provocado. Quiza ahora que la guerra estaba a punto de comenzar, sabia que nos estabamos enfrentando a algo mucho mayor que nuestra historia de amor.

A la manana siguiente, no tuve reparos en llamar a Andre a su despacho para enterarme de que pretendia hacer. Sin embargo, su secretaria me informo de que la familia Blanchard, junto con los directores de sus empresas y sus respectivas familias, se habian trasladado a Suiza hacia un mes. Me decepciono la decision de Andre, pero dado que algunas de las empresas Blanchard eran esenciales para la economia francesa, probablemente se trataba de la opcion mas correcta.

Unas semanas mas tarde, Minot y yo montamos a su madre y a Kira en un tren con rumbo al sur. Las enviamos antes que nosotros por si necesitabamos mas espacio en el coche. Bernard iria a recogerlas a Carpentras y las llevaria a la finca. A decir verdad, actuamos justo a tiempo.

A principios de mayo de 1940, el ejercito aleman ataco Holanda, Belgica y Luxemburgo. A pesar de los esfuerzos por bombardear los puentes antes de que llegaran a ellos los alemanes, una por una, todas aquellas naciones fueron cayendo en sus manos. Cualquiera que en Paris hubiera estado negando la realidad de la guerra, ahora veria dia tras dia a su alrededor pruebas de que se equivocaba. Miles de refugiados marchaban por las calles provenientes del norte. Me pare en el Boulevard Saint Michel contemplando como pasaban: una hilera de automoviles, carros tirados por caballos y bicicletas cuyos ocupantes, agotados y llorosos, tenian la mirada aterrorizada por haber presenciado los horrores de la guerra. Vi un coche conducido por una mujer embarazadisima, acompanada por una anciana que ocupaba el asiento del copiloto y cuatro ninos pequenos con un gato en el asiento trasero.

Corri de vuelta a casa y reuni las latas y la comida empaquetada que habia estado almacenando. Mientras bajaba las escaleras, me encontre con madame Ibert, que salia de su apartamento.

– ?Que hace? -me pregunto.

– Le llevo comida a los refugiados -le conteste.

– ?Espere! -exclamo, introduciendo la llave de su apartamento de nuevo en la cerradura-. Voy con usted.

Nos encaminamos a los Jardines de Luxemburgo, donde muchos de los refugiados se habian detenido a descansar o a que sus caballos pastaran, y les entregamos la comida a las mujeres con ninos. Algunas de ellas me reconocieron y me pidieron que les autografiara sus delantales o sus panuelos. Aquel fue un momento de normalidad en mitad del caos. Madame Ibert y yo volvimos a casa despues de que hubiera oscurecido. Me sentia tan exhausta que ni siquiera me quite la ropa antes de desplomarme sobre la cama.

A la manana siguiente, trate de telefonear a Odette, pero no lo consegui. Agarre con fuerza la fotografia que me habia enviado de la hermosa pequena Simone e intente pensar en que debia hacer. Finalmente, corri al despacho de monsieur Etienne. Cuando encontre la puerta cerrada, me dirigi a su apartamento. Estaba en casa, haciendo las maletas.

– Vamos a quedarnos con la familia de Joseph en Burdeos -me anuncio.

Burdeos todavia era Francia. Me hubiera sentido mas tranquila si hubieran abandonado Europa totalmente. Ayude a monsieur Etienne a empaquetar sus papeles y algunas fotografias en cajas de carton mientras el corazon se me encogia al recordar mi primer dia en Paris. Resultaba casi ridiculo pensar que me habia sentido tan intimidada por aquel hombre, al que ahora consideraba un amigo muy querido. Me pregunte que seria de nosotros. ?Acaso nos volveriamos a ver?

– Buena suerte, mademoiselle Fleurier -me dijo monsieur Etienne besandome las mejillas.

Siempre me habia parecido un hombre muy firme y seguro de si mismo, pero ese dia detecte que sus manos temblaban y percibi la fragilidad que se asomaba en su mirada.

