambien era una bailarina excepcional, con una agilidad tecnica dificil de igualar. Sin embargo, cada vez que subia al escenario, parecia nerviosa y distraida. Durante un ensayo, la invadio de tal manera el miedo escenico que se quedo congelada en la parte superior de la escalinata. Su marido, Al Jolson, que estaba sentado junto a Ziegfeld, se puso en pie y comenzo a cantar la cancion para ella. Realizo los giros melodicos a la perfeccion.

– ?Esto es genial! -exclamo Ziegfeld-. Le utilizaremos a usted tambien en el espectaculo.

Aquella fue una tactica muy habil por parte de Ziegfeld. Al Jolson era uno de los artistas favoritos de Estados Unidos. Ademas, habia sido el primer actor en hablar en la primera pelicula sonora, El cantante de jazz. No obstante, la inclusion de Jolson hizo que Ruby se pusiera aun mas nerviosa.

– ?Que le pasa a esa chica? -me pregunto Andre-. Ya se que tu te pones nerviosa cuando actuas delante del publico, pero no en los ensayos. Y ya que en Show Girl va a interpretar su primer papel protagonista, no entiendo por que no esta mas emocionada.

Yo si podia entender sus nervios. Yo habia sido muy afortunada de poder contar durante mi primer gran estreno con Minot, Andre y Odette para apoyarme.

– Quiza Ziegfeld la esta agobiando -conteste-, o puede que este cansada de tener que compararse todo el rato con su marido. Las malas lenguas dicen que ha conseguido este papel solo gracias a el.

– Creo que el problema es su marido -comento Andre-. No me gusta. Me parece que es demasiado mayor para ella y la domina todo el tiempo.

Andre no me explico su comentario y yo no le pregunte. Ya teniamos suficientes problemas propios. En mi escena, un turista estadounidense paseaba por Paris, sonando con volver a casa. Yo iba a interpretar a un golfillo callejero que se transforma en una bella diosa. Junto a mi, iban a actuar la bailarina Harriet Hoctor y el cuerpo de baile de Albertina Rasch. Cuando los Gershwin finalmente me entregaron las partituras, faltaba una semana para el estreno y algunos de mis ensayos duraron entre diez y doce horas, o tuvieron lugar a altas horas de la noche y se prolongaron hasta las primeras de la manana. Demasiado para no dejarme exhausta.

Durante el primer ensayo con vestuario, la orquesta toco la musica con un ritmo equivocado y un foco que no habian fijado correctamente se estrello contra el suelo a unos metros de donde estaba sentado el director tecnico. Pero Ziegfeld no se dio ni cuenta. Se levanto de su asiento, con los brazos cruzados al pecho y el ceno fruncido.

– ?Que venga el disenador del vestuario! -bramo.

– Creo que esta durmiendo -puntualizo uno de los tramoyistas.

– ???No me importa!!! -grito Ziegfeld y su rostro se puso morado-. ?Que venga entonces alguien de vestuario!

Un momento despues, el tramoyista regreso con un joven de ojos leganosos que no parecia muy feliz.

– ?Cual es el problema, mister Ziegfeld? -le pregunto.

– ?Mire las mangas del vestido de mademoiselle Fleurier! -le dijo Ziegfeld.

Separe los brazos del resto del cuerpo para que todo el mundo pudiera ver las mangas. El vestido de gasa me habia parecido bien cuando me lo habia probado. Mire de reojo a Andre, que sacudio la cabeza.

– ?Que les pasa? -pregunto el joven-. Son mangas a tres cuartos, como usted queria.

El rostro de Ziegfeld adquirio un tono aun mas oscuro.

– Puede que sean a tres cuartos, pero se le estrechan en los codos cuando tendrian que abrirse en abanico, ?como si fueran campanas! ?Se supone que es un ser celestial, no una campesina!

– Eso es lo que usted ordeno -replico el joven.

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