para que no pudiera entrometerse. Le deje una nota para decirle que me marchaba a visitar a mi familia unos dias, que mi apartamento se quedaba cerrado y que bajo ninguna circunstancia podian emplearlo personas no autorizadas -me referia a los alemanes-. Por supuesto, aquella indicacion era totalmente inutil. ?Acaso el ejercito de ocupacion no aprovecharia la oportunidad de allanar mi apartamento? Ademas, si iban a lanzar un millar de bombas cada vez que atacaran, quiza no me quedara ningun apartamento al que poder regresar.
Aunque me habia estado preparando para la guerra durante casi dos anos, perdi mi ventaja al abandonar Paris al mismo tiempo que la mitad de la ciudad. Las calles estaban bloqueadas con automoviles cargados hasta los topes, asi como carros de vendedores ambulantes de cafe, taxis, camiones de panaderias, coches de caballos y vagonetas de heno.
– Miren que trafico hay -siseo Minot entre dientes-. Vamos a gastar toda la gasolina que tenemos antes de lograr pasar por la puerta de Orleans.
Hacia mucho calor en el interior del coche. Las manos me sudaban sobre el volante. Pero en mi interior notaba un frio penetrante, como el de una tumba. Contemple los sacos de arena alrededor de la Aguja de Cleopatra en la plaza de la Concordia. ?Seguirian alli todos aquellos monumentos tan familiares cuando regresara a Paris? Si es que regresaba, claro…
«?Por que te marchas?»
Me pase la mano por la frente, intentando apartar aquel pensamiento de mi mente. Pero no lo consegui. Trate de razonar conmigo misma: «Porque tengo que poner a salvo a Minot y a madame Ibert».
«Si, pero ?y tu? ?Tu por que te marchas?»
Mi plan original era sacar a Odette y a su familia de Francia. Tambien era cierto que queria ayudar a Minot y a madame Ibert. Pero la pregunta de por que yo me marchaba estaba empezando a importunarme. Repase mis razones: porque los alemanes eran conocidos por su crueldad durante la Gran Guerra y por las historias que mi padre me habia contado sobre los soldados alemanes atravesando con sus bayonetas a bebes y violando a mujeres y ninas.
«La luz mas brillante de la Ciudad de las Luces.»
Me agarre con fuerza al volante. Aquel no era un titulo que yo misma me hubiera atribuido, no como Jacques Noir, que habia acunado para si mismo la expresion: «El humorista mas adorado de todo Paris». El mio era un apelativo que el publico de la ciudad me habia concedido. Y ahora, cuando Paris se preparaba para enfrentarse a sus horas mas oscuras, su «luz mas brillante» huia.
No salimos de Paris ni nos adentramos en la Carretera Nacional Seis hasta ultima hora de la tarde. La autopista que se dirigia al sur estaba atestada, pero por lo menos todos ibamos hacia la misma direccion. Al anochecer, pasamos junto a una iglesia cuyo patio contenia filas y filas de tumbas recien cavadas. Apartamos rapidamente la mirada de ellas.
Condujimos durante toda la noche, Minot y yo hicimos turnos para ponernos al volante. Cuando me desperte al amanecer, vi campos.
– ?Ya casi hemos llegado? -le pregunte a Minot, bostezando.
– ?Esta usted de broma? -me pregunto-. Apenas hemos recorrido un tercio del camino.
El cielo estaba claro y el calor ya asfixiaba el aire. Madame Ibert hizo el desayuno, cortando pan en una tabla sobre su propio regazo. Frente a nosotros habia una camioneta con una docena de ninos pequenos en su interior, junto con una mujer de mediana edad y una nina adolescente.
– No los habia visto antes -comente.
– Debemos de haberlos alcanzado en algun momento durante la noche -respondio Minot-. El numero de matricula es belga.
– Todos no pueden ser de la mujer -observe, mirando las pequenas cabecitas moviendose arriba y abajo.
Algunas eran morenas, otras rubias y otras pelirrojas. Las edades de los ninos oscilaban aproximadamente entre los cuatro y los siete anos y sus agotados rostros me encogieron el corazon.
– Puede que los hayan evacuado de una escuela -sugirio madame Ibert.
– ?Seguimos teniendo la bolsa de melocotones? -pregunte.
Madame Ibert toco por debajo del asiento.
– Hay suficientes para darles uno a cada uno -respondio.
– ?Oh, no! -exclamo Minot-. ?Que vamos a comer si usted y mademoiselle Fleurier se dedican a repartir nuestra comida?
Madame Ibert me entrego la bolsa, junto con dos hogazas de pan, un trozo de queso, un paquete de chocolate y un racimo de uvas.
– Podremos comer todo lo que queramos cuando lleguemos a la finca -le respondi-. Puede que esos ninos no hayan tomado nada en varios dias.
Ibamos lo bastante despacio como para que Minot no tuviera que detener el coche. Me deslice fuera del Peugeot y corri entre los demas automoviles y bicicletas hacia la camioneta.
El rostro de la mujer se ilumino cuando me vio. Extendio el brazo por el lateral para coger lo que yo le ofrecia.
– ?Muchas gracias! ?Muchisimas gracias! -me dijo, con los ojos llenos de lagrimas.
Le pregunte si era la maestra de los ninos y me confirmo que asi era. Habian huido mientras el ejercito aleman arrasaba su pueblo.
– Buena suerte, madame -le desee.
– Que Dios la bendiga -me grito mientras yo corria de vuelta a nuestro coche.
Continuamos avanzando lentamente por la autopista, pasando junto a un agricultor que vendia agua a dos francos el vaso y otro que ofrecia gasolina a un precio que era exorbitante incluso para estar en tiempos de guerra.
– Supongo que siempre habra alguien dispuesto a explotar cualquier situacion -murmuro madame Ibert.
Durante la hora siguiente condujimos por campo abierto. Minot nos divirtio con historias de entre bastidores del Adriana, incluyendo cotilleos sobre las estrellas de la escena parisina, y yo trate de animar el ambiente cantando un par de numeros de
El trafico se detuvo ante nosotros. La gente salia corriendo de sus coches y huia por los campos hacia un bosquecillo compuesto por unos cuantos arboles. Aquellos que conducian carros se escondieron en los bajos.
La maestra de escuela y su ayudante saltaron de la camioneta, sacando a los ninos tras ellas. El conductor salio de la cabina para ayudarlas. Yo me baje del coche. Desde el campo, un holandes se volvio y grito: «?Stukas! ?Stukas!», pero los franceses, que no comprendian lo que estaba sucediendo, se miraban unos a otros. Entonces fue cuando los vi: dos aviones alemanes se dirigian hacia nosotros.
No obstante, se trataba de aviones del ejercito, que buscaban objetivos militares. No bombardearian a refugiados desarmados. Los aviones descendieron de altitud. El corazon se me paro dentro del pecho. Minot y madame Ibert se tumbaron en el suelo del coche.
– ?Agachese! -me grito Minot.
Pero yo tenia los ojos fijos en los ninos que estaban intentando llegar hasta el bosquecillo, su maestra y la ayudante tiraban de ellos y los conminaban a seguir. El conductor corria mientras llevaba a dos crios bajo los brazos.
