Aquel era el sistema que se utilizaba en Paris por entonces: los camareros no esperaban a que se acumularan los platos; habia que pagar cada bebida segun la sirvieran, por si acaso las sirenas comenzaban a sonar y todo el mundo tenia que correr a refugiarse.

– La ciudad resulta extrana sin ninos -dije yo-. Los Jardines de Luxemburgo parecen un pueblo fantasma sin ellos. Hoy evacuan a otro grupo mas.

– Tendrian que haber echado a esos mocosos hace mucho tiempo - replico Camille-. Yo estoy disfrutando de la paz en su ausencia.

Era un comentario extrano, viniendo de una madre.

– ?Y que hay de ti? -le pregunte-. ?Cual es tu plan?

– Bueno, la casa en la Dordona esta ahi si la necesito. Pero, si no, pretendo seguir en mis habitaciones del Ritz.

– No puedes -le respondi-. Imagina lo que te haran los soldados alemanes si toman la ciudad…

Camille arqueo las cejas.

– Yo no les he hecho nada, asi que ?por que tendrian que hacerme ellos algo a mi? Ademas, segun la condesa de Portes, los franceses van a organizar un comite de bienvenida.

Senti que se me helaba la piel. La condesa Helene de Portes era la amante de Paul Reynauld, que acababa de sustituir a Daladier como primer ministro de Francia. Era conocida por sus opiniones de extrema derecha. ?Reynauld tambien las compartia con ella?

– Camille -susurre-, por favor, dime que estas bromeando.

– Franceses o alemanes, ?que diferencia hay? -murmuro Camille encendiendo un cigarrillo-. Siempre que Paris siga siendo Paris.

Su tono indiferente me dejo perpleja. ?Con quien habia estado hablando Camille para llegar a aquella conclusion? La examine con mas detenimiento. Su rostro estaba palido y se le adivinaban las bolsas bajo los ojos. Habia oido que tenia problemas de dinero y corria el rumor de que sus acreedores la querian llevar a juicio. Quiza aquellas cosas fueran para ella mas graves que la guerra inminente.

– ?Has oido lo que los nazis les estan haciendo a los judios? -le pregunte.

Camille hizo un movimiento brusco con la cabeza y me miro a los ojos.

– Tu no eres judia. ?Cuando vas a empezar a preocuparte por ti misma?

Hice una mueca ante el modo tan displicente en el que pronuncio aquellas palabras. Algunas de las mejores personas con las que habiamos trabajado a lo largo de los anos eran judios. ?No sentia nada por ellos? Recorde que, cuando la conoci por primera vez y vi como trataba a los hombres, pense que unicamente la motivaba el interes propio. Despues, descubri que tenia una hija. Sin embargo, su comentario sobre los judios era ignorante y cruel. Aquella no era la Camille que habia llegado a conocer mientras trabajaba con ella en Les Femmes. ?O si lo era?

Me di cuenta de que era incapaz de precisarlo. Cuando nos separamos despues de nuestra cita, me quedo la incomoda impresion de que no conocia ni lo mas minimo a la verdadera Camille Casal.

Capitulo 2 6

Regrese a mi apartamento y frente al edificio encontre un monton de arena apilado sobre la acera. Habia una gata escarbando en el, encantada por haber hallado algo blando en lo que poder jugar.

– ?Para que es la arena? -le pregunte a madame Goux, la portera.

Levanto los brazos al aire.

– Es una orden de los administradores de la ciudad. Se supone que tenemos que esparcirla en la azotea.

– ?Por que?

– Para evitar que los incendios se propaguen desde el tejado hasta las plantas inferiores. ?Pero no esperaran que yo suba y baje siete tramos de escaleras con cubos de arena!

– Por supuesto que no -le respondi-. Yo la ayudare. Estoy segura de que los demas vecinos tambien le ofreceran su ayuda.

Le habria proporcionado la asistencia de Paulette, pero mi sirvienta ya habia regresado a su pueblo en el oeste de Francia.

Madame Goux me contesto en tono de burla:

– Lo que quiero decir es que no lo voy a hacer. No entra dentro de mis atribuciones laborales.

– Estoy segura de que los alemanes seran muy respetuosos con sus atribuciones laborales cuando dejen caer una bomba sobre el edificio -le espete, antes de darme la vuelta y subir las escaleras.

Me decepcione al ver que los demas vecinos del edificio no estaban en absoluto dispuestos a ayudar, igual que la portera.

– ?Que cosa tan inutil! -exclamo el hombre que vivia en el piso encima del mio-. Los boches[4] no van a ir muy lejos cuando pasen la frontera porque nosotros rechazaremos su avance. El bosque de las Ardenas es impenetrable.

Solamente la vecina que vivia en el piso debajo del mio, una violinista que se llamaba madame Ibert, accedio a ayudarme. Nos cubrimos el cabello con panuelos y durante las dos horas siguientes arrastramos cubos de arena hasta la azotea. Cada vez que pasabamos junto a madame Goux, sacudia la cabeza y dejaba escapar un bufido: «?Fffff!». Ella no fue la unica que se nego a hacer lo que los administradores pidieron. Los montones de arena fuera de los edificios de nuestra calle estaban intactos y varios ninos que no habian sido evacuados se afanaban en construir tuneles en ellos para sus camiones de juguete.

– Siento que le vayan a salir ampollas en las manos -le dije a madame Ibert, observandola mientras extendia la arena con una escoba.

Tenia cerca de diez anos mas que yo y era delgada como un pajarillo, con una mata de pelo castano ondulado y ojos azul cobalto.

Se irguio y me dedico una sonrisa atribulada.

– Es un precio pequeno por ayudar a Francia.

– En este edificio viven catorce personas y hay cientos en nuestra calle -comente-. Y nosotras dos somos las unicas preparadas para luchar.

Cuando cerre los ojos aquella noche, me preocupo que aquella proporcion pudiera aplicarse a todo Paris. Incluso con la guerra a la vuelta de la esquina, parecia que nos faltaba energia como para tomarnoslo en serio. Pense en Andre. Su padre ya se habia jubilado y Andre ahora era el responsable del negocio familiar. Me pregunte si se alistaria o si haria algo para contribuir con el esfuerzo belico. Hablaba aleman tan bien como un nativo y sabia conducir automoviles y pilotar aviones.

Hacia meses que no lo veia y me sorprendio darme cuenta de que ya no sentia el dolor apabullante que me producia antes pensar en el. Incluso me imaginaba hablando tranquilamente con el sin sentirme morir. Cavile sobre aquel drastico cambio en mis sentimientos y me pregunte que lo habria

Вы читаете
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату