observaba su rostro. Sus penetrantes ojos azules no se apartaban de la carretera. Tenia la mandibula firmemente apretada, como si se estuviera armando de valor para enfrentarse a la desoladora y peligrosa tarea que la esperaba. «Ella sabe adonde se dirige», pense. Pero ?y yo?, ?que pretendia hacer yo?

La Ciudad de las Luces estaba oscura como la boca del lobo cuando cruzamos la puerta de Orleans. No habia farolas encendidas y las ventanas estaban cegadas. La conductora me dejo cerca del Arco del Triunfo. Era la primera vez que veia aquella rotonda sin trafico. Unos policias de pie junto a una de las columnas eran los unicos seres vivientes en los alrededores. Le ofreci a la conductora invitarla a cenar si encontrabamos algo abierto, pero nego sacudiendo la cabeza:

– Debo conseguir las existencias que venia a buscar y dirigirme hacia el norte. No hay tiempo que perder.

Le agradeci que me hubiera llevado y, despues, senti el impulso de preguntarle:

– ?Por que esta usted aqui? Es usted estadounidense. Su pais es neutral.

No pude ver su rostro en la oscuridad, pero el blanco de sus ojos reflejo los destellos de la luna.

– Me he divertido mucho en su pais, mademoiselle. Como nunca en mi vida. No seria correcto abandonar Francia ahora que esta pasando una mala epoca.

Le di las gracias otra vez y avance por los desiertos Campos Eliseos. Los postigos de las ventanas de los edificios de apartamentos estaban cerrados y las persianas de los comercios y galerias estaban echadas. Todas las ventanas que no tenian postigos estaban cegadas con cinta adhesiva y tapadas con cortinas oscuras. El brillo fantasmal de la luna era la unica luz, y no se oia nada, excepto el ladrido sordo de los perros en el interior de los edificios. ?Se habia ido todo el mundo? Pense en la mujer estadounidense que conduciria durante toda la noche para recoger a los soldados heridos. Una extranjera que estaba lista para luchar. ?Y por que nosotros no? ?Donde se habia quedado nuestra fuerza de voluntad?

Mi edificio tenia un aspecto tan sombrio y desolador como los otros de la calle. Llame al timbre, aunque albergaba pocas esperanzas de que la portera siguiera alli. No habia ninguna luz en la porteria ni en su apartamento. Tenia los pies cubiertos de ampollas y me horrorizo la mera idea de tener que volver a recorrer todo el camino hasta el Arco del Triunfo para pedirle a uno de los policias que forzara la puerta por mi. Mire las ventanas de mi apartamento, como si esperara que Paulette abriera una de ellas para saludarme. Me pase los dedos por el cabello enredado en busca de una horquilla. Un instante despues, un frio objeto metalico se clavo contra mi garganta. Percibi un olor a sulfuro y algo acre, pero despues no me atrevi a respirar. El canon de la pistola se apreto contra mi piel.

– ?Quien es usted?

Reconoci la voz de la portera. No podia mirarla porque me habia obligado a levantar la cabeza con la pistola y tenia demasiado miedo como para moverme.

– Madame Goux -le dije con voz ahogada-. Soy yo. Simone Fleurier.

Aquello no era Paris. Aquello parecia Chicago.

Madame Goux aflojo la presion y lentamente me quito la pistola de la garganta. Baje la mirada. El canon aun me estaba apuntando y el dedo de madame Goux jugueteaba junto al gatillo. Guino los ojos, tratando de comprobar si realmente era yo en la oscuridad. Debio de reconocer algo, porque al momento siguiente dejo caer la pistola a un lado.

– Mon Dieu! -exclamo, empujandome hacia el interior del edificio y cerrando la puerta tras ella-. ?Que le ha pasado?

