almacenamiento que teniamos en mi cuarto de bano.
El ambiente en Paris era una combinacion de tranquilidad y terror. Mientras algunos veian por todas partes a alemanes cayendo de los cielos o surgiendo de las alcantarillas, habia el mismo numero de personas comiendo ostras y vinos anejos en los restaurantes. Aunque yo ya no tenia compromisos laborales para cantar, Maurice Chevalier y Josephine Baker todavia estaban actuando en el Casino de Paris y los cines proyectaban las ultimas peliculas:
Unos dias despues de descubrir que nos habian robado la gasolina, el cielo de verano se cubrio de un humo espeso.
– ?Que puede ser? -le pregunte a Minot-. ?Una cortina de humo para protegernos de los ataques aereos?
Madame Ibert, que regresaba del Conservatorio de Paris donde daba clases, nos informo de que sucedia en realidad.
– Estan quemando las reservas de carburante para que no caigan en manos del enemigo.
Tambien habia fogatas mas pequenas, las vi al pasar delante del Ministerio de Asuntos Exteriores de camino a la Gare de Lyon en uno de mis paseos en busca de combustible. Los ministros y sus ayudantes estaban quemando los documentos delicados. Cuando pase frente al Hotel de Ville, una hoja medio chamuscada revoloteo por el aire y aterrizo a mis pies. En una esquina del papel figuraban las palabras «Alto Secreto».
Mientras que la mayoria de los ocupantes de mi
– Hoy estan deteniendo a los ciudadanos alemanes -nos informo madame Ibert cuando regrese al apartamento para anadir mi escasa adquisicion a nuestro deposito de gasolina-. Los estan metiendo en campos de concentracion.
– ?Que estupidez! -exclame, dejandome caer en la silla mas cercana-. Mucha de esa gente son judios que llegaron aqui escapando de Alemania o gente que se oponia a los nazis. Si estan atrapados en campos de concentracion y nos invaden los alemanes, sera como si los estuvieramos ofreciendo en sacrificio.
– Como una oveja dentro del redil -apostillo madame Ibert, meneando la cabeza.
– ?De verdad creen ustedes que los judios seran perseguidos aqui igual que se ha hecho en Alemania? -pregunto Minot colocando un vaso de agua en la mesa junto a mi.
Me percate de que llevaba puesto el delantal de Paulette, pero me sentia demasiado cansada como para burlarme de el.
– Me preocupa que haya tantos judios franceses que piensen que lo que sucedio en Alemania no puede ocurrir aqui -comento madame Ibert-. Creen que simplemente pueden cambiarse el nombre y conseguir papeles nuevos y nadie se lo dira a las autoridades.
Habia tenido en mente durante todos aquellos anos la historia que Renoir me habia contado sobre los jovenes alemanes obligando a una anciana judia a lamer el pavimento. Comprendi que madame Ibert tenia razon. Al fin y al cabo, ?no eran aquellos muchachos y aquella anciana vecinos nuestros tambien?
Al dia siguiente, Minot y yo hicimos recuento de nuestras existencias. Teniamos suficiente gasolina como para hacer un viaje a Pays de Sault, solamente si no parabamos en todo el camino hasta llegar al sur, cosa que no parecia probable dada la congestion del trafico de refugiados en las carreteras. Necesitabamos como minimo dos bidones mas de reserva.
– ?Deberiamos intentar ir en tren? -le pregunte a Minot-. O quiza usted y madame Ibert puedan marcharse en tren y yo podria seguirles.
Minot insistio en que debiamos irnos todos juntos en coche, en caso de que necesitaramos un automovil una vez que llegaramos a la finca. Decidimos continuar nuestra busqueda de gasolina durante algun tiempo mas.
Minot se marcho para hacer unos recados y visitar a algunos amigos. Madame Ibert y yo nos sentamos a comer, cuando de repente escuchamos el zumbido de los aviones, seguido unos minutos despues por el aullido de las sirenas antiaereas. Corrimos a la ventana y miramos el cielo. Un enjambre de puntos negros se deslizaba por el aire.
– Deberiamos ir al sotano -le dije, recordando lo que habia dicho mi amigo el reportero sobre que los parisinos se quedaban junto a la ventana durante los ataques aereos.
Descendimos lentamente las escaleras del sotano. La situacion resultaba demasiado surrealista como para sentir panico. Obviamente, todos los habitantes del edificio compartiamos ese sentimiento, porque la unica persona que habia en el sotano era madame Goux. Estaba pelando patatas y echando las mondaduras en un cubo. Me daba la sensacion de que aquel era el lugar en el que habitualmente realizaba esa actividad -asi se ahorraba tener que llevarlas escaleras arriba- y su presencia alli no se debia a que se hubiera refugiado en el sotano por seguridad.
Escuchamos el repiqueteo del fuego antiaereo. Madame Ibert y yo hicimos una mueca.
– Lo unico que estan haciendo es intentar asustarlas -bramo enfadada madame Goux.
Pronuncio aquella frase como si madame Ibert y yo fueramos de una raza diferente a la suya.
– Habia suficientes como para conseguir asustarnos -le dije, recordando las siluetas oscuras en el cielo.
Madame Goux me contemplo con aire despectivo.
– ?Acaso oye usted alguna bomba?
Tuve que admitir que lo unico que podia oir en aquel momento era su cuchillo pelando las patatas y el gramofono de monsieur Copeau que reproducia
Pero no eramos tan estupidas como para no ser precavidas. Cuando volvieron a sonar las sirenas para indicar que el ataque habia terminado, encontramos a un tembloroso Minot esperandonos en el apartamento.
– Un millar de bombas -anuncio-. Al menos esa es la estimacion. Han impactado contra las fabricas de Renault y de Citroen. Y contra un hospital. Deben de haber muerto mas de mil personas.
– ?Un hospital! -exclame, intercambiando una mirada de indignacion con madame Ibert.
– Ese objetivo puede que no fuera deliberado -respondio Minot.
– Todavia no hemos alcanzado la cantidad de gasolina que nos habiamos propuesto -dijo madame Ibert-, pero ?puedo sugerirles que nos marchemos ya?
No podia aducir nada en contra. Habiamos convenido que nos marchariamos de Paris cuando estuvieramos seguros de que la ciudad iba a ser atacada y ahora parecia que ese momento habia llegado.
Minot fue a buscar el coche del garaje mientras madame Ibert y yo bajamos nuestras existencias y nuestras maletas. Nos alivio que madame Goux no se encontrara en la porteria,
