– ???No!!! -grite.
Se oyo un repiqueteo, como si una lluvia de piedras estuviera golpeando la carretera. El polvo ascendio en oleadas. Los cuerpecillos se sacudieron y cayeron al suelo. La maestra se quedo helada, moviendose a izquierda y derecha, tratando de interponerse entre una nina y las balas hasta que tanto ella como la cria cayeron derribadas boca abajo. La ayudante cayo un instante despues. El conductor todavia corria delante de ellas, aunque lo retrasaba el peso de los dos ninos que llevaba en brazos. Un hombre salio de entre los arboles hacia ellos y agarro a uno de los ninos. Practicamente consiguieron ponerse a cubierto, cuando uno de los aviones se dio media vuelta.
Los derribo a los cuatro con un granizo de balas antes de tomar altura y desaparecer en el cielo siguiendo a su companero.
Logre que mis piernas me transportaran hasta el borde de la carretera. Nadie mas se movio, todos estaban aterrorizados pensando que los aviones podian volver. Contemple el monton de cuerpos sanguinolentos sobre la hierba. A tan poca altura, los pilotos tenian que saber que sus objetivos eran ninos. Les habian dado caza por puro deporte.
– ?Esos malnacidos! -grito Minot, corriendo junto a mi y agitando las manos en el aire-. ?Malditos malnacidos asesinos de ninos!
La gente que habia huido para refugiarse en el bosquecillo corrio de vuelta por los campos. Se apresuraron a acercarse a los cuerpos, pero quedo claro por sus rostros solemnes que no habia supervivientes. Una mujer cayo de rodillas y plano junto al cuerpo del hombre que habia salido a ayudar al conductor de la camioneta. Surgio una discusion entre los supervivientes: unos minutos mas tarde, tres hombres volvieron a sus vehiculos y sacaron unas palas. Parecia que no habia modo de llevar aquellos cuerpos a una iglesia, asi que tendrian que enterrarlos alli donde habian caido. Una mujer pregunto si habia algun cura entre los refugiados y el mensaje se transmitio por toda la fila de coches. Se adelanto un ciclista, gritando el llamamiento. Un hombre vestido de sotana salio de un coche y se dirigio hacia la escena de la masacre.
Cerca de veinte personas se quedaron atras para ayudar a enterrar los cuerpos de los ninos y sus cuidadores. El resto de los presentes regreso a sus vehiculos. No les quedaba nada mas que hacer que continuar la marcha. De la conversacion que escuche entre dos mujeres que pasaron a mi lado, comprendi que no era la primera vez que los pilotos alemanes habian bombardeado a los refugiados. Entonces entendi por que muchos coches que habia visto cruzando Paris llevaban colchones firmemente sujetos a las bacas.
– Vamos, mademoiselle Fleurier -me dijo madame Ibert, pasandome el brazo por la cintura-. Es mejor que sigamos adelante. No hay nada mas que podamos hacer aqui.
Pense en la mirada de la maestra cuando le entregue la comida. ?Quien era aquella mujer que habia dado su vida por unos ninos que ni siquiera eran sus hijos? ?Quien era su ayudante, una chica joven, mucho mas joven que yo, y que tambien se habia sacrificado? ?Y el conductor cuyo rostro no llegue a ver? Queria llorar por la perdida de almas inocentes enfrentadas al mal, pero no surgio ningun sonido de mi garganta. Tuve una arcada, pero no habia suficiente comida en el estomago como para que pudiera vomitar nada.
Madame Ibert me froto la espalda.
– ?Sabe usted conducir? -le pregunte.
– Si -me contesto.
Me ergui.
– Minot tiene un mapa para llegar hasta la finca. ?Puede usted hacer turnos con el para hacerlo?
Asintio.
– Usted descanse en el asiento trasero. Yo puedo conducir -me dijo, volviendose hacia el coche.
La agarre del brazo.
– Lo que quiero decirle es: ?puede usted ayudar a Minot a llegar a Sault? Yo regreso a Paris.
Me mantuvo la mirada fijamente.
– Hay algo que tengo que hacer -le explique.
Minot, que habia estado escuchando nuestra conversacion, se acerco hasta nosotras.
– Mademoiselle Fleurier, esta usted conmocionada. Ahora se siente perturbada. Calmese. No hay nada que ya pueda hacer.
Sin embargo, madame Ibert parecio comprenderlo. Debio de verlo en el fondo de mis ojos. El asesinato de aquellos ninos habia hecho brotar algo de una semilla que albergaba en mi interior y ahora estaba empezando a crecer. Llego hasta el coche, saco una botella de agua y un poco de comida y las puso en una bolsa de paja que me entrego a continuacion.
– Tardara como minimo un dia entero en volver andando -me advirtio mientras introducia en la bolsa de paja un cuchillo militar que guardaba en el bolsillo-. Y puede que resulte peligroso.
Minot nos miro a madame Ibert y a mi sacudiendo la cabeza. El circulo de hombres cavando que golpeaban el duro suelo rompio el silencio. Cerre los ojos para evitar pensar en aquel sonido. Cuando los abri de nuevo, Minot me estaba sosteniendo la mano.
– Envienos unas lineas tan pronto como pueda. Temo por usted, pero comprendo que no lograre hacerla cambiar de opinion.
Contemple a Minot y madame Ibert montandose en el coche y arrancando el motor. Despues, me volvi y comence a caminar de vuelta por la carretera, en direccion contraria al trafico. No hubiera sido capaz de precisar en aquellos momentos que pretendia hacer cuando llegara a Paris. Lo unico que tenia eran mi fragil coraje y la conviccion de que no podia huir de las fuerzas oscuras que habian anegado Alemania y que ahora estaban cayendo sobre Francia. Hasta mi ultimo aliento, me opondria a aquel mal sin ceder ante el. Me prepararia para luchar.
Capitulo 2 7
Tarde tres dias en regresar a Paris. Pase una noche en un campo, hecha un ovillo bajo un arbol con el cuchillo que madame Ibert me habia dado junto a mi. La noche siguiente, dormi en un granero. De vez en cuando paraba a la gente por la carretera para avisarla sobre el ataque aleman. Un hombre en bicicleta me contemplo con ojos incredulos, pero me prometio que difundiria el mensaje. Nadie me reconocio. Con aquellas medias andrajosas, el vestido arrugado y el pelo tieso por el polvo, no guardaba precisamente demasiado parecido con la radiante figura que aparecia en los carteles del Adriana o el Casino de Paris. Me sentia tan cansada, sedienta y hambrienta que empece a ver manchas ante mis ojos. A la tercera manana, logre que me llevara una ambulancia de la Cruz Roja, el unico vehiculo que iba en direccion contraria al trafico.
La conductora estadounidense me entrego una cantimplora mientras recorria con la mirada mi rostro cubierto de polvo y banado en sudor. Percibio mi desorientacion y me dijo:
– Terminesela. Tengo mas agua en la parte trasera y usted esta deshidratada. ?Adonde va? ?A Paris?
Asenti.
– Yo voy hacia alli para conseguir mas existencias -me explico-. Segun la policia, ha quedado menos de un tercio de la poblacion. Han huido dos millones de personas.
No cruzamos demasiadas palabras despues de aquello. Probablemente, ella pensaba que yo volvia a Paris a recoger a algun nino o algun anciano. De vez en cuando, yo