Le relate mi viaje, sin ni siquiera pensar en preguntarle por que seguia en el edificio y de donde habia sacado la pistola. Pero me detuve en seco cuando encendio una lampara. Tenia la piel hundida bajo los ojos y mostraba una expresion apatica. Nunca habia sido una persona cordial ni en sus mejores momentos, y los inquilinos solian bromear sobre la expresion adusta con la que saludaba a la gente, pero ahora estaba mucho mas demacrada que de costumbre.

– ?Que le ha sucedido a usted? -le pregunte yo a mi vez.

Me fulmino con la mirada y la aparto rapidamente.

– Los boches no solo han bombardeado objetivos militares. Tambien han atacado las casas del suroeste de la ciudad. Mi hermana pequena y su familia han muerto.

Mire directamente a la luz, tratando de no rememorar de nuevo la imagen de los ninos saltando por los aires por el ataque de los aviones alemanes. Y resultaba que seguian muriendo mas inocentes.

– Lo siento -le dije, recordando la despreocupacion con la que se habia sentado en el sotano a pelar patatas durante el ataque aereo.

Debia de producirle mucho dolor pensar en ello ahora.

No habia suficiente electricidad como para poner en marcha el ascensor, asi que tuve que subir las escaleras. Sentia retortijones en el estomago y me temblaban las piernas. Para cuando llegue al apartamento, note como me ardia la piel y me desplome sobre la cama. Me desperte unas horas mas tarde, enroscada en la colcha. Se oian ruidos sordos y explosiones en la distancia, pero no estaba segura de si eran autenticos o me los estaba imaginando. En algun lugar sonaron las sirenas cacofonicas y los tiroteos de fuego antiaereo cortaron el aire. Estaba segura de que aquellos sonidos si eran reales, pero no tenia fuerza para bajar al sotano. Le rece a mi padre para que me protegiera. Queria vivir para poder luchar, pero me estaba costando todo mi esfuerzo simplemente respirar.

Mi siguiente recuerdo fue que el sol me daba en la cara y madame Goux me observaba detenidamente.

– Ya no tiene usted fiebre -me dijo, tocandome la frente-. Menos mal que no cerro la puerta al entrar. No me habria enterado de que se encontraba usted enferma. El hospital esta lleno de soldados y ningun medico hubiera podido atenderla.

Trague saliva. Me dio la sensacion de que las paredes de mi garganta eran de papel de lija.

– Ha estado usted en cama durante dos dias -me informo, aproximandose a la ventana y echando un vistazo al exterior-. Hubiera muerto usted deshidratada si no llego a estar yo aqui. Le he estado dando de beber sorbos de agua con el tubo de mi ducha.

Hice lo que pude por olvidar lo que acababa de decirme y trate de incorporarme. Me entraron nauseas y me derrumbe de nuevo sobre la almohada.

– No podra levantarse hasta que haya comido algo -me advirtio-. Asi que no se le ocurra moverse.

En el exterior, la calle estaba tranquila. Sin embargo, en algun lugar del edificio se oyo el ladrido de un perro, al que le contesto el aullido de otro.

Madame Goux encendio un cigarrillo y dejo escapar un hilo de humo. Junto con la falta de aire del apartamento y el olor rancio de mi ropa, el olor del tabaco me dio arcadas.

– ?Que pasa con la guerra? -le pregunte.

Madame Goux arqueo las cejas, como si mi pregunta fuera tan estupida como alguien inquiriendo por la salud de un paciente terminal.

– El gobierno ha abandonado la ciudad. Italia nos acaba de declarar la guerra.

– ?Italia?

Trate de incorporarme de nuevo. Aquello era un desastre. Si Italia queria atacar Francia, sin duda comenzaria por el sur. Mi familia estaba lo bastante lejos de la frontera como para no correr peligro durante un tiempo, pero pense en todos los que se dirigian a Marsella. ?Como lograrian escapar ahora?

Madame Goux apago el cigarrillo y se sento en la silla de leopardo, el unico mueble que habia permanecido conmigo durante todo el tiempo. Cuando Andre y yo nos separamos,

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