– ?Nunca me llamara usted Simone, por mi nombre de pila? -le pregunte, quedandome sin habla.

– No -me respondio, sonriendo a traves de sus propias lagrimas-. Ademas, ahora lo unico que conseguiria seria confundirla con mi propia sobrina nieta.

Regrese a casa y encontre alli a Minot en estado de panico.

– ?Mademoiselle Fleurier! -exclamo-. ?Tenemos que irnos ya!

Me explico que se habia visto a un paracaidista aleman aterrizando en los Campos Eliseos.

Llame a un amigo en Le Figaro para ver si podia confirmarme la noticia.

– Era un globo de observacion que se ha desplomado -me conto-. Pero hemos recibido notificaciones de alemanes cayendo del cielo vestidos de curas, monjas e incluso de coristas. Ayer por la noche alguien llamo para anunciar que habia visto caer todo un cuerpo de baile.

– ?Asi que Paris esta tranquilo ante la crisis? -comente.

A pesar de la situacion, de algun modo, logramos echarnos a reir.

– ?Esta usted de broma, mademoiselle Fleurier? -me contesto-. Las autoridades no logran que la gente de Paris coopere. Se comportan como si la guerra fuera una especie de incomodidad, como un apagon o una huelga. El ayuntamiento pone en marcha las sirenas antiaereas para avisarles y en lugar de correr a refugiarse en sus sotanos, se asoman a la ventana para ver que pasa.

– Estoy pensando en abandonar Paris. ?Cree que soy una neurotica? - le pregunte.

Hubo una pausa. Un hombre grito algo en el fondo y de repente una multitud de voces comenzo a hablar a la vez en la sala de redaccion. El reportero volvio a la linea.

– ?Mademoiselle Fleurier! -exclamo con una voz estridente-. Acabamos de recibir nuevas noticias. Los alemanes han cruzado la frontera de las Ardenas.

La poblacion tardaria varios dias mas en digerir aquella noticia, pero era un desastre para la defensa de Francia. Despues de todo, la frontera de las Ardenas no era impenetrable: las divisiones de tanques Panzer de Hitler la habian dejado hecha trizas con facilidad. A menos que nuestras fuerzas pudieran detener su marcha, poco mas los separaba de una invasion de Francia a gran escala.

Llame a la puerta de madame Ibert.

– Mi amigo y yo nos marchamos de Paris manana por la manana. ?Quiere usted venir con nosotros?

– Si -me contesto, cogiendome firmemente de las manos-. No tengo familia a la que pueda acudir.

El coche que habia comprado para el viaje era un Peugeot. Habia seleccionado a proposito un modelo de gama media por si necesitabamos cambiarle alguna pieza por el camino. Ademas, era el tipo de utilitario familiar que no llamaria la atencion. Mi plan parecia muy sensato hasta ese mismo instante, pero cuando Minot y yo fuimos a recoger el coche del garaje descubrimos que habian sacado con un sifon la gasolina del deposito y que habian robado los bidones de reserva guardados en el maletero.

– Merde! -maldije-. ?Tendria que haber guardado los bidones en el apartamento! ?Pero me daba tanto miedo que pudiera haber un incendio!

– ?Y que vamos a hacer ahora? -pregunto Minot-. ?Conseguir gasolina es mas dificil que comprar trufas!

Minot, madame Ibert y yo nos pasamos la semana y media siguiente dando paseos clandestinos para comprar combustible alla donde podiamos. La gasolina se habia racionado durante la «guerra falsa» y ahora era muy dificil conseguir un poco, independientemente de lo que estuvieramos dispuestos a pagar. Todo el mundo guardaba una reserva por si necesitaba escapar. Ninguno de los tres conseguia volver con mas de un par de botellas de champan llenas de combustible, a precios totalmente desorbitados.

– Esto nos va a llevar mucho tiempo -murmuro Minot, contemplandome mientras yo vertia con un embudo lo que habiamos recolectado ese dia en un bidon de

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