vendimos todo el mobiliario junto con la casa. Contemple la silla, comprendiendo por primera vez lo incongruente que resultaba que yo, una amante de los animales, hubiera codiciado sus pieles en forma de ropa o tapiceria. La especie humana era la mas traicionera de todas y ahora estabamos a punto de destruirnos unos a otros.
– ?Por que ha regresado? -me pregunto madame Goux.
– Queria luchar -le respondi.
Resultaba una afirmacion ridicula viniendo de alguien que ni siquiera se podia incorporar en la cama, pero madame Goux no se rio. Le hable sobre la conductora estadounidense que me habia recogido.
– Tenemos extranjeros luchando por nosotros -le dije.
– Pues si es asi -replico madame Goux con el ceno fruncido-, ella debe de ser la unica. El presidente de los Estados Unidos no nos ha enviado mas que sus condolencias.
– Pero todavia tenemos a los britanicos de nuestro lado -le dije yo.
– ?Ja! -profirio la portera con tono despectivo-. ?No se ha enterado usted! Se estan retirando del norte. Nos estan abandonando.
Cerre los ojos con fuerza. Las nauseas volvieron a ascenderme por la garganta. Todo estaba empeorando por momentos.
Me quede en la cama hasta la manana siguiente, cuando no pude soportar mas el rancio olor que desprendia mi piel. Todo se volvio de color blanco cuando me puse en pie. Me apoye contra la pared hasta que se me aclaro la vista y me dirigi tambaleandome hasta el cuarto de bano para lavarme un poco y cepillarme los dientes. Aquellas dos acciones me dejaron tan exhausta que volvi dando tumbos a la cama.
Me desperte unas horas mas tarde y descubri que estaba cubierta de motas de hollin. El sol era una esfera abrasadora en mitad del cielo. No me cabia la menor duda de que estaba sonando. ?Por que estaba el sol tan rojo y el cielo tan oscuro? Arrastre los pies hasta la ventana y mire al exterior. Varios camiones recorrian hacia abajo la avenida. Hombres desalinados caminaban dando traspies por las aceras y a algunos de ellos les sangraban las heridas que tenian en la cara y los brazos. Uno se detuvo y se sento en el bordillo, apoyo la cabeza entre las manos y se echo a llorar. Le observe con mas detenimiento. Llevaba puesto un uniforme de oficial frances.
«Debo de estar sonando -me dije a mi misma-. El ejercito frances es el mas magnifico y poderoso del mundo».
Madame Goux entro en la habitacion con un cuenco de sopa sobre una bandeja. La dejo sobre la mesilla de noche y miro por la ventana por encima de mi hombro. Tenia un aire aun mas compungido que la ultima vez que habiamos hablado.
– Se supone que los soldados no deben retirarse a traves de la ciudad -me explico-. Habian recibido ordenes de rodearla.
La presencia de madame Goux doto de realidad a la pesadilla en la que me hallaba sumida y se me aclaro la cabeza, pero todavia tarde un momento en comprender lo que acababa de decir.
– ?Por que debian rodearla? -pregunte.
– He oido el rumor de que no van a defender Paris -me contesto.
– ?No lo van a defender? ?Eso que significa?
Chasqueo la lengua y profirio una carcajada triste, sacudiendo la cabeza por su propia incredulidad.
– Pues significa que vamos a ser rehenes del diablo y que no podemos hacer nada por evitarlo.
A la manana siguiente me levante sintiendome mas fuerte, gracias a los cuidados de madame Goux. Resultaba ironico que nosotras, que apenas nos habiamos dirigido la palabra durante todos aquellos anos en los que yo habia residido en el edificio, ahora fueramos companeras de la inminente tragedia de Paris. Sali de la cama, me lave y me vesti, todo ello a camara lenta porque aun me sentia muy debil. Sabia que no me encontraba lo suficientemente bien como para encarar el principio de una guerra, porque las guerras son sinonimo de racionamiento y hambruna. Hubiera sido mas sensato quedarse en la cama al menos un dia mas, pero no podia. Queria descubrir por mi misma que estaba sucediendo en la ciudad.
En el rellano de mi piso me golpeo un hedor putrido. Descendi las escaleras y la pestilencia fue haciendose cada vez mas insoportable. Era diez veces peor que el olor de la carne podrida. Fuera lo que fuera, tambien debia de haber molestado a madame Goux, porque habia dejado la entrada principal abierta, a pesar de su paranoia por los saqueos. Llame a la puerta de la porteria. Me dijo que entrara y la encontre sentada a la mesa ante el desayuno bebiendo cafe.
– ?Que es ese olor? -le pregunte.
– Toda la ciudad apesta -contesto-. Ya no recogen la basura. No hay camiones de limpieza. Los desperdicios se apilan en las calles. La carne se pudre en las carnicerias y el resto de comida se esta echando a perder en las tiendas de ultramarinos.
– Pero da la sensacion de que proviene del interior del edificio - replique-. ?Los demas inquilinos le han dejado sus llaves? Puede ser que haya comida pudriendose en sus casas.
Madame Goux me miro fijamente.
– Creo que puede ser el perro de monsieur Copeau -me contesto-. No lo he oido ladrar durante los dos ultimos dias.
Al principio, no la entendi. El perro de monsieur Copeau era un gran danes. Segun madame Goux, monsieur Copeau se habia marchado el mismo dia que yo. Entonces recorde los ladridos que habia escuchado durante mi enfermedad y lo comprendi.
– ?Ha dejado aqui a su perro? -le pregunte.
– Todos han abandonado a sus animales, excepto usted.
Repase mentalmente los apartamentos uno por uno. Madame Ibert no tenia animales; tampoco la familia del piso siguiente, porque la hija padecia de alergia. Monsieur Nitelet, el hombre que vivia sobre mi, si: un terrier maltes llamado Princesse y un West Highland terrier llamado
– ?Ha dejado usted que se mueran de hambre? -exclame-. ?Por que no los ha liberado?
– No son mios -me contesto-. Les he echado huesos a los mas pequenos, pero no podia hacer nada por el otro. Es un perro guardian. Si hubiera abierto la puerta, me habria comido viva.
El apartamento de monsieur Copeau estaba en la planta baja. «Podria haber roto una ventana -pense-, y haber dejado salir al animal por alli».
Madame Goux me leyo la mente.
– Podria haberle dejado salir, pero entonces la policia le habria disparado de todos modos. Mucha gente ha abandonado a sus perros, y la policia los ha estado sacrificando para evitar que haya un brote de rabia.
–
No obstante, habia algo extrano en todo aquello. Monsieur Nitelet era un hombre arrogante que podia abandonar facilmente un animal; sin embargo, cada vez que me habia cruzado con el anciano monsieur Copeau y su gran danes, me habia dado la sensacion de que sentia verdadero afecto por el perro.
– He oido a los de arriba ladrando esta manana -comento madame
