encima.
Madame Goux hizo una mueca y profirio un bufido.
– Por supuesto -replico-, lo mejor que podemos hacer es quedarnoslo para matarlo y comernoslo mas adelante.
Aunque la imagen del cuerpo de monsieur Copeau me habia resultado traumatica, el horror que me produjo quedo eclipsado por el deseo de averiguar que estaba sucediendo en Paris. Sali a la calle a las cuatro en punto. El sol todavia brillaba. Podria haber sido un dia soleado de verano como cualquier otro en Paris, pero no habia nada de cotidiano en la ciudad. Nuestra calle estaba desierta y, tal y como madame Goux me habia advertido, los montones de basura que se apilaban en las aceras apestaban casi tanto como el apartamento de monsieur Copeau.
Camine por los Campos Eliseos hacia el Grand Palais, pero no pude encontrar ni un solo quiosco de periodicos abierto. Cruce el puente de Alejandro III hacia la orilla izquierda para probar suerte alli. Me invadio un repentino deseo de volver a visitar la zona en la que habia residido cuando llegue por vez primera a Paris y recorri el Boulevard Saint Germain. Habia un policia de servicio dirigiendo el trafico de los refugiados. Ya no pasaban coches, solo cientos de bicicletas y carros tirados por bueyes o burros. Algunas personas iban a pie, empujando carretillas y cochecitos en los que se apilaban todas sus pertenencias.
Encontre un quiosco abierto y le pedi a la quiosquera
– Ya no existe Le Journal, mademoiselle -me respondio-. Solo tengo la
Debi de parecer sorprendida, por lo que me explico que el personal voluntario restante de Le Journal,
Compre el periodico. Como cualquier otra publicacion editada en las ultimas semanas, no era mas que una unica hoja impresa por ambas caras. El titular rezaba: «Aguanten. Cueste lo que cueste».
?Que podia querer decir aquello? Me sente en un cafe donde no podian ofrecerme cafe, sino un te aguado y lei las ordenes que se les daba a los panaderos, a los farmaceuticos y a las tiendas de ultramarinos para que siguieran en activo o, si no, se exponian a que los juzgaran. Se instaba a los trabajadores de las fabricas a no abandonar sus puestos o los acusarian de traicion. «Que buen ejemplo», murmure, recordando de que forma sus jefes se habian apresurado a huir y ponerse a salvo en paises extranjeros.
Lo interesante de aquel periodico era que no habia huecos en blanco alli donde las autoridades habian suprimido informacion. El departamento de censura debia de haber abandonado tambien la ciudad.
Camine hacia el
Habia un corrillo de gente reunida en torno a la entrada del
– ?Que significa eso? -pregunto alguien.
Habia un policia en las cercanias y una mujer le llamo. Se acerco al grupo y explico:
– La policia se quedara en la ciudad para mantener el orden y la paz. No vamos a marcharnos bajo ninguna circunstancia.
Senti lastima por el. Era muy joven -la edad adecuada para ir al ejercito- y le temblaba la voz. ?Quien podia culparle de sentir nervios? ?Que le harian los alemanes a un frances en edad de recibir instruccion militar?
Me pregunte si hubiera sido mas sensato continuar hacia el sur en lugar de volver a Paris. Me hubiera encontrado mas segura en Pays de Sault y sabia que mi familia debia de estar preocupada por mi. No habia ningun modo de enviarles un telegrama, pues todas las oficinas de telegrafos estaban cerradas. Sin embargo, sentia que lo correcto era permanecer en Paris, y mi madre siempre me habia animado a seguir mis instintos. Estaba siendo testigo de un acontecimiento de proporciones descomunales y, por lo menos, le estaba tendiendo la mano a mi querida ciudad mientras exhalaba su ultimo estertor agonico.
Al dia siguiente, el 13 de junio, finalmente me resigne a que no habia esperanza de que pudieramos oponer resistencia a los alemanes. Fui temprano al quiosco de periodicos de Montparnasse, pero estaba cerrado. La quiosquera habia dejado el ultimo boletin pegado a la puerta:
Notificacion
A los residentes de Paris:
Paris ha sido declarada CIUDAD ABIERTA,
el gobernador militar insta a la poblacion a abstenerse de realizar
cualquier acto hostil y cuenta con que todo el mundo mantenga
la compostura y la dignidad exigidas en tales circunstancias.
El gobernador de Paris
Asi que el rumor que madame Goux habia oido ya era oficial. No ibamos a volar los puentes, ni a bloquear las carreteras, no ibamos a «echarle brea ardiendo al enemigo desde las almenas», por asi decirlo. En su lugar, ibamos a dejar que el ejercito aleman entrara tranquilamente. ?Era esto algun tipo de estrategia militar? ?Una trampa para los alemanes? ?O realmente se trataba de que el gobierno habia cedido nuestra bella ciudad para que los alemanes no la redujeran a cenizas, como habian hecho con Rotterdam?
Cuando regrese al bloque de apartamentos, encontre a madame Goux desplomada sobre la mesa de la porteria, roncando sonoramente. Tenia una botella de vino vacia junto a ella. Era un buen vino que alguno de los propietarios de los apartamentos debia de haber dejado atras. Un hilo de saliva le caia por la barbilla y terminaba por gotear sobre su copia de la
Capitulo 2 8
Abri los ojos al alba a la manana siguiente, porque me desperto el ronroneo de un automovil. El vehiculo se detuvo y avanzo al ralenti bajo mi ventana. Aunque llevaba viviendo varios anos con vistas a los concurridos Campos Eliseos, ya apenas quedaban automoviles en Paris y no habia autobuses, asi que aquel ruido fuera de lo corriente perturbo mi sueno. Mire hacia los pies de la cama. Cuatro pares de ojos me contemplaron. La gata, a la que habia bautizado